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sábado, 14 de marzo de 2026
Hace exactamente un año, todo cambió. Era una mañana cualquiera de clases en el colegio universitario. Yo, Miguel, un chico de dieciocho años algo torpe y callado, me levanté como siempre, pero al abrir los ojos… no era yo. El espejo del baño me devolvió el rostro de Aranza, mi compañera de banco: cabello largo y rubio , ojos grandes color miel, labios carnosos y ese cuerpo curvilíneo que todos los chicos del salón miraban a escondidas. Tenía diecinueve años ahora, un año después del cambio, y seguía viviendo su vida… pero con un pedacito de mí dentro.
Al principio fue pánico puro. Grité con su voz aguda, me toqué el pecho y sentí dos senos firmes y pesados que no eran míos. Bajé las manos temblando hasta entre mis piernas y… nada. Solo un vacío suave, una hendidura cálida y sensible. Donde antes colgaba mi pene, ahora había una vagina. La diferencia era abismal. Antes todo era directo, duro, visible. Ahora todo era interno, húmedo, secreto. Me costó semanas aceptar que ya no era Miguel. Era Aranza. Y fingía ser ella a la perfección, pero con mi forma de pensar: más directa, menos coqueta, más curiosa.
Hoy, un año después, todo parece normal. Me despierto en su habitación rosa y blanca, me estiro y siento cómo mis senos se mueven con el movimiento. Me levanto, voy al espejo y sonrío. Soy ella. Me visto para ir al colegio como cualquier chica : primero las bragas. Me encanta esa parte. Elijo unas de encaje negro que se meten entre mis nalgas como una caricia constante. Al subirlas siento cómo la tela se hunde suavemente entre mis labios vaginales y roza mi clítoris. Un escalofrío me recorre. Antes nunca imaginé que algo tan simple pudiera excitarme tanto. Luego el brasier: uno push-up color nude que levanta mis pechos y los junta, creando un escote que hace que los chicos del salón se distraigan. Me pongo una blusa blanca ajustada, que marca mis curvas, y unos minishorts de mezclilla que apenas cubren la mitad de mis muslos. La tela es tan corta que al caminar siento el aire fresco besando la parte baja de mis glúteos. Me miro de lado en el espejo y giro. Dios, qué sexy se ve. Antes odiaba la ropa femenina; ahora me fascina. Cada prenda es un descubrimiento: la forma en que el brasier me aprieta justo lo suficiente, cómo los minishorts se clavan entre mis nalgas, cómo la blusa roza mis pezones endurecidos. Me siento poderosa. Femenina. Confiada. Una nueva confianza como fémina que nunca tuve como chico.
Llego al colegio caminando con sus tenis bajos. Los chicos me saludan con sonrisas coquetas; las chicas me cuentan chismes. Yo respondo con mi voz suave pero con mis comentarios directos de siempre. Nadie sospecha.
En clase de matemáticas, el profesor morales —treinta y dos años, alto, mandíbula marcada, ojos verdes y esa voz grave que hace que todas suspiren— explica en la pizarra. Yo me muerdo el labio inferior. Desde hace meses tengo fantasías con él. Sueños húmedos donde soy Aranza completa, donde él me toma en su escritorio, me abre las piernas y me penetra profundo. Anoche volví a soñar eso.
Me desperté sudando, con la vagina empapada, los muslos temblando. En el sueño él me susurraba “Aranza, eres mía” mientras entraba y salía, llenándome por completo. Desperté tocándome sin darme cuenta: dos dedos dentro, el pulgar en el clítoris, moviéndome hasta correrme con un gemido ahogado. Mi libido como mujer es otra cosa. Más intensa, más prolongada, más… necesitada. Antes eyaculaba y listo. Ahora un orgasmo puede durar minutos y dejarme temblando.
Pero los momentos más íntimos son cuando estoy sola en casa. Cierro la puerta de mi habitación, me desnudo frente al espejo de cuerpo entero y empiezo a explorar. Primero los senos. Los tomo con ambas manos, los aprieto, siento su peso, su suavidad. Mis pezones se endurecen al instante. Los pellizco suavemente y un rayo de placer baja directo a mi entrepierna. Antes nunca entendí por qué las chicas gemían solo con tocarse los pechos. Ahora lo vivo. Bajo las manos. Recorro mi vientre plano, mis caderas anchas, mis muslos suaves. Luego abro las piernas y miro mi vagina. Rosada, delicada, sin un solo vello porque me depilo siempre. Separo los labios mayores con los dedos y veo cómo brilla de humedad. Introduzco un dedo despacio. La sensación es… indescriptible. Calor, presión, sensibilidad por todos lados. Antes tenía un pene que respondía a lo obvio. Ahora todo mi placer está dentro: cada caricia encuentra un punto nuevo, cada movimiento hace que mis rodillas tiemblan. Meto dos dedos, los curvo buscando ese punto esponjoso que me vuelve loca, y con la otra mano froto mi clítoris hinchado. Me miro en el espejo: Aranza masturbándose, mordiéndose el labio, con los senos rebotando. Me corro fuerte, chorros de líquido caliente mojando mis dedos, gritando su nombre… mi nombre.
A veces me pruebo ropa solo para sentirla. Me pongo minishorts aún más cortos, sin bragas debajo, y camino por la casa. La costura roza mi clítoris con cada paso. Me pongo blusas transparentes sin brasier y veo cómo mis pezones se marcan. Me siento tan femenina, tan deseada, tan viva. La fascinación por la ropa no para: cada mañana elijo bragas que se meten entre mis nalgas porque me encanta esa presión constante, ese recordatorio de que ahora soy chica. Me encanta el brasier que me levanta los senos y me hace sentir sexy incluso debajo de la blusa del uniforme.
Hoy, después de clases, vuelvo a casa pensando en el profesor morales. Sé que mañana tengo tutoría privada con él. Mi corazón late rápido solo de imaginarlo. Quizás algún día reúna el valor. Por ahora, me tumbo en la cama, me quito los minishorts y las bragas empapadas, abro las piernas y vuelvo a tocarme pensando en él. Imagino sus manos fuertes separando mis muslos, su pene duro entrando en mi vagina virgen (porque técnicamente aún lo es, aunque mi mente de chico sepa exactamente cómo se siente). Me penetra lento, luego rápido, sus gemidos mezclados con los míos. Me corro otra vez, gritando su nombre, temblando, feliz.
soy una mezcla perfecta: la dulzura de ella y mi curiosidad traviesa. Vivo su vida, uso su cuerpo, disfruto cada segundo de esta feminidad que descubrí por accidente. Y aunque extraño mi viejo cuerpo a veces, la verdad es que no cambiaría esto por nada. Cada mañana, al despertar en su cuerpo, sonrío y susurro:
—Buenos días, Aranza. Hoy también seremos perfectas.
Un día, mientras rebuscaba en la habitación de mi papá dinero para salir. la típica misión de emergencia cuando no teni nada de dinero, abrí el cajón inferior del buró. Entre calcetines viejos y recibos arrugados encontré un conjunto de lencería femenina: tanguita de encaje negro con transparencias sutiles, brasier a juego con tirantes finos y florecitas bordadas justo en el centro del escote. Lo peor: tenía manchas secas, blanquecinas, pegajosas en la entrepierna y salpicadas en la copa del brasier. El olor era inconfundible, aunque ya estuviera reseco. Semen. Mucho. “Qué asco, carajo”, murmuré y lo tiré de vuelta al cajón como si quemara.
Pensé que papá finalmente había traído a una mujer a casa. No lo había visto con nadie desde que mamá se largó hace cuatro años. Ni citas, ni perfume ajeno en la ropa, nada. Me dio hasta un alivio raro: tal vez estaba saliendo del pozo. Pero algo no cuadraba. Papá no era de esconder rollos así; si tuviera novia, lo habría dicho de forma torpe, tipo “hijo, conocí a una señora muy atenta en el banco”. Y esa lencería parecía usada con violencia, no como algo que alguien se pone para una cita romántica y se lleva puesto al irse.
Pasaron unos días y lo fui dejando pasar. Hasta el lunes por la tarde. Papá llegó del trabajo como siempre: cansado, con la corbata floja, la carpeta negra de siempre bajo el brazo. La dejó en la mesa del comedor mientras se quitaba los zapatos y se fue directo a la cocina a preparar café. Yo estaba en la sala haciendo tarea y, sin querer, me fijé en esa carpeta. Era la de siempre: piel sintética negra, con el logo plateado de la empresa medio desgastado, la que papá llevaba a todos lados como si fuera su vida. Pero esa vez tenía algo diferente: una nota adhesiva amarilla pegada en la tapa que decía “URGENTE – REVISAR HOY SIN FALTA – JEFE”. La letra era del jefe, la reconocí porque una vez vi un memo suyo en el escritorio de papá.
Papá no dijo nada de la carpeta. Ni una palabra. Se tomó el café de pie, miró el reloj y murmuró algo de “tengo que regresar un rato a la oficina más tarde”. Luego se metió a su cuarto a cambiarse. Yo me quedé mirando esa carpeta abandonada en la mesa. “Si es tan urgente y el jefe la quiere revisada hoy… ¿por qué la dejó aquí?”, pensé. Me picó la curiosidad. Imaginé que si papá se la olvidaba, al día siguiente le iba a caer bronca gorda. Decidí hacer algo “útil” por una vez: llevársela yo mismo. Total, la oficina quedaba a veinte minutos en moto, y yo no tenía nada que hacer esa noche.
Agarré la carpeta, me subí a la moto y me fui. Llegué como a las 8:15 pm. El edificio ya estaba casi desierto. Entré al lobby y me acerqué al mostrador de recepción. Ahí estaba Marisol, la recepcionista de turno nocturno, una señora de unos 45 años que siempre me saludaba con sonrisa cuando iba a dejarle lonche a papá. Me vio y levantó una ceja.
—Buenas noches, mijo. ¿Qué se te ofrece tan tarde?
—Buenas noches, doña Marisol. Traje una carpeta que mi papá se olvidó. Es urgente, del jefe. ¿Está él todavía?
Ella dudó un segundo, miró hacia el elevador y luego me sonrió con esa cara de “sé más de lo que digo”.
—Tu papá… sí, está arriba. Pero ahorita está en una reunión privada con el jefe. En la oficina grande, ya sabes cuál. Me dijo que no lo interrumpieran por nada del mundo hasta que terminara. —Bajó la voz un poco, como confidencia—. Lleva como hora y media ahí adentro. Y oí risitas… ya sabes cómo es el jefe cuando “revisa reportes” con alguien especial.
Se rió bajito, como si fuera un chisme viejo que todos saben menos yo. Sentí un nudo en el estómago, pero fingí que no pasaba nada.
—Ah, ok… entonces se la dejo en su escritorio y me voy.
—Claro, mijo. Sube nomás. La llave del piso ya la tienes, ¿verdad?
Subí al tercer piso. El pasillo estaba oscuro, solo luz saliendo de la oficina del jefe al fondo. Entré primero a la oficina de papá, dejé la carpeta en su escritorio y, al darme la vuelta, vi el cajón superior entreabierto. Algo brilló adentro. Lo abrí un poco más.
Ahí estaba: un frasquito rosado pequeño, con etiqueta blanca y letras negras: X-Change Pink – 24 horas. Al lado, una caja vacía de la misma marca y dos blísteres ya usados. Se me heló la sangre. Sabía qué era: las pastillas de transformación temporal que convierten a un hombre en mujer por un día o dos, con todo y cuerpo, voz y sensibilidad. Muy populares entre parejas curiosas… y entre algunos que las usan para “servicios extras”.
En ese momento escuché gemidos ahogados y risas bajas desde la oficina del jefe. La puerta de vidrio esmerilado estaba entreabierta unos centímetros. Me acerqué despacio, con el corazón en la garganta. Miré.
No era Nancy sentada en el escritorio como había imaginado al principio.
Era “ella” —mi papá transformada— de boca abajo sobre el escritorio grande de caoba. El pecho aplastado contra la madera fría, los brazos extendidos hacia adelante agarrando el borde opuesto como si se fuera a caer. El trasero completamente expuesto, elevado justo en el filo del escritorio, las piernas abiertas en ángulo forzado, tacones altos negros todavía puestos, temblando ligeramente con cada respiración agitada.
La falda lápiz negra estaba enrollada y amontonada en la cintura como un cinturón improvisado. No llevaba nada debajo excepto esa tanguita de encaje negro con florecitas bordadas —la misma que encontré en el cajón semanas atrás—. Pero ahora estaba corrida brutalmente a un lado, empapada, colgando de una nalga mientras el jefe tenía la cara hundida entre sus cachetes.
Le comía el culo con hambre. Lengüetazos largos, profundos, ruidosos. La lengua entraba y salía, rodeaba el agujero rosado y dilatado que brillaba con saliva y lo que parecía lubricante. “Ella” gemía bajito, voz aguda y entrecortada, empujando el culo hacia atrás contra la boca del jefe como pidiendo más. El jefe tenía las manos fuertes agarrando las caderas, separando más las nalgas, enterrando la cara hasta que la nariz quedaba aplastada contra la piel suave y depilada.
—Qué rico culo tienes cuando estás así, putita… ya se te abre solito para mí —gruñó él entre lamidas, la voz amortiguada por la carne.
“Ella” solo respondió con un gemido largo, casi un maullido, arqueando la espalda. El jefe se incorporó un segundo, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio una nalgada fuerte que resonó en la oficina vacía. La piel se enrojeció al instante. Luego volvió a hundirse, esta vez metiendo un dedo junto con la lengua, abriendo camino con movimientos circulares lentos.
Mientras tanto, “ella” empezó a desvestirse sola, como si no pudiera esperar más. Con manos temblorosas se desabrochó los botones restantes de la blusa blanca de secretaria, la abrió de golpe y dejó caer los brazos para que la prenda se deslizara por los hombros. El brasier negro a juego (el mismo conjunto del cajón) quedó a la vista: copas transparentes, pezones duros y oscuros marcados contra la tela. Se lo bajó de un tirón, liberando los pechos que se balancearon pesados, piel suave y sensible por la transformación. Se pellizcó un pezón con fuerza, gimiendo más alto, mientras el jefe seguía devorándole el culo sin parar.
Le comí el coño y ella le debolvio el favor
El jefe se enderezó por fin, se bajó el cierre del pantalón y sacó la verga ya dura, gruesa, brillante de precum. La frotó contra el agujero empapado un par de veces, provocándola.
—¿Quieres que te la meta ya, zorrita? Dime cuánto la necesitas…
“Ella” giró la cabeza lo suficiente para mirarlo con ojos vidriosos, maquillaje corrido por las lágrimas de placer, labios hinchados.
—S-sí, jefe… por favor… métamela toda… soy su puta… —susurró con esa voz femenina que no era la de mi papá, pero que salía de su boca.
El jefe sonrió con satisfacción, agarró la tanguita empapada y la usó como rienda improvisada, jalándola hacia un lado mientras empujaba de una sola embestida. “Ella” soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido largo cuando la llenó por completo. El escritorio crujió bajo el peso y el movimiento.
Yo me quedé paralizado en la puerta, viendo cómo mi papá —convertido en esa versión sumisa y cachonda— se dejaba follar como la puta personal del jefe, gimiendo, pidiendo más, con el culo abierto y los pechos rebotando contra la madera.
—Así… tómalo todo, putita… este culo es mío después de las 6 pm —gruñía él, agarrando las caderas con fuerza, dejando marcas de dedos.
—S-sí… me vengo… no pares… —gimió “ella”, las piernas temblando, el cuerpo convulsionando cuando el orgasmo la atravesó. El jefe siguió embistiendo sin parar, hasta que gruñó fuerte y se enterró hasta el fondo, descargando dentro del coño con chorros calientes que hicieron que “ella” gimiera de nuevo, sintiendo cómo la llenaba.
Se quedó ahí unos segundos, jadeando, antes de salir lentamente. El semen empezó a gotear del coño abierto, mezclándose con los jugos y cayendo sobre la madera del escritorio.
Todo encajó como un rompecabezas enfermo: la lencería sucia de semen, los moretones en el cuello que tapaba con camisas de cuello alto, el perfume caro, los labios hinchados, las cremas en las manos, la depilación… Y ahora las palabras de Marisol: “reunión privada… risitas… alguien especial”. No había ninguna mujer en casa. Mi papá **era** la mujer. La puta personal del jefe. La que se tomaba la pastilla para convertirse en “Nancy” por unas horas y se dejaba usar en la oficina después de horas.
Retrocedí sin hacer ruido, con náuseas y el pulso en los oídos. Bajé las escaleras casi corriendo, pasé por recepción sin mirar a Marisol y subí a la moto. Manejé a casa temblando. Cuando llegué, me encerré en mi cuarto. No pude dormir.
Al día siguiente papá llegó como si nada: me preparó huevos, me preguntó por la uni, me dio la mesada. Ni una palabra de la carpeta ni de la “reunión”. Pero cada vez que se arreglaba el cabello, que se ponía crema en las manos o que decía “hoy me quedo hasta tarde en la oficina”, yo solo veía esa imagen: de rodillas, con la misma tanguita negra, tragando con devoción mientras el jefe le decía “putita”. Y ahora también oía la voz de Marisol en mi cabeza, como si ella supiera todo desde hace rato.
No sé si algún día le diré que lo vi. No sé si él sospecha que sé. Solo sé que, desde entonces, cada vez que sale “a trabajar”, una parte enferma de mí se pregunta cuánto más va a aguantar antes de que el jefe se aburra… o antes de que yo me atreva a preguntarle qué se siente ser la zorrita secreta de la empresa.












