🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯

domingo, 1 de febrero de 2026



Estoy sentado en una de esas sillas de plástico duro típicas de consultorios privados. El aire huele a desinfectante y a perfume caro de doctora. Frente a mí, sobre la camilla con estribos, está ella.


Rubia. Pequeña. Piernas suaves y ligeramente bronceadas que cuelgan con inocencia fingida. Lleva una bata de paciente que apenas le cubre la mitad de los muslos y que se abre cada vez que respira profundo. Sus pezones marcan la tela fina como si tuvieran vida propia. Tiene las manos sobre el regazo, apretando el borde de la bata, pero sus dedos tiemblan de anticipación más que de nervios.



Hace siete meses se llamaba Tomás.


Tomás tenía cuarenta y dos años, manos grandes de herrero, voz grave que tranquilizaba, y una barba de tres días que siempre olía ligeramente a café y hierro. Cuando mi mamá y yo nos mudamos al vecindario yo tenía once años y él fue el primero que llegó con una caja de herramientas y una sonrisa. Arregló la puerta que no cerraba, cambió la llave de paso que goteaba, instaló el ventilador del techo que mi madre no alcanzaba. Nunca pidió nada a cambio. Solo decía “para eso estamos los vecinos, mijo”.


Se convirtió en mi figura paterna sin que nadie lo pidiera. Me enseñó a soldar, a cambiar bujías, a no llorar cuando te caes de la bici aunque te duela horrores. Era paciente. Sabio. Bueno.

En mi cumpleaños 20 me regalo su viejo auto clasico, que ya no usaba...


Y luego llegó el virus.


Primero fue la fiebre que no bajaba. Después el cansancio absurdo. Luego el dolor en los huesos como si alguien los estuviera limando desde adentro. Y de pronto… los cambios.


El vello corporal se le cayó en mechones. La barba desapareció en dos semanas. La voz se le quebró una mañana mientras desayunábamos juntos y nunca volvió a bajar del todo. Sus hombros se estrecharon. La cintura se le marcó. Las caderas se ensancharon lentamente, como si alguien estuviera moldeando arcilla debajo de su piel. Los pechos empezaron a dolerle y luego a crecer. Primero como bultitos sensibles, después como manzanas maduras que rebotaban cuando caminaba.


Yo estuve ahí en cada etapa.


Lo acompañé al baño cuando vomitó la primera vez que le bajó. Le sostuve el pelo —que ya le llegaba a los hombros y olía a vainilla— mientras lloraba porque no entendía qué le estaba pasando. Le compré ropa interior de mujer cuando la suya empezó a quedarle ridícula. Le puse crema en las estrías que le salieron en los costados y en la parte baja de los senos. Lo abracé cuando dijo con voz finita “ya no sé quién soy”.


Y luego… la personalidad cambió.


El hombre serio y contenido se fue desvaneciendo. En su lugar apareció una risa aguda, miradas coquetas, mordidas de labio inferior cuando me veía fijamente. Empezó a caminar contoneándose sin darse cuenta. Se tocaba el pelo constantemente. Se sentaba con las piernas abiertas “porque así se siente más cómodo” y luego se reía tapándose la boca como adolescente.


Una mañana me despertó gateando sobre mi cama. Llevaba solo una camiseta mía que le quedaba como vestido corto. Olía a shampoo de fresa y a excitación pura. Me miró con esos ojos grandes, ahora color miel, y susurró:



“¿Me dejas chupártela? Solo un poquito… por favor…”


Tenía la mano ya dentro de mis bóxers antes de que pudiera procesar la frase. La saqué con suavidad. Ella hizo un puchero, se le llenaron los ojos de lágrimas y murmuró “¿ya no te gusto?” antes de salir corriendo al baño a masturbarse ruidosamente.


Desde ese día su libido no ha parado de subir.

La decidí, llevar al medico...


La doctora entra.

Lee la carpeta un segundo y levanta la vista.


—Otro caso de Gripe de Género con regresión de Edad. ¿son Familiares?


Me pongo de pie por instinto.


—Soy… vecino. Pero él —trago saliva— él era como mi padre. Lo he cuidado desde el todo empeso.


La doctora asiente sin juzgar. Se pone guantes de látex con un chasquido seco.



La doctora le toma la presión, el pulso, escucha el corazón con el estetoscopio. Luego baja.



—Veamos cómo está el desarrollo mamario…


Aprieta suavemente cada seno. Ella suelta un gemidito agudo y arquea la espalda. La doctora sonríe de lado.


—Senos tipo B, bien formados para el tiempo de evolución. Sensibles… muy sensibles. Normal en fase 3.


Acuéstate bien, bonita. Abre las piernas.




Ella —ya no puedo llamarla Tomás ni siquiera en mi cabeza— obedece al instante. Separa los muslos con naturalidad obscena. La bata se abre del todo. Sus pechos pequeños pero perfectamente redondos suben y bajan con la respiración acelerada. Los pezones están duros como piedritas rosadas.





Baja más. Separa los labios mayores con dos dedos enguantados. El interior brilla. Hilo transparente de lubricación natural cuelga entre los pliegues.


—Dios… está empapada. Himen intacto todavía, pero la entrada está hinchada y muy vascularizada. Respuesta de excitación máxima.


Mete el dedo medio despacio. Solo hasta la segunda falange. Ella jadea fuerte, aprieta las sábanas, los dedos de los pies se encogen.


—Paredes vaginales engrosadas, textura aterciopelada… lubricación excesiva. Clítoris hipertrofiado. —La doctora me mira directo a los ojos mientras sigue moviendo el dedo lentamente—. Por lo visto aun no te la has cogido




Me arde la cara.


—No… ella… él… solía ser como un padre para mí. No me atrevería.


La doctora saca el dedo. Un hilillo brillante se estira antes de romperse. Ella gime bajito, frustrada.


—Esta mañana me la quiso chupar —admito en voz baja—. Me la sacó y… pero no la dejé.


La doctora  con calma.


—Su líbido está en pico. El virus acelera las hormonas sexuales hasta niveles de adolescente en celo permanente. Si no la follas pronto, ella va a buscar a quien sí lo haga. Ya no es aquel hombre. Ese Tomás se fue. Ahora es esta chica. Y esta chica necesita que la llenen, que la hagan gritar, que la dejen temblando y con el coño goteando semen. Si no eres tú… será el repartidor, el vecino negro del 5B, el muchacho de la tiendita. No tiene filtro. No tiene vergüenza. Solo tiene hambre.... y si tu no selodad


Mira a la chica en la camilla. Ella se está tocando el clítoris con dos dedos en círculos rápidos, mordiéndose el labio inferior, mirándome con ojos suplicantes.


—¿Quieres que te folle? —le pregunto casi sin voz.


Ella asiente frenéticamente.


—S-sí… por favor… duele… lo necesito dentro… por favor…


La doctora se cruza de brazos.


—Tienes dos opciones. La llevas a casa y la cuidas como se debe… o la dejo aquí y llamo a psiquiatría para que la estabilicen químicamente. Pero créeme… la química no va a apagar ese fuego. Solo lo va a retrasar.


Miro sus piernas abiertas. El coño rosado, brillante, palpitante. Los pechitos que suben y bajan. La carita de niña cachonda que ya no recuerda cómo ser hombre.



Me acerco.


Le acaricio la mejilla. Ella frota la cara contra mi mano como gatita.


—Vamos a casa —susurro.


Ella sonríe, enormes, brillante, feliz.


—Gracias… papi…


Y en ese momento algo dentro de mí se rompe para siempre.


Porque ya no es Tomás.


Es ella.


Y yo… voy a tener que aprender a quererla exactamente como es ahora.

Intercambiar cuerpo con mamá: la mejor decisión de mi vida


Todo empezó una noche de viernes, tres meses después del divorcio. Papá se habia divorcido de mamá, ella gano el jucio se quedo con todo, pero lo que mas odio fue se había ido con su secretaria de 19 años y mamá se quedó sola en la casa grande, bebiendo vino tinto en el sillón de la sala mientras yo jugaba videojuegos en mi cuarto. Ella subió las escaleras con la copa en la mano, el vestido negro ajustado que usaba para “sentirse viva otra vez” marcándole cada curva que yo había aprendido a ignorar… o al menos intentarlo.


Se paró en la puerta de mi habitación, descalza, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Cuarenta años y seguía siendo jodidamente impresionante: tetas grandes que desafiaban la gravedad más de lo que deberían, cintura estrecha, caderas anchas que se movían como si tuvieran vida propia, culo redondo y firme que se notaba incluso con ropa. Yo tenía 18 recién cumplidos, cuerpo de gimnasio decente, pero nada comparado con lo que ella desprendía sin siquiera intentarlo.


“¿Podemos hablar, cielo?” dijo con esa voz ronca que ponía cuando el vino ya le había soltado la lengua.



Me quité los audífonos. Ella entró, cerró la puerta y se sentó al borde de mi cama. Olía a perfume caro y a deseo reprimido.


“Estoy harta”, soltó de golpe. “Harta de ser la divorciada triste, harta de que los hombres de mi edad me miren como si fuera un mueble antiguo con buen mantenimiento. Quiero… un verdadero cambio. De verdad. Como cuando tenía tu edad.”


La miré confundido. Ella sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que nunca le había visto dirigida a mí.


“Hay un hechizo. Lo encontré en un foro oscuro. Funciona. Lo probé con una amiga hace dos años… y ella sigue viviendo la vida de su hija de 19. Dice que nunca ha sido tan feliz.”


Pensé que estaba bromeando. Hasta que sacó del bolsillo  un colgante pequeño, negro, con una piedra roja que parecía latir.


“Si intercambiamos cuerpos, yo puedo volver a tener 18 años. Salir, follar como hombre, sentirme joven otra vez. Y tú… tú podrías tener esto.” Señaló su propio cuerpo con las manos abiertas, como si me ofreciera un regalo envuelto en carne. “Este cuerpo que tanto miras cuando crees que no me doy cuenta.”


Me quedé helado. Pero mi verga no. Se puso dura casi al instante solo de imaginarlo.


“¿Y qué gano yo?” pregunté, intentando sonar frío.


Ella se acercó más. Sus tetas casi rozaban mi brazo.


“Todo lo que siempre quisiste probar y nunca te atreviste. Este culo que te tiene loco desde los 15. Estas tetas que pesan y rebotan cuando camino. Esta coño que se moja con solo pensarlo… y que ahora sería tuya. Podrías tocarte todo el día. Podrías dejar que cualquiera te toque. Nadie sabría que eres tú. Serías simplemente… una milf buenísima.”


Tragué saliva. La piedra roja brillaba más fuerte.


“Una semana”, dije. “Solo probamos una semana.”


Ella sonrió como si ya hubiera ganado.


“Una semana.”


Hizo el ritual esa misma noche. Sangre de los dos en la piedra, palabras en latín que no entendí, un corriente eléctrica que duró demasiado para ser solo parte del hechizo. Sentí un tirón eléctrico desde la nuca hasta los huesos. Y luego… oscuridad.


Desperté en su cuerpo. El olor de su perfume caro todavía pegado a las sábanas. Pero no era su olor lo que me llamó la atención primero.


Era el peso.


Dos tetas enormes, pesadas, colgando de mi pecho. Las miré hacia abajo y casi me corro ahí mismo. Los pezones grandes, oscuros, ya duros por el roce de la sábana. Bajé la mano temblorosa y las apreté. Suavicidad irreal, carne caliente que se desbordaba entre mis dedos. Gemí sin querer. Mi voz salió aguda, madura, sensual. La voz de mamá.


Me levanté. Las caderas se movían solas, el culo se balanceaba con cada paso. Me puse frente al espejo de cuerpo entero del vestidor.


Joder.


Piel bronceada, estrías finas plateadas en los costados de las tetas y en la parte baja del vientre que solo la hacían más real, más follable. Cintura marcada, ombligo profundo, monte de Venus abultado cubierto por un triángulo de vello negro perfectamente recortado. Abrí las piernas y separé los labios con dos dedos. Rosa brillante, húmedo, hinchado. El clítoris asomaba como pidiendo atención. Metí un dedo y solté un gemido largo. Estaba empapada. Más mojada de lo que nunca había estado mi verga.



Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas en v y empecé a masturbarme como desesperado. Los dedos entraban y salían con facilidad, el sonido húmedo llenaba la habitación. Las tetas rebotaban con cada embestida de mi mano. Pellizqué un pezón con fuerza y grité. El orgasmo llegó en menos de tres minutos, violento, arqueándome entera, chorros calientes salpicando los muslos y las sábanas. Nunca había sentido algo así. Mi antiguo cuerpo eyaculaba y ya. Esto… esto era ola tras ola, contracciones que no paraban, placer que se extendía hasta las puntas de los dedos de los pies.



Desde ese día, la semana se convirtió en un mes. Luego en tres.


Mamá —ahora en mi cuerpo— se fue a vivir la vida universitaria que nunca tuvo. Fiestas, tríos, sexo en baños de discotecas, mañanas de resaca con desconocidos. Me manda fotos y videos. Dice que nunca ha sido tan feliz.



Yo, mientras tanto, vivo su vida… pero mejor.


Por las mañanas me despierto tocándome las tetas, jugando con mis pezones hasta que estoy empapada antes de abrir los ojos. Me ducho despacio, enjabonando cada curva, metiéndome la alcachofa entre las piernas hasta correrme apoyada en los azulejos. Me visto con su ropa interior de encaje, corpiños que apenas contienen estas ubres, tangas que se clavan entre las nalgas. Luego me pongo vestidos ajustados, escotes profundos, faldas cortas que apenas cubren el culo.


Salgo a la calle y siento las miradas. Hombres de 25, de 35, de 50. Todos me quieren follar. Y yo los dejo.


El vecino de al lado, un divorciado de 45, me invitó a “tomar un café” la segunda semana. Terminé de rodillas en su cocina chupándole la verga mientras él me agarraba las tetas por encima del vestido y gemía “joder, qué tetas tan perfectas”. 


Me corrí solo con sus dedos en mi concha, sin que me penetrara. Luego me puso en cuatro sobre la mesa del comedor y me la metió hasta el fondo. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome. Me agarró del pelo y me dio tan fuerte que las tetas golpeaban contra la madera. Cuando se corrió dentro, sentí el calor inundándome y volví a tener un orgasmo brutal, gritando su nombre aunque ni siquiera recuerdo cómo se llama.



Los fines de semana salgo de cacería.


Me he follado al entrenador personal del gimnasio en los vestidores, con las pesas de fondo. Me puse en cuclillas y le mamé la verga hasta que me llenó la boca, luego me monté encima y cabalgue hasta que me temblaban las piernas. Me he dejado follar por dos primos en una fiesta de la oficina de mamá —sí, ahora voy a sus eventos de trabajo—, uno en la concha y otro en la boca, mientras me pellizcaban los pezones y me llamaban “puta milf deliciosa”.



Cada vez que me corro, pienso: “Esto es mío ahora. Este cuerpo es mío.”


Anoche volví a casa a las 4 de la mañana, con el coño hinchado y dolorido después de que un chavo de 22 me follara en el coche durante casi dos horas. Me quité el vestido empapado de sudor y semen, me metí en la cama desnuda y empecé a tocarme otra vez. Las tetas pesadas, el culo marcado por cachetadas, los muslos pegajosos. Me corrí tres veces seguidas pensando en lo que mamá me regaló sin saber que nunca se lo devolvería.



Le mandé un mensaje a mama esta mañana:


“La semana se acabó hace meses, mamá. Creo que me quedo con esto. Tú quédate con el mío. Nunca he sido tan feliz.”


Su respuesta llegó un mensaje de ella...

“Trato hecho, cariño. Disfruta esa coño. Yo estoy ocupado.”


Sonreí, me abrí de piernas frente al espejo y empecé a grabarme. Porque este cuerpo de milf sexy de 40 años… ya no es de ella.


Es mío.


Y lo voy a usar hasta que no quede nada por follar.


viernes, 30 de enero de 2026

Hey!

 


¡Hola, compañeros! 👋


Como ya saben, me encanta compartir historias por aquí, pero siendo totalmente sincera… la universidad anda a mil y me deja con muy poco tiempo libre. 😅📚

No quiero desaparecer ni dejar de publicar, así que prefiero aprovechar al máximo los ratos que tengo entre tareas y enfocarme justo en lo que más les gusta a ustedes. Por eso hoy quiero pedirles ayuda: déjenme sus ideas para el próximo contenido. ✍️✨

Estoy segura de que alguno traerá una propuesta increíble que valga la pena desarrollar. Yo me encargo de  pulirla y traerles algo bien trabajado en cuanto tenga un respiro.

¡Los leo en los comentarios! 👇

lunes, 19 de enero de 2026

Me resigné.

De verdad, me resigné.

Aquí estoy otra vez, de rodillas sobre el sofa deshecha de la habitación principal, con las bragas  bajadas hasta los tobillos, el culo en pompa, las piernas ligeramente abiertas. La luz tenue de la lámpara de noche me ilumina las nalgas, las estrías plateadas que cruzan como recuerdos que no son míos, la celulitis que se nota más cuando aprieto los muslos. Esperando.

Esperando a que el señor Antonio mi marido, el vendrá después de lavarse los dientes para venir a follarme como cada maldita noche desde hace meses.

Pero no siempre fue así ...


Hace un año yo tenía dieciocho.

Tenía abdominales marcados, cuerpo atletico. Ahora tengo cuarenta y dos, talla 44 en pantalones, noventa y cinco kilos bien distribuidos (sobre todo en tetas y culo), estrías en los pechos, en la panza baja, en los costados. El pelo ya no es negro azabache, tiene esas canas rebeldes que aparecen en las sienes y que ya ni me molesto en tapar. Y mis tetas… Dios, mis tetas. Pesadas, grandes, con venitas azules marcadas y pezones  que ya no se paran tan fácil como antes. Pero a Antonio le encantan. Siempre le han encantado...

Todo empezó con el Gran Cambio.

Dicen que fue un experimento fallido, una especie de arma  cuántica que se les fue de las manos a los laboratorios del gobierno. Un día te despertabas y tu conciencia estaba dentro del cuerpo más cercano que cumpliera ciertos parámetros de “compatibilidad vital”. No había reglas claras, solo caos. Familias destrozadas, parejas separadas, viejos en cuerpos de adolescentes y adolescentes atrapados en cuerpos de ancianos como yo.... El gobierno tardó tres semanas en aceptar que no podían revertirlo. Y entonces llegó el decreto:

“Todos los ciudadanos deberán asumir de forma permanente e irrevocable la vida social, legal y conyugal del cuerpo que habitan. Cualquier intento de ruptura del nuevo núcleo familiar será considerado traición al orden público.”


Recuerdo el momento exacto en que la "maldición" o lo que carajos fuera eso me arrancó de mi cuerpo de adolescente flaco, lleno de vida  y sueños de volverse alguien. Desperté con un grito ahogado que salió en tono grave, femenino, maduro. Un gemido de mujer de verdad. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron un par de tetas enormes, pesadas, cayendo hacia los lados mientras estaba boca arriba en una cama que no era la mía. Mis manos...manos con uñas largas, pintadas de rojo vino, venas marcadas, dedos regordetes subieron instintivamente a tocarlas. Pesaban. Mucho. Y los pezones, Dios, estaban duros como piedras solo por el roce de la sábana.

Miré hacia abajo. Vientre suave, con estrías plateadas, una ligera capa de grasa que se desbordaba por encima de la cintura de las bragas de algodón blanco que llevaba puestas. Muslos gruesos que se rozaban entre sí. Y entre ellos… nada. Solo un monte de Venus abultado, labios mayores carnosos, y un olor fuerte, adulto, a mujer que ha vivido muchos veranos.

Y así, sin anestesia, me convertí en Marisa.


Marisa kats, 42 años, casada desde hace dieciocho con Antonio Morales, 48 años, fontanero de oficio, buen hombre, callado, pero con una verga gruesa y venosa que ahora conozco mejor que la palma de mi propia mano. O de la mano que tenía antes, mejor dicho.

Al principio fue horror.

Me encerré en el baño tres días seguidos llorando, mirando ese cuerpo que no era mío en el espejo. Me tocaba las tetas como si fueran objetos ajenos, me abría los labios vaginales con dedos temblorosos y me sentía sucia, violada, perdida. Me masturbé una vez esa primera semana, casi por rabia, y me corrí tan fuerte que me dio miedo. El orgasmo de mujer madura no se parece en nada al que yo conocía. Es más lento, más profundo, más aplastante. Me odié por disfrutarlo.

Antonio, al principio, fue respetuoso.

Dormía en el sofá. No me tocaba. Me hablaba con esa voz grave y calmada que ahora me pone la piel de gallina sin quererlo.

—Sé que no eres ella… pero tu tampoco eres el chavo que eras antes. Los dos estamos jodidos. Pero aquí estamos.

Pasaron semanas. Meses.

El cuerpo empezó a ganar. Las hormonas, el ritmo circadiano, los antojos. Empecé a caminar moviendo las caderas sin darme cuenta. Me sorprendía oliendo la ropa de Antonio cuando la dejaba en el cesto. Me excitaba cuando llegaba sudado del trabajo y se quitaba la playera dejando ver ese pecho velludo y fuerte. Y luego vino la noche en que no aguanté más.

Fue después de una cena con cerveza.

Me senté en su regazo, todavía con el delantal de la cocina puesto. Le puse las manos en el cuello y le dije bajito, casi llorando:

—Hazlo.

Hazme tuya como hacías con ella.

Ya no puedo más con esta puta hambre que tengo dentro.

Y me folló.

Me folló como hombre de 48 años que lleva meses aguantándose: lento al principio, profundo, agarrándome las caderas con fuerza, gruñendo contra mi cuello. Me monte sobre el, como este cuerpo se movira por instinto , dentro, me llenó hasta que sentí que me rebosaba. Y yo… yo grite su nombre


Desde entonces no paramos.

Ahora es rutina.

Me despierto con su mano entre mis tetas, lo despierto chupándole la verga mientras él me acaricia el pelo que ya no es mío. Me pongo lencería que antes me parecía de señora y ahora me hace sentir poderosa. Me pongo en cuatro y le digo “más fuerte, papi” porque sé que eso lo vuelve loco. Y él me da nalgadas, me jala el pelo, me dice “qué rico culazo tienes, mi reina” y yo me mojo más solo de escucharlo.

Ya no lucho.

Ya no pienso en el chavo flaco que fui. Ese chico se fue. Se diluyó en estrías, en celulitis, en pezones grandes , en caderas anchas que ahora llenan cualquier pantalón de forma pecaminosa.

A veces, cuando estoy sola en la casa, me paro frente al espejo del baño, me quito la bata y me miro. Me agarro las tetas con las dos manos, las levanto, las dejo caer. Me abro el coño con dos dedos y veo cómo brilla de solo pensarlo. Me doy cuenta de que este cuerpo ya no me da asco. Me da ganas. Me da orgullo.

Y cuando escucho la puerta de entrada, el sonido de sus botas pesadas en el pasillo, el corazón se me acelera. No de miedo. De anticipación.

Porque sé lo que viene.

Sé que en unos minutos voy a estar otra vez de rodillas, culo al aire, esperando a que mi marido —el señor Antonio— venga a recordarme quién soy ahora.

Marisa.

Su Marisa.

Y por primera vez en un año…

no me importa.

Me gusta.

Me gusta esta vida.

Me gusta ser su puta madura, la mujer convertida en esposa, su hembra de tetas grandes y culo suave que se abre para él cada noche.

Me resigné.


Y en la resignación… encontré algo que se parece peligrosamente a la felicidad.


lunes, 12 de enero de 2026



La habitación de Ian olía a lo de siempre: pizza fría y el ligero zumbido de la consola. Pero la presencia sentada en el puf de al lado era algo totalmente nuevo. Jacob ya no existía; en su lugar estaba Jane, una mujer que parecía haber florecido de golpe en una madurez vibrante. Su piel era tersa, su cabello caía en ondas castañas y su cuerpo proyectaba la seguridad de una mujer de treinta años, a pesar de que sus recuerdos de "mejor amigo" aún estaban frescos.

Jane dejó el control sobre la alfombra y miró de reojo hacia la puerta cerrada. Sabía que el padre de Ian, el señor Miller, estaba en la cocina, solo, como todas las noches desde hacía años.

Jane: Oye, Ian... ¿alguna vez te has puesto a pensar en lo solo que está tu papá?

Ian: (Sin apartar la vista de la pantalla) Mi viejo está bien, Jane. Se acostumbró a la rutina. Además, ahora que trabajas con tu mamá en la florería, deberías traerle algo para que la casa no parezca un búnker.

Jane: No hablo de flores, tonto. Hablo de compañía. De una mujer.

Ian: (Ríe con ironía) ¿Mi papá? Por favor. No ha tenido una cita en una década. Es un caso perdido.

Jane: (Se acomoda el cabello detrás de la oreja, sonriendo de lado) No creo que sea un caso perdido. Solo necesita el estímulo adecuado. De hecho... estaba pensando que ahora que técnicamente soy una "milf", ¿podría salir con tu papá?

Ian soltó el mando. El personaje en la pantalla murió instantáneamente, pero a él no le importó. Giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.

Ian: ¿Qué acabas de decir? Jane, por el amor de Dios, ¡era mi mejor amigo hace seis meses!

Jane: (Con voz suave y melódica) Era, Ian. El pasado es pasado. Mírame. No soy Jacob. Soy Jane. Pasé por una transformación que ni yo misma entiendo del todo, pero mis instintos... mis impulsos femeninos, están gritando.

Ian: Es mi padre, Jane. ¡Es raro! Es más que raro, es una violación a todas las leyes de la amistad.

Jane: (Se levanta y camina con elegancia hacia el espejo de la habitación, acariciando sus propias caderas) ¿Raro? ¿Por qué? Mírame bien, Ian. Tengo treinta años en apariencia. Tengo estas caderas que no mienten, estos senos que llenan cualquier blusa y, aunque te cueste escucharlo... sigo siendo virgen en este cuerpo. ¿Qué hombre en su sano juicio se resistiría a eso?


Ian: ¡Yo no quiero escuchar sobre tu vagina, Jane! ¡Cállate!

Jane: (Se ríe, una risa profunda y femenina) No seas infantil. Estoy siendo honesta contigo porque eres mi mejor amigo. Siento una atracción eléctrica por él. Y no me digas que él no lo nota. Cada vez que llego a visitarte y paso por la sala, siento su mirada.

Ian: Mi papá es un caballero. Él no...

Jane: (Interrumpiéndolo) Tu papá es un hombre. Y cada vez que entro con mis jeans ajustados, sus ojos se clavan en mi trasero. Cuando me inclino para saludarlo, no puede evitar mirar mi busto. Lo he visto tensarse, Ian. He visto cómo se le corta la respiración.

Ian: Estás loca. Estás absolutamente loca por las hormonas.

Jane: No es locura, es deseo. Quiero hacerlo feliz. Sé que podría darle lo que nadie le ha dado en años. Imagínatelo: yo, llegando de la florería, oliendo a jazmines, esperándolo con una cena y... bueno, con todo lo demás. Mis impulsos me piden ser poseída por un hombre de verdad, alguien con experiencia, alguien como él.

Ian: (Se cubre la cara con las manos) Esto es una pesadilla. Si sales con él, ¿qué se supone que serás? ¿Mi madrastra?

Jane: (Caminando hacia él y poniendo una mano en su hombro) Sería la mujer que cuida a tu padre. Y tú seguirías siendo mi mejor amigo. ¿Acaso no quieres que él deje de estar triste? ¿No quieres que deje de suspirar frente a la televisión todas las noches?

Ian: Quiero que sea feliz, pero no a costa de que mi mejor amigo se convierta en la persona que... que hace ruidos en la habitación de al lado.


Jane: ¿Por qué no? Soy una mujer soltera, hermosa y, honestamente, él me encanta. Me gusta cómo se le marcan las canas y esa mirada de hombre serio que pone cuando cree que nadie lo ve. Me pone muy nerviosa... de la buena manera. Me imagino cómo serían sus manos grandes apretando mis senos, o cómo me tomaría de la cintura con fuerza para... ya sabes.



Ian: ¡Jane! ¡Detente! ¡Es demasiada información sobre mi propio padre!

Jane: (Riendo, sentándose de nuevo muy cerca de él, dejando que el roce de su brazo lo ponga nervioso) Oh, vamos. Imagínate la situación. Yo podría ser tu "madrastra". Te dejaría jugar hasta tarde y te daría los mejores consejos. Pero fuera de bromas, Ian... mis impulsos femeninos están fuera de control. Realmente deseo tener sexo con él. Quiero saber qué se siente ser poseída por un hombre de verdad, y tu padre es el candidato perfecto para estrenar este cuerpo.

Ian: Estás loca. Mi papá se moriría de un infarto si se entera de quién eras antes.

Jane: Al contrario. Creo que le encantaría el "giro de la trama". Además, mírame bien. (Ella tomó la mano de Ian y la obligó a sentir la firmeza de su muslo). No queda nada de ese chico. Soy Jane. Y piénsalo, Ian... ¿qué hombre en su sano juicio rechazaría lo que yo ofrezco? Soy una mujer de treinta años en su punto máximo, pero con el tesoro de una virgen.

Ian: (Tragando saliva, desviando la mirada) ¿A qué te refieres con eso?

Jane: (Con voz sugerente) Me refiero a que mi vagina está intacta, Ian. Es estrecha, perfecta, esperando a ser reclamada. Los hombres se vuelven locos por la idea de ser los primeros, y más cuando viene en un paquete como el mío. Es un arma de seducción infalible. Y si por alguna razón extraña su moral fuera más fuerte que su deseo y no lograra conquistarlo con eso... bueno, siempre puedo ser más atrevida. Si mi frente no lo convence, tal vez un poco de juego anal lo haga rendirse por completo. Ningún hombre dice que no a una mujer hermosa que está dispuesta a todo por él.

Ian: (Tapándose los oídos) ¡No puedo creer que estemos hablando de sexo anal y de mi padre en la misma frase! ¡Basta!

Jane: (Guiñando un ojo, divertida) Solo estoy siendo realista. Tengo un arsenal completo para que pierda la cabeza. Esta noche, cuando me vaya, voy a "olvidar" mi bolso en el sofá. Así tendré una excusa perfecta para volver más tarde, cuando tú estés fuera entrenando fútbol... y ver si él tiene el valor de invitarme a pasar a su habitación para mostrarle de qué soy capaz.

Ian: Esto es surrealista. ¿Realmente crees que tienes oportunidad después de que te vio crecer?

Jane: Ian, querido... con estas caderas, este busto y este deseo que tengo acumulado, tu padre no tiene ninguna oportunidad de decirme que no. En cuanto sienta lo estrecha que soy y lo mucho que lo deseo, olvidará cualquier escrúpulo. ¿Apostamos?

Ian: (Suspirando, volviendo a su juego para intentar ignorar el calor en sus mejillas) Solo... solo te pido que no me cuentes los detalles mañana. No quiero saber nada de lo que pase en esa habitación.

Jane: (Levantándose con un contoneo que hacía que su vestido se ciñera a sus curvas) No prometo nada, Ian. Pero no te sorprendas si mañana me encuentras en la cocina preparando el desayuno... usando solo una de sus camisas y con esa sonrisa de mujer bien atendida.



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Nunca me habían contratado por algo tan simple… al menos así lo describieron.

Una familia obscenamente rica. De esas que no preguntan precios, solo resultados.

Buscaban a su hijo perdido.

Habían pasado más de un año sin saber de él. Yo escuché el resumen del caso mientras bebía café, casi aburrido. Afganistán, Guerra del Golfo, Chechenia… desde mis veinte años había estado en zonas donde la muerte era rutina. Y siempre había salido sin un rasguño.

—África será un paseo por el parque para alguien como usted —me dijo el padre.

Acepté.

No por dinero. Mas bien porque estaba aburrido.

La última ubicación donde se reportó al chico estaba vacía.

Ni sangre, Ni lucha,Ni huellas.

Solo polvo viejo y una sensación rara en el pecho.

Pasaron las horas. Luego los dias. Pregunté a locales, crucé pueblos, soborné a los de la milicia, amenacé, mentí. Cada paso me llevaba más lejos de la civilización, hacia zonas que los mapas ya no se molestan en nombrar.

Y fue ahí donde escuché los rumores, unos pastores habalban de....Una tribu aislada Muy cerrada y... Muy antigua.

Y algo que no cuadraba.

—Hay una mujer blanca viviendo con ellos —me dijeron—. No es de aquí.

Eso no encajaba con el chico que yo buscaba. Pero la curiosidad me empujó a seguir.

Cuando llegué al poblado, me apuntaron con lanzas antes de que pudiera decir una palabra.

Hostilidad pura.

Retrocedí lentamente… hasta que la vi.

Piel clara. Cabello distinto al de la tribu, aunque trenzado como el de ellas. Caderas anchas, vientre suave, senos cubiertos apenas por telas tribales. Sus ojos… esos ojos azules no pertenecían a ese lugar.




Ella habló. En la lengua de la tribu...La tensión bajó... pero aun asi me seguian mirando con desconfianza... sobroto un hombre destatacaba entre la multitud pero Me dejaron pasar.

Y fue entonces cuando, al mirarla bien, algo me golpeó como un puñetazo:

su rostro… su expresión…

era inquietantemente parecida a la madre del chico que buscaba.

En un ingles fuido me dijo que la siguera..

Yo fui directo.

—Busco a un joven. Europeo. Desaparecido hace un año.

Ella bajó la mirada.

Respiró hondo.

Y entonces dijo:

—Lo encontraste...Ese joven… fui yo.

El silencio pesó más que cualquier arma que hubiera sostenido en mi vida.



(Ella narra)

Cuando te vi, supe que no podría mentirte.

Había pasado tanto tiempo siendo otra… que casi había olvidado cómo era hablar inglés de neuvo.

Yo era el chico que buscabas, El  perdido.

Me perdí huyendo. De mi familia. De las expectativas. De mí mismo.

En África creí que encontraría libertad. En cambio, encontré enfermedad… y muerte.

La tribu me encontró casi sin vida y casi me dejan morir de nose se por  la bruja… ella decidió salvarme.

Pero aquí los hombres extranjeros son muy mal visto traen desgracia. Las mujeres, no.

Así que la bruja me dio a elegir: morir como hombre… o vivir como mujer.

Acepté sin entender el precio.

(Yo)

Mientras hablaba, no podía dejar de mirarla.

Cada gesto femenino era natural. No actuado.

No había rastro del chico arrogante que me describieron sus padres.

(Ella)

El brebaje quemó por dentro.

Sentí mi cuerpo romperse y rehacerse.

Mi voz cambió primero. Luego mis huesos. Mis caderas se abrieron, mi cintura se suavizó. Donde antes había algo rígido, quedó… nada. Solo una sensación nueva, extraña, íntima.

Me desperté sangrando entre las piernas.

Las mujeres me limpiaron.

Me llamaron hermana.

Lloré durante días.

Luego… aprendí.

A caminar diferente.

A sentarme.

A sentir mi cuerpo de otra forma.

Y un día… dejé de recordar cómo era ser él.

Comese a vivir con la bruja


De ella aprendio todo, la lengua, las costumbres lo que esta aceptado en esta tribu,  ella me protegio durante los primeros dias... mientras me aceptaba como una más.

Después de que la tribu me aceptó como una más, ya no hubo forma de esconderme detrás de lo que fui.

Aquí no existen las medias tintas.

El hijo del jefe me tomó como esposa.

No por vanidad.

No por deseo inmediato.

Por costumbre.

Yo era mujer.

Eso bastaba.


Al principio, mi mente de hombre se rebeló. "No puedo", me decía a mí misma mientras observaba las chozas y el fuego central. Pero aquí, una mujer sola no existe. La estructura de la tribu es un tejido donde cada hilo debe estar sujeto a otro. Intentar sobrevivir por mi cuenta era una sentencia de muerte o de ostracismo. Y yo, atrapada  piel suave y curvas generosas, ya no podía volver atrás. Mi antigua vida era un eco que se perdía en la selva.


Llegó la noche en que la unión debía consumarse. El hijo del jefe entró en la alcoba con la seguridad de quien toma lo que le corresponde por ley natural. Era el momento de usar mi vagina por primera vez; ese templo que antes me causaba pavor ahora esperaba su apertura.


​No puse resistencia física, pero hubo un duelo de voluntades en la penumbra. Quise que sintiera que, aunque mi cuerpo era suyo por costumbre, mi entrega era una decisión mía. Cuando finalmente me abrió y sentí la fuerza de su miembro penetrándome por completo, el dolor inicial fue una punzada breve, rápidamente sofocada por una oleada de sensaciones abrasadoras.

​Sentirlo dentro de mí, ocupando ese espacio que hasta entonces había estado vacío, me obligó a soltar el último rastro de mi pasado. Su peso y su tosquedad chocando contra mi nueva delicadeza confirmaron la realidad de mi transformación. En ese acto, mi perspectiva cambió para siempre: mi cuerpo de mujer reclamó su propósito a través de su carne.


​Con el paso de las lunas, algo dentro de mí se quebró... o quizás, se moldeó. Mi cuerpo, traicionando mis recuerdos masculinos, comenzó a responder al entorno. Aprendí a desear desde otro lugar, un lugar profundo y visceral que no conocía. Aprendí a bajar la mirada, a entender el lenguaje de los gestos y, sobre todo, a ser mirada no como un igual, sino como una posesión valiosa, como el centro de un hogar.



descubri profundidades de placer que como hombre jamás habría imaginado; mi cuerpo aprendió a arquearse, a recibirlo como una culminación. La fricción del pecho rudo contra sus pezones sensibles le recordaba en cada encuentro que su antigua vida era solo un sueño pálido. Se convirtió en la vasija de su linaje, disfrutando de una feminidad salvaje que su cuerpo reclamaba con urgencia.


Me convertí en esposa cuando dejé de pensar en ello.

Cuando empecé a esperar su regreso.

Cuando mi cuerpo se acomodó al suyo al dormir.

Cuando entendí que ser tocada no me borraba… me afirmaba.

Luego vino algo aún más profundo.


Ser parte de la tribu no era solo compartir un lecho, sino compartir el cuerpo con la comunidad. Las mujeres comentaban mis cambios sin pudor: cómo mis caderas se habían ensanchado, cómo mi vientre era suave, cómo mis pechos habían crecido lo suficiente como para alimentar.

No había vergüenza.

Había orgullo.

Yo misma empecé a tocarme sin rechazo. A reconocerme en el reflejo del agua. A aceptar que ese cuerpo no era una prisión… era un hogar nuevo.



​—Estoy embarazada, Cuando quedé embarazada, no sentí miedo primero. Sentí pertenencia.—me dijo, llevando mi mano a su vientre

(Yo)

Eso lo cambió todo.

La interrumpi

—Tu familia te busca —le dije—. Puedo sacarte de aquí.

Ella negó lentamente.

—No puedo dejar esto —respondió—. No puedo dejarlo.

Su mano fue a su vientre.

(Ella)

Si me voy, dejo un cuerpo que ya no existe.

Una vida que ya no es mía.

Aquí… soy alguien.

Allá… sería un error que nadie sabría aceptar.

Te pediré un favor.


Entró a su choza y volvió con una pequeña bolsa.

Documentos viejos.

Una foto.

Un reloj.

—Diles que morí —me dijo—. Para ellos… será más fácil.

Acepté.

Mentí a una familia desesperada.

Cerré un caso con una tumba vacía.

Cobré.

Y me fui.

Pero desde entonces… cada guerra me parece menos peligrosa que ese secreto que cargo.

Porque el hijo que buscaban…

vive.

Solo que ahora…

vive como ella.

Y nadie debe saberlo.