Caso 1: Mi vida después de la segunda pubertad
Han pasado casi dos años desde que empezó todo. La ‘segunda pubertad’, como la llamo yo en secreto. Un día era un chico normal de veintipocos, y al siguiente mis hormonas se volvieron locas. Pechos creciendo, caderas ensanchándose, voz suavizándose… en pocos meses mi cuerpo se convirtió en el de una mujer de unos treinta años. Curvas suaves, piel tersa, cabello largo y brillante. Ahora me miro al espejo y ya ni recuerdo bien cómo era antes.
Vivo mi vida como ella. Como Laura.
De día soy la perfecta dama. Sigo viviendo con mis padres en la misma casa de siempre. Mamá está encantada: por fin tiene una “hija” con quien compartir todo. Nos probamos ropa mutuamente, nos prestamos blusas, faldas, vestidos… Ella me enseña a maquillarme, a caminar con tacones, a elegir lencería que “resalte mis atributos”. Papá todavía se hace un poco el loco, pero me trata con cariño y me llama “mi niña”. Nadie sospecha nada. Para ellos soy Laura, la hija que siempre quisieron y que “llegó tarde”.
Por las mañanas trabajo en la cafetería de mi tía. Sirvo cafés con una sonrisa dulce, falda lápiz o vestido veraniego, delantal ajustado que marca mi cintura. Las clientas me felicitan por lo guapa que estoy, los clientes me dejan buenas propinas y a veces me invitan a salir. Yo sonrío coqueta, bajo la mirada con timidez fingida y les digo “gracias, pero soy muy casera”. La tía está orgullosa de su “sobrina responsable”.
Pero esa es solo la mitad de mi vida.
Por las noches… soy otra.
La adicción llegó rápido. Despuésde seis meses viviendo como mujer, mi cuerpo era demasiado sensible, demasiado hambriento. Un roce, una mirada, y ya me mojaba. Empecé saliendo a escondidas, poniéndome la ropa más puta que comparto con mamá (esa minifalda que ella ya no usa, ese top escotado que “le queda ajustado”). Me maquillo fuerte, me pinto los labios de rojo intenso y salgo a cazar.
Me encanta sentirme usada. Ser la puta adicta que se deja follar en el coche de un desconocido, en un baño de bar o en un motel barato. Me encanta cuando me llaman “zorra”, cuando me llenan la boca o me corren dentro sin preguntar. Vuelvo a casa de madrugada, con las bragas empapadas y el sabor de varios hombres todavía en la lengua, y me meto sigilosamente en mi habitación. Al día siguiente me levanto, me ducho, me pongo uno de los vestidos floreados de mamá y vuelvo a ser la dulce Laura de la cafetería.
Ayer, por ejemplo, salí a las once. Le mentí a mamá que iba a “ver una película con las chicas del trabajo”. Tomé un Uber y me fui directo a un bar de la zona norte. En menos de veinte minutos ya tenía a dos tipos mirándome. Les sonreí y en diez minutos ya estábamos en el estacionamiento.
Les pedí que me llevaran a un motel barato. Allí me folaron uno mientras el otro me metía la verga en la boca otra vez. Me cambiaron de posición: yo encima cabalgando una verga en el coño y la otra en el culo al mismo tiempo. Doble penetración. Me corrí tan fuerte que me oriné un poco encima de ellos
Volví a casa a las cuatro de la mañana, con el culo adolorido, el sabor de semen en la garganta y las bragas empapadas de leche y mi propia corrida. Entré sigilosa, me duché rápido y me metí en la cama. Por la mañana mamá me despertó con un beso en la frente: “buenos días, mi niña hermosa”. Yo le sonreí inocente y le dije que había dormido como un bebé. Mientras desayunábamos juntos, sentía el culo todavía dilatado y un hilo de semen que se me escapaba lentamente. Y me mojé otra vez solo de pensarlo.
Nadie lo sabe. Ni mis padres, ni mi tía, ni las vecinas que me saludan con cariño.
Esta es mi vida ahora: la dama perfecta de día… y la puta insaciable de noche. Y la verdad? Nunca había sido tan feliz.
A veces, mientras sirvo un café con esa sonrisa inocente, pienso en lo que hice la noche anterior y siento un escalofrío de placer entre las piernas. Nadie imaginaría que la chica educada que vive con sus papás y comparte closet con su mamá es la misma que se arrodilla gustosa en callejones oscuros.
Y así quiero que siga siendo… mi deliciosa doble vida.”




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