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martes, 2 de junio de 2026

 


Me miré una última vez en el espejo del tocador y terminé de retocarme el maquillaje. Los labios rojos y carnosos brillaban perfectamente, y el eyeliner acentuaba mis ojos grandes y expresivos. Justo en ese momento oí el sonido del coche de mi marido llendose e de la mansión.


 Sonreí para mí misma. Podría acostumbrarme a esto, pensé con satisfacción.

Soy Salomé, aunque antes me conocían como Salomón. Hace unos meses era un hombre alto y algo regordete llamado Salomón, luchando por salir adelante después de que me despidieran de mi último trabajo. Fue entonces cuando un representante de una empresa exclusiva se puso en contacto conmigo. Se dedicaban a proporcionar esposas trofeo a clientes adinerados, adaptándolas completamente a sus deseos específicos. Me ofrecieron un trato que no pude rechazar: si me sometía a la transformación completa, se encargarían de mí de por vida, sin preocupaciones económicas jamás.

Pensando que no tenía nada que perder, acepté.

Los siguientes tres meses fueron intensos. Las transformaciones físicas fueron radicales gracias al suero Venus desarrollado por el científico Sánchez. Mi cuerpo cambió por completo: de ser un hombre alto y regordete pasé a convertirme en una deslumbrante morena con figura de modelo. Mis piernas se volvieron largas y tonificadas, mis caderas se ensancharon con curvas suaves y seductoras, mi cintura se estrechó y mis pechos crecieron firmes y perfectos. Mi rostro se feminizó totalmente: pómulos altos, labios gruesos, nariz delicada y una melena larga y sedosa.

Junto con los cambios físicos vino un duro entrenamiento mental: etiqueta, moda, cómo mantenerme en forma, caminar con tacones, hablar con voz suave y sensual, y todo lo necesario para ser la esposa trofeo perfecta. La prueba final fue de sexo. Tuve que complacer a varios instructores con entusiasmo, demostrando que estaba completamente entregada a mi nueva vida. Superé esa prueba con creces; descubrí que me encantaba sentirme deseada y usada de esa forma.

Cuando estuve lista, me presentaron a mi nuevo marido. Llevo ya unas semanas en esta vida y estoy encantada. Mi esposo es agradable, un hombre rico y exitoso, pero trabaja hasta altas horas de la noche. Apenas nos vemos, salvo por nuestros encuentros sexuales matutinos. A él le encanta despertarse con mi boca alrededor de su polla, practicándole sexo oral lentamente, lamiendo y chupando con dedicación mientras él gime todavía medio dormido. Sin embargo, usualmente se corre muy rápido, dejando mi coño húmedo e insatisfecho, anhelando más. Aun así, cumplo mi rol con gusto.

De vez en cuando me lleva a eventos de negocios donde soy su acompañante perfecta: elegante, sonriente y siempre a su lado, luciendo vestidos ajustados que realzan mi nuevo cuerpo.

El resto del día lo paso como quiero. Por las mañanas voy de compras, eligiendo ropa nueva y lencería sexy para impresionarlo.


El resto del tiempo era libre.

Libre para comprar ropa cara. Libre para pasar tardes enteras junto a la piscina. Libre para almorzar con otras mujeres ricas del vecindario.

Aunque “mujeres” quizá no era la palabra exacta para  de nosotras.

Esa tarde me encontraba en la elegante sala de estar de Angela, reunida con las otras esposas en una de nuestras habituales reuniones de amigas. El ambiente era íntimo y lujoso: cortinas de seda, muebles amplios y cómodos, y una mesa llena de copas de vino blanco frío y aperitivos refinados. Yo permanecía recostada en uno de los sofás, intentando actuar natural entre ellas, aunque todavía me sentía como la nueva del grupo.


Angela me observaba con una sonrisa divertida, sentada con las piernas cruzadas.

—Todavía tienes esa mirada —dijo.

—¿Qué mirada? —pregunté.

—La de alguien que sigue peleándose consigo misma.

Las demás mujeres soltaron pequeñas risas cómplices.

Tomé un sorbo de vino intentando disimular mi nerviosismo.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí, querida —dijo Violet—. Todas pasamos por eso.

Angela se inclinó ligeramente hacia adelante antes de hablar con total naturalidad.

—Aún extrañas tu pene… ¿no es así, querida?

La pregunta me hizo congelarme.

Sentí inmediatamente el calor subir a mis mejillas mientras las otras mujeres me miraban con curiosidad divertida.

—Angela…

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Qué? No tiene nada de malo admitirlo.

Violet asintió lentamente.

—Al principio yo también lo extrañaba. Más de lo que quería admitir.

Otra mujer levantó su copa.

—Yo incluso soñaba que despertaba otra vez en mi antiguo cuerpo.

Hubo un pequeño silencio.

Entonces Angela volvió a mirarme directamente.

—Pero eso cambia.

La observé en silencio.

—¿Cómo? —pregunté finalmente.

Angela sonrió.

—Cuando empiezas a aceptar lo que eres ahora.

Violet apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá y habló en voz más baja.

—Y cuando empiezas a satisfacer ciertas… necesidades nuevas.

Sentí un pequeño escalofrío.

—¿Necesidades?

Las mujeres intercambiaron miradas divertidas.

Angela soltó una carcajada suave.

—Oh, vamos, Salomé… no me digas que tu marido también es de esos hombres que terminan demasiado rápido.

Las demás comenzaron a reír inmediatamente.

Me cubrí el rostro con una mano, completamente avergonzada.

—Dios… ustedes hablan de esto como si nada.

—Porque es normal —dijo Violet—. Todos nuestros maridos son iguales. Trabajan demasiado, llegan cansados… y cuando finalmente te tocan, apenas duran.

—Exacto —añadió Angela—. Y una empieza a darse cuenta de algo curioso.

La miré.

Ella sonrió lentamente.

—Que el cuerpo cambia más rápido que la mente… pero el deseo femenino termina apareciendo igual.

Sus palabras me dejaron callada.

Porque entendía exactamente a qué se refería.

A veces despertaba sintiendo ansiedad, calor, una necesidad difícil de explicar. Sensaciones nuevas que jamás había experimentado antes de la transformación.

Y lo peor era que mi marido rara vez lograba dejarme satisfecha.

Angela pareció notar mi expresión.

—¿Ves? Ya sabes de qué hablo.

Bajé la mirada hacia mi copa.

—A veces me siento confundida…

—Eso también es normal —dijo Violet suavemente—. Para aceptar completamente tu nueva identidad… necesitas dejar que tu cuerpo viva como lo que es ahora.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿Y si todavía hay una parte de mí que sigue sintiéndose hombre?

Angela sonrió con cierta ternura inesperada.

—Entonces simplemente necesitas ayuda para soltarlo.

La miré confundida.

Ella se inclinó un poco más cerca de mí.

—Yo podría presentarte a alguien.

Las demás soltaron pequeñas risas cómplices.

—Angela… —murmuré.

—¿Qué? Estoy hablando en serio.

Violet sonrió divertida.

—Aquí viene otra vez lo del jardinero.

Angela ignoró el comentario y continuó hablando directamente conmigo.

—Mi jardinero es discreto… atento… y sabe exactamente cómo tratar a una mujer.

Sentí inmediatamente el calor recorrer mi cuello.

—No sé si debería…

—Salomé —interrumpió ella suavemente—. Nadie está diciendo que hagas algo malo. Solo digo que quizá necesitas experimentar lo que es sentirte completamente deseada.

Las demás mujeres asintieron lentamente.

—Porque cuando un hombre realmente te hace sentir mujer… —dijo Violet— empiezas a olvidar poco a poco quién eras antes.

Mi respiración se volvió ligeramente más lenta.

—¿Así fue para ustedes?

Angela sonrió.

—La primera vez que estuve con alguien después de mi transformación… dejé de pensar como mi antiguo yo durante horas enteras.

—Y después ocurre más seguido —añadió otra mujer—. Hasta que un día te das cuenta de que ya no estás actuando.

Miré el reflejo dorado del vino en mi copa intentando ordenar mis pensamientos.

Parte de mí sabía que aquello era peligroso.

Otra parte…

Otra parte quería escuchar más.

Angela apoyó suavemente una mano sobre mi rodilla.

—No tienes que decidir nada ahora, querida.

Sonrió con calma.

—Pero créeme… hay ciertas experiencias capaces de hacerte olvidar por completo tu vida como hombre.


Angela miró directamente a Violet con una sonrisa pícara y continuó, bajando un poco más la voz pero sin ocultar nada.


—Sobre todo cuando te la meten por el culo, Salomé. Eso es otro nivel —dijo Angela sin rodeos—. Al principio crees que no vas a poder, que duele… pero cuando estás bien lubricada y relajada, es una puta locura. Sientes cómo te abre entera, cómo te llena de una forma que el coño no te llena.


Violet soltó una risita y asintió, cruzando las piernas.


—Es verdad.... Me corro más fuerte que de ninguna otra manera. El cuerpo se vuelve loco. Ahora lo pido yo misma. Me pongo en cuatro, abro bien las nalgas y le digo “ métemela toda por el culo, papi”. Y cuando siento sus huevos golpeando contra mí… se me olvida hasta cómo me llamaba antes.


Sentí que mi cara ardía y que mi nuevo coño se humedecía solo de escucharlas. Intenté disimular, pero Angela se dio cuenta.


—¿Ves esa cara, Salomé? —dijo riendo bajito—. Ya te estás mojando solo con imaginarlo, ¿verdad?


—No… yo… —balbuceé.


Violet se inclinó hacia mí, más directa.


—Cuando el jardinero me la mete por el culo, tardo menos de dos minutos en correrme. Es como si ese agujerito estuviera conectado directamente al clítoris ahora. Y después de que se corre dentro… me quedo temblando, con el culo lleno y chorreando. Es adictivo.


Angela apoyó su mano en mi muslo otra vez y apretó suavemente.


—Piénsalo, querida. Una buena follada anal te puede ayudar a soltar al viejo Salomón de una vez. Nada te hace sentir más mujer que tener una polla gruesa abriéndote el culo mientras gimes como puta.


Las demás asintieron con sonrisas cómplices.


Me quedé callada, respirando más rápido, con la imagen clavada en la cabeza.


Angela sonrió satisfecha.


—Cuando quieras, te presento al jardinero. Te aseguro que te va a dejar el culo bien usado y la mente en blanco...

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