"Este cuepo no es mio"
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Tienen que creerme, soy yo, Fred!
Mi voz salió aguda, sensual, completamente equivocada. Miré hacia abajo: vestido corto, tacones altos, pechos que se movían con cada respiración agitada. No entendía cómo había terminado en este cuerpo de puta.
Mis padres se miraron entre sí, incrédulos. Mi madre retrocedió un paso, tapándose la boca. Mi padre frunció el ceño, visiblemente molesto.
—Señora, no sé quién es usted ni qué juego es este —dijo con voz fría—, pero deje de molestar o llamaré a la seguridad del hotel.
—¡Soy su hijo! —supliqué, con lágrimas arruinando mi maquillaje—. ¡No sé cómo pasó! Desperté así… en esta habitación… con este cuerpo.
Papá sacó su teléfono, amenazante.
—Señorita, mi hijo Fred está en su habitación. No sé qué quiere conseguir con esto, pero ya basta.
En ese momento vi a lo lejos, en el pasillo del hotel, a un hombre alto observándome con una sonrisa oscura. El mismo que había sentido siguiéndome desde que salí de la habitación.
—Por favor… —susurré, temblando—. Un hombre me sigue… y yo… yo soy Fred.
Pero solo recibí miradas de lástima y rechazo.
Nadie me creería jamás.
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El Bucle
El día de mi 18 cumpleaños, en 2026, mi madre me regaló un reloj antiguo.
—Este reloj lo cambió todo —susurró—. Cuídalo, James.
Una semana después desperté en 1990, dentro de su cuerpo de dieciocho años. Pechos firmes, cabello largo, uniforme escolar. Grité, pero nadie me creyó. El reloj no me devolvía. Estaba atrapado.
Todo coincidía con las anécdotas que mamá siempre contaba: el primer beso en la feria, el noviazgo con papá, el embarazo sorpresa a los veinte, la boda rápida, el segundo hijo a los veintidós… y yo, el tercero, naciendo en 2008 cuando ella ya tenía treinta y seis.
Cada paso que daba ya estaba escrito. Si intentaba cambiar algo —rechazar a papá, evitar el sexo, negarme al embarazo—, el reloj ardía en mi muñeca y el tiempo se reiniciaba. Una semana después, otra vez en 1990.
Ahora lo entiendo todo. Yo soy quien vivió la vida de mi madre. Yo seré quien, dentro de unos años, compre este mismo reloj y se lo regale a mi hijo James en su cumpleaños 18.
No hay principio ni final.
Solo el bucle.
Y yo, James, siempre fui mi propia madre.
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Mi hermana Sofía me engañó.
—Cambiemos cuerpos solo un día —dijo—. Tú haces mi examen de matemáticas. Eres bueno en eso.
Acepté. Desperté en su cuerpo sensual, con curvas y uniforme ajustado.
La primera vez que hice el examen, lo resolví todo correctamente… pero el profesor López me reprobó con una sonrisa perversa.
—Fallaste, Sofía. Tienes una última oportunidad mañana. Si quieres aprobar… ya sabes lo que tienes que hacer.
El dia siguiente en la segunda y última oportunidad, volví . Sabía que si reprobaba de nuevo, mi herma no devolveria mi cuerpo
Después de entregar el examen, lo entregue lo reviso y tacho todo el exame... me dijo lo siento vas atener que recursa a menos que me des lo que quiero sofi, cerré la puerta del aula. Me incliné sobre su escritorio, baje los shorts y dejé que me follara con fuerza, gimiendo con la voz de mi hermana mientras él gemía dentro de mí. Aguanté todo hasta que terminó.
Al llegar a casa, temblando y con las piernas débiles, le conté todo a Sofía (en mi cuerpo).
—¡Lo hice! Me acosté con él para que aprobara esta vez.
Ella sonrió con crueldad.
—Perfecto. El sexo hace el hechizo permanente … te quedarás en mi cuerpo para siempre. Yo ya estoy harta de ser la puta del profesor. Ahora tú vivirás eso cada vez que él quiera.
El hechizo brilló y se selló.
Ya era Sofía. Para siempre.



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