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jueves, 28 de mayo de 2026

 


Nunca fui un verdadero hombre... ahora mi lugar es ser la esposa de uno que sí lo es.


La silueta de una mujer embarazada se recortaba contra la luz dorada de la lujosa habitación. Cortinas de seda blanca ondeaban suavemente con la brisa del balcón. Mis manos acariciaban el vientre redondo y firme, sintiendo las patadas suaves del bebé que crecía dentro de mí.



Suspiré, recordando todo.


Nunca fui un verdadero hombre. Lo supe desde siempre. En el gimnasio me sentía fuera de lugar entre aquellos cuerpos fuertes y seguros. Intenté fingir, pero cada mirada en el espejo me devolvía la verdad: era suave, delicado, incompleto.


Hasta que conocí a edgar.


—Eres preciosa, aunque todavía no lo sepas —me dijo una noche, después de que me confesara todo entre copas de vino—. ¿Quieres dejar de fingir? Puedo darte lo que siempre has deseado.


Acepté. Voluntariamente.


El proceso fue lento y delicioso. Hormonas que hicieron que mis pechos crecieran sensibles y pesados, mi piel se suavizara como terciopelo. Sesiones de láser, cirugías sutiles en pómulos y labios. Cada cambio era celebrado en su cama.


—Mírate —gemía edgar mientras me penetraba suavemente por detrás, sus manos grandes apretando mis caderas cada vez más anchas—. Ya no eres ese chico torpe. Eres mía.


La parte más intensa fue la implantación del útero artificial. En una clínica privada de lujo, bajo anestesia, me abrieron y colocaron el órgano bioingenierizado. Al despertar, Diego estaba a mi lado.


—¿Cómo te sientes, mi esposa? —preguntó, besando mi frente.


—Vacía… pero ansiosa —respondí con voz más aguda y dulce.


Dos semanas después, la fecundación. Edgar me tomó con pasión animal sobre la misma cama donde ahora estoy. Sus embestidas profundas, su semen caliente llenándome.


—Vas a llevar a mi hijo, como la mujer que eres —gruñó mientras se corría dentro de mí.


Ahora, ocho meses después, mi vientre es enorme y hermoso. Mis pechos están llenos de leche, los pezones oscuros y sensibles. Camino despacio por la habitación, sintiendo el peso delicioso de mi nueva forma.



Edgar entra, recién salido de la ducha, con el torso aún húmedo. Se acerca por detrás y rodea mi barriga con sus brazos fuertes.


—Dios, qué sexy te ves así —susurra, mordiendo mi cuello—. ¿Sientes cómo patea mi hijo?


—Sí… —gimo, apoyándome contra su pecho—. Nunca imaginé que sería tan placentero. Mis caderas duelen, pero cada patada me recuerda mi lugar.


Se arrodilla frente a mí, levanta mi camisón de seda y besa mi vientre hinchado. Su lengua baja más, lamiendo mi nuevo sexo húmedo y resbaladizo.


—Dime qué eres ahora —ordena entre lamidas.


—Tu esposa… la madre de tu hijo —jadeo, agarrando su cabello—. Nunca fui un hombre de verdad. Solo esperaba que alguien como tú me reclamara.


Edgar se levanta, me gira con cuidado y me penetra despacio desde atrás, sujetando mi barriga con una mano mientras la otra juega con mis pechos hinchados.


—Eres perfecta. Mía. Y cuando nazca nuestro hijo, te voy a llenar otra vez —promete, acelerando el ritmo.


Gimo fuerte, sintiendo el orgasmo femenino recorrer mi cuerpo transformado. Ya no hay dudas. Este es mi lugar: siendo la esposa embarazada de un hombre de verdad, en esta habitación lujosa, con su semilla creciendo dentro de mí.



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