🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯

lunes, 19 de enero de 2026

Me resigné.

De verdad, me resigné.

Aquí estoy otra vez, de rodillas sobre el sofa deshecha de la habitación principal, con las bragas  bajadas hasta los tobillos, el culo en pompa, las piernas ligeramente abiertas. La luz tenue de la lámpara de noche me ilumina las nalgas, las estrías plateadas que cruzan como recuerdos que no son míos, la celulitis que se nota más cuando aprieto los muslos. Esperando.

Esperando a que el señor Antonio mi marido, el vendrá después de lavarse los dientes para venir a follarme como cada maldita noche desde hace meses.

Pero no siempre fue así ...


Hace un año yo tenía dieciocho.

Tenía abdominales marcados, cuerpo atletico. Ahora tengo cuarenta y dos, talla 44 en pantalones, noventa y cinco kilos bien distribuidos (sobre todo en tetas y culo), estrías en los pechos, en la panza baja, en los costados. El pelo ya no es negro azabache, tiene esas canas rebeldes que aparecen en las sienes y que ya ni me molesto en tapar. Y mis tetas… Dios, mis tetas. Pesadas, grandes, con venitas azules marcadas y pezones  que ya no se paran tan fácil como antes. Pero a Antonio le encantan. Siempre le han encantado...

Todo empezó con el Gran Cambio.

Dicen que fue un experimento fallido, una especie de arma  cuántica que se les fue de las manos a los laboratorios del gobierno. Un día te despertabas y tu conciencia estaba dentro del cuerpo más cercano que cumpliera ciertos parámetros de “compatibilidad vital”. No había reglas claras, solo caos. Familias destrozadas, parejas separadas, viejos en cuerpos de adolescentes y adolescentes atrapados en cuerpos de ancianos como yo.... El gobierno tardó tres semanas en aceptar que no podían revertirlo. Y entonces llegó el decreto:

“Todos los ciudadanos deberán asumir de forma permanente e irrevocable la vida social, legal y conyugal del cuerpo que habitan. Cualquier intento de ruptura del nuevo núcleo familiar será considerado traición al orden público.”


Recuerdo el momento exacto en que la "maldición" o lo que carajos fuera eso me arrancó de mi cuerpo de adolescente flaco, lleno de vida  y sueños de volverse alguien. Desperté con un grito ahogado que salió en tono grave, femenino, maduro. Un gemido de mujer de verdad. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron un par de tetas enormes, pesadas, cayendo hacia los lados mientras estaba boca arriba en una cama que no era la mía. Mis manos...manos con uñas largas, pintadas de rojo vino, venas marcadas, dedos regordetes subieron instintivamente a tocarlas. Pesaban. Mucho. Y los pezones, Dios, estaban duros como piedras solo por el roce de la sábana.

Miré hacia abajo. Vientre suave, con estrías plateadas, una ligera capa de grasa que se desbordaba por encima de la cintura de las bragas de algodón blanco que llevaba puestas. Muslos gruesos que se rozaban entre sí. Y entre ellos… nada. Solo un monte de Venus abultado, labios mayores carnosos, y un olor fuerte, adulto, a mujer que ha vivido muchos veranos.

Y así, sin anestesia, me convertí en Marisa.


Marisa kats, 42 años, casada desde hace dieciocho con Antonio Morales, 48 años, fontanero de oficio, buen hombre, callado, pero con una verga gruesa y venosa que ahora conozco mejor que la palma de mi propia mano. O de la mano que tenía antes, mejor dicho.

Al principio fue horror.

Me encerré en el baño tres días seguidos llorando, mirando ese cuerpo que no era mío en el espejo. Me tocaba las tetas como si fueran objetos ajenos, me abría los labios vaginales con dedos temblorosos y me sentía sucia, violada, perdida. Me masturbé una vez esa primera semana, casi por rabia, y me corrí tan fuerte que me dio miedo. El orgasmo de mujer madura no se parece en nada al que yo conocía. Es más lento, más profundo, más aplastante. Me odié por disfrutarlo.

Antonio, al principio, fue respetuoso.

Dormía en el sofá. No me tocaba. Me hablaba con esa voz grave y calmada que ahora me pone la piel de gallina sin quererlo.

—Sé que no eres ella… pero tu tampoco eres el chavo que eras antes. Los dos estamos jodidos. Pero aquí estamos.

Pasaron semanas. Meses.

El cuerpo empezó a ganar. Las hormonas, el ritmo circadiano, los antojos. Empecé a caminar moviendo las caderas sin darme cuenta. Me sorprendía oliendo la ropa de Antonio cuando la dejaba en el cesto. Me excitaba cuando llegaba sudado del trabajo y se quitaba la playera dejando ver ese pecho velludo y fuerte. Y luego vino la noche en que no aguanté más.

Fue después de una cena con cerveza.

Me senté en su regazo, todavía con el delantal de la cocina puesto. Le puse las manos en el cuello y le dije bajito, casi llorando:

—Hazlo.

Hazme tuya como hacías con ella.

Ya no puedo más con esta puta hambre que tengo dentro.

Y me folló.

Me folló como hombre de 48 años que lleva meses aguantándose: lento al principio, profundo, agarrándome las caderas con fuerza, gruñendo contra mi cuello. Me monte sobre el, como este cuerpo se movira por instinto , dentro, me llenó hasta que sentí que me rebosaba. Y yo… yo grite su nombre


Desde entonces no paramos.

Ahora es rutina.

Me despierto con su mano entre mis tetas, lo despierto chupándole la verga mientras él me acaricia el pelo que ya no es mío. Me pongo lencería que antes me parecía de señora y ahora me hace sentir poderosa. Me pongo en cuatro y le digo “más fuerte, papi” porque sé que eso lo vuelve loco. Y él me da nalgadas, me jala el pelo, me dice “qué rico culazo tienes, mi reina” y yo me mojo más solo de escucharlo.

Ya no lucho.

Ya no pienso en el chavo flaco que fui. Ese chico se fue. Se diluyó en estrías, en celulitis, en pezones grandes , en caderas anchas que ahora llenan cualquier pantalón de forma pecaminosa.

A veces, cuando estoy sola en la casa, me paro frente al espejo del baño, me quito la bata y me miro. Me agarro las tetas con las dos manos, las levanto, las dejo caer. Me abro el coño con dos dedos y veo cómo brilla de solo pensarlo. Me doy cuenta de que este cuerpo ya no me da asco. Me da ganas. Me da orgullo.

Y cuando escucho la puerta de entrada, el sonido de sus botas pesadas en el pasillo, el corazón se me acelera. No de miedo. De anticipación.

Porque sé lo que viene.

Sé que en unos minutos voy a estar otra vez de rodillas, culo al aire, esperando a que mi marido —el señor Antonio— venga a recordarme quién soy ahora.

Marisa.

Su Marisa.

Y por primera vez en un año…

no me importa.

Me gusta.

Me gusta esta vida.

Me gusta ser su puta madura, la mujer convertida en esposa, su hembra de tetas grandes y culo suave que se abre para él cada noche.

Me resigné.


Y en la resignación… encontré algo que se parece peligrosamente a la felicidad.


lunes, 12 de enero de 2026



La habitación de Ian olía a lo de siempre: pizza fría y el ligero zumbido de la consola. Pero la presencia sentada en el puf de al lado era algo totalmente nuevo. Jacob ya no existía; en su lugar estaba Jane, una mujer que parecía haber florecido de golpe en una madurez vibrante. Su piel era tersa, su cabello caía en ondas castañas y su cuerpo proyectaba la seguridad de una mujer de treinta años, a pesar de que sus recuerdos de "mejor amigo" aún estaban frescos.

Jane dejó el control sobre la alfombra y miró de reojo hacia la puerta cerrada. Sabía que el padre de Ian, el señor Miller, estaba en la cocina, solo, como todas las noches desde hacía años.

Jane: Oye, Ian... ¿alguna vez te has puesto a pensar en lo solo que está tu papá?

Ian: (Sin apartar la vista de la pantalla) Mi viejo está bien, Jane. Se acostumbró a la rutina. Además, ahora que trabajas con tu mamá en la florería, deberías traerle algo para que la casa no parezca un búnker.

Jane: No hablo de flores, tonto. Hablo de compañía. De una mujer.

Ian: (Ríe con ironía) ¿Mi papá? Por favor. No ha tenido una cita en una década. Es un caso perdido.

Jane: (Se acomoda el cabello detrás de la oreja, sonriendo de lado) No creo que sea un caso perdido. Solo necesita el estímulo adecuado. De hecho... estaba pensando que ahora que técnicamente soy una "milf", ¿podría salir con tu papá?

Ian soltó el mando. El personaje en la pantalla murió instantáneamente, pero a él no le importó. Giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.

Ian: ¿Qué acabas de decir? Jane, por el amor de Dios, ¡era mi mejor amigo hace seis meses!

Jane: (Con voz suave y melódica) Era, Ian. El pasado es pasado. Mírame. No soy Jacob. Soy Jane. Pasé por una transformación que ni yo misma entiendo del todo, pero mis instintos... mis impulsos femeninos, están gritando.

Ian: Es mi padre, Jane. ¡Es raro! Es más que raro, es una violación a todas las leyes de la amistad.

Jane: (Se levanta y camina con elegancia hacia el espejo de la habitación, acariciando sus propias caderas) ¿Raro? ¿Por qué? Mírame bien, Ian. Tengo treinta años en apariencia. Tengo estas caderas que no mienten, estos senos que llenan cualquier blusa y, aunque te cueste escucharlo... sigo siendo virgen en este cuerpo. ¿Qué hombre en su sano juicio se resistiría a eso?


Ian: ¡Yo no quiero escuchar sobre tu vagina, Jane! ¡Cállate!

Jane: (Se ríe, una risa profunda y femenina) No seas infantil. Estoy siendo honesta contigo porque eres mi mejor amigo. Siento una atracción eléctrica por él. Y no me digas que él no lo nota. Cada vez que llego a visitarte y paso por la sala, siento su mirada.

Ian: Mi papá es un caballero. Él no...

Jane: (Interrumpiéndolo) Tu papá es un hombre. Y cada vez que entro con mis jeans ajustados, sus ojos se clavan en mi trasero. Cuando me inclino para saludarlo, no puede evitar mirar mi busto. Lo he visto tensarse, Ian. He visto cómo se le corta la respiración.

Ian: Estás loca. Estás absolutamente loca por las hormonas.

Jane: No es locura, es deseo. Quiero hacerlo feliz. Sé que podría darle lo que nadie le ha dado en años. Imagínatelo: yo, llegando de la florería, oliendo a jazmines, esperándolo con una cena y... bueno, con todo lo demás. Mis impulsos me piden ser poseída por un hombre de verdad, alguien con experiencia, alguien como él.

Ian: (Se cubre la cara con las manos) Esto es una pesadilla. Si sales con él, ¿qué se supone que serás? ¿Mi madrastra?

Jane: (Caminando hacia él y poniendo una mano en su hombro) Sería la mujer que cuida a tu padre. Y tú seguirías siendo mi mejor amigo. ¿Acaso no quieres que él deje de estar triste? ¿No quieres que deje de suspirar frente a la televisión todas las noches?

Ian: Quiero que sea feliz, pero no a costa de que mi mejor amigo se convierta en la persona que... que hace ruidos en la habitación de al lado.


Jane: ¿Por qué no? Soy una mujer soltera, hermosa y, honestamente, él me encanta. Me gusta cómo se le marcan las canas y esa mirada de hombre serio que pone cuando cree que nadie lo ve. Me pone muy nerviosa... de la buena manera. Me imagino cómo serían sus manos grandes apretando mis senos, o cómo me tomaría de la cintura con fuerza para... ya sabes.



Ian: ¡Jane! ¡Detente! ¡Es demasiada información sobre mi propio padre!

Jane: (Riendo, sentándose de nuevo muy cerca de él, dejando que el roce de su brazo lo ponga nervioso) Oh, vamos. Imagínate la situación. Yo podría ser tu "madrastra". Te dejaría jugar hasta tarde y te daría los mejores consejos. Pero fuera de bromas, Ian... mis impulsos femeninos están fuera de control. Realmente deseo tener sexo con él. Quiero saber qué se siente ser poseída por un hombre de verdad, y tu padre es el candidato perfecto para estrenar este cuerpo.

Ian: Estás loca. Mi papá se moriría de un infarto si se entera de quién eras antes.

Jane: Al contrario. Creo que le encantaría el "giro de la trama". Además, mírame bien. (Ella tomó la mano de Ian y la obligó a sentir la firmeza de su muslo). No queda nada de ese chico. Soy Jane. Y piénsalo, Ian... ¿qué hombre en su sano juicio rechazaría lo que yo ofrezco? Soy una mujer de treinta años en su punto máximo, pero con el tesoro de una virgen.

Ian: (Tragando saliva, desviando la mirada) ¿A qué te refieres con eso?

Jane: (Con voz sugerente) Me refiero a que mi vagina está intacta, Ian. Es estrecha, perfecta, esperando a ser reclamada. Los hombres se vuelven locos por la idea de ser los primeros, y más cuando viene en un paquete como el mío. Es un arma de seducción infalible. Y si por alguna razón extraña su moral fuera más fuerte que su deseo y no lograra conquistarlo con eso... bueno, siempre puedo ser más atrevida. Si mi frente no lo convence, tal vez un poco de juego anal lo haga rendirse por completo. Ningún hombre dice que no a una mujer hermosa que está dispuesta a todo por él.

Ian: (Tapándose los oídos) ¡No puedo creer que estemos hablando de sexo anal y de mi padre en la misma frase! ¡Basta!

Jane: (Guiñando un ojo, divertida) Solo estoy siendo realista. Tengo un arsenal completo para que pierda la cabeza. Esta noche, cuando me vaya, voy a "olvidar" mi bolso en el sofá. Así tendré una excusa perfecta para volver más tarde, cuando tú estés fuera entrenando fútbol... y ver si él tiene el valor de invitarme a pasar a su habitación para mostrarle de qué soy capaz.

Ian: Esto es surrealista. ¿Realmente crees que tienes oportunidad después de que te vio crecer?

Jane: Ian, querido... con estas caderas, este busto y este deseo que tengo acumulado, tu padre no tiene ninguna oportunidad de decirme que no. En cuanto sienta lo estrecha que soy y lo mucho que lo deseo, olvidará cualquier escrúpulo. ¿Apostamos?

Ian: (Suspirando, volviendo a su juego para intentar ignorar el calor en sus mejillas) Solo... solo te pido que no me cuentes los detalles mañana. No quiero saber nada de lo que pase en esa habitación.

Jane: (Levantándose con un contoneo que hacía que su vestido se ciñera a sus curvas) No prometo nada, Ian. Pero no te sorprendas si mañana me encuentras en la cocina preparando el desayuno... usando solo una de sus camisas y con esa sonrisa de mujer bien atendida.



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Nunca me habían contratado por algo tan simple… al menos así lo describieron.

Una familia obscenamente rica. De esas que no preguntan precios, solo resultados.

Buscaban a su hijo perdido.

Habían pasado más de un año sin saber de él. Yo escuché el resumen del caso mientras bebía café, casi aburrido. Afganistán, Guerra del Golfo, Chechenia… desde mis veinte años había estado en zonas donde la muerte era rutina. Y siempre había salido sin un rasguño.

—África será un paseo por el parque para alguien como usted —me dijo el padre.

Acepté.

No por dinero. Mas bien porque estaba aburrido.

La última ubicación donde se reportó al chico estaba vacía.

Ni sangre, Ni lucha,Ni huellas.

Solo polvo viejo y una sensación rara en el pecho.

Pasaron las horas. Luego los dias. Pregunté a locales, crucé pueblos, soborné a los de la milicia, amenacé, mentí. Cada paso me llevaba más lejos de la civilización, hacia zonas que los mapas ya no se molestan en nombrar.

Y fue ahí donde escuché los rumores, unos pastores habalban de....Una tribu aislada Muy cerrada y... Muy antigua.

Y algo que no cuadraba.

—Hay una mujer blanca viviendo con ellos —me dijeron—. No es de aquí.

Eso no encajaba con el chico que yo buscaba. Pero la curiosidad me empujó a seguir.

Cuando llegué al poblado, me apuntaron con lanzas antes de que pudiera decir una palabra.

Hostilidad pura.

Retrocedí lentamente… hasta que la vi.

Piel clara. Cabello distinto al de la tribu, aunque trenzado como el de ellas. Caderas anchas, vientre suave, senos cubiertos apenas por telas tribales. Sus ojos… esos ojos azules no pertenecían a ese lugar.




Ella habló. En la lengua de la tribu...La tensión bajó... pero aun asi me seguian mirando con desconfianza... sobroto un hombre destatacaba entre la multitud pero Me dejaron pasar.

Y fue entonces cuando, al mirarla bien, algo me golpeó como un puñetazo:

su rostro… su expresión…

era inquietantemente parecida a la madre del chico que buscaba.

En un ingles fuido me dijo que la siguera..

Yo fui directo.

—Busco a un joven. Europeo. Desaparecido hace un año.

Ella bajó la mirada.

Respiró hondo.

Y entonces dijo:

—Lo encontraste...Ese joven… fui yo.

El silencio pesó más que cualquier arma que hubiera sostenido en mi vida.



(Ella narra)

Cuando te vi, supe que no podría mentirte.

Había pasado tanto tiempo siendo otra… que casi había olvidado cómo era hablar inglés de neuvo.

Yo era el chico que buscabas, El  perdido.

Me perdí huyendo. De mi familia. De las expectativas. De mí mismo.

En África creí que encontraría libertad. En cambio, encontré enfermedad… y muerte.

La tribu me encontró casi sin vida y casi me dejan morir de nose se por  la bruja… ella decidió salvarme.

Pero aquí los hombres extranjeros son muy mal visto traen desgracia. Las mujeres, no.

Así que la bruja me dio a elegir: morir como hombre… o vivir como mujer.

Acepté sin entender el precio.

(Yo)

Mientras hablaba, no podía dejar de mirarla.

Cada gesto femenino era natural. No actuado.

No había rastro del chico arrogante que me describieron sus padres.

(Ella)

El brebaje quemó por dentro.

Sentí mi cuerpo romperse y rehacerse.

Mi voz cambió primero. Luego mis huesos. Mis caderas se abrieron, mi cintura se suavizó. Donde antes había algo rígido, quedó… nada. Solo una sensación nueva, extraña, íntima.

Me desperté sangrando entre las piernas.

Las mujeres me limpiaron.

Me llamaron hermana.

Lloré durante días.

Luego… aprendí.

A caminar diferente.

A sentarme.

A sentir mi cuerpo de otra forma.

Y un día… dejé de recordar cómo era ser él.

Comese a vivir con la bruja


De ella aprendio todo, la lengua, las costumbres lo que esta aceptado en esta tribu,  ella me protegio durante los primeros dias... mientras me aceptaba como una más.

Después de que la tribu me aceptó como una más, ya no hubo forma de esconderme detrás de lo que fui.

Aquí no existen las medias tintas.

El hijo del jefe me tomó como esposa.

No por vanidad.

No por deseo inmediato.

Por costumbre.

Yo era mujer.

Eso bastaba.


Al principio, mi mente de hombre se rebeló. "No puedo", me decía a mí misma mientras observaba las chozas y el fuego central. Pero aquí, una mujer sola no existe. La estructura de la tribu es un tejido donde cada hilo debe estar sujeto a otro. Intentar sobrevivir por mi cuenta era una sentencia de muerte o de ostracismo. Y yo, atrapada  piel suave y curvas generosas, ya no podía volver atrás. Mi antigua vida era un eco que se perdía en la selva.


Llegó la noche en que la unión debía consumarse. El hijo del jefe entró en la alcoba con la seguridad de quien toma lo que le corresponde por ley natural. Era el momento de usar mi vagina por primera vez; ese templo que antes me causaba pavor ahora esperaba su apertura.


​No puse resistencia física, pero hubo un duelo de voluntades en la penumbra. Quise que sintiera que, aunque mi cuerpo era suyo por costumbre, mi entrega era una decisión mía. Cuando finalmente me abrió y sentí la fuerza de su miembro penetrándome por completo, el dolor inicial fue una punzada breve, rápidamente sofocada por una oleada de sensaciones abrasadoras.

​Sentirlo dentro de mí, ocupando ese espacio que hasta entonces había estado vacío, me obligó a soltar el último rastro de mi pasado. Su peso y su tosquedad chocando contra mi nueva delicadeza confirmaron la realidad de mi transformación. En ese acto, mi perspectiva cambió para siempre: mi cuerpo de mujer reclamó su propósito a través de su carne.


​Con el paso de las lunas, algo dentro de mí se quebró... o quizás, se moldeó. Mi cuerpo, traicionando mis recuerdos masculinos, comenzó a responder al entorno. Aprendí a desear desde otro lugar, un lugar profundo y visceral que no conocía. Aprendí a bajar la mirada, a entender el lenguaje de los gestos y, sobre todo, a ser mirada no como un igual, sino como una posesión valiosa, como el centro de un hogar.



descubri profundidades de placer que como hombre jamás habría imaginado; mi cuerpo aprendió a arquearse, a recibirlo como una culminación. La fricción del pecho rudo contra sus pezones sensibles le recordaba en cada encuentro que su antigua vida era solo un sueño pálido. Se convirtió en la vasija de su linaje, disfrutando de una feminidad salvaje que su cuerpo reclamaba con urgencia.


Me convertí en esposa cuando dejé de pensar en ello.

Cuando empecé a esperar su regreso.

Cuando mi cuerpo se acomodó al suyo al dormir.

Cuando entendí que ser tocada no me borraba… me afirmaba.

Luego vino algo aún más profundo.


Ser parte de la tribu no era solo compartir un lecho, sino compartir el cuerpo con la comunidad. Las mujeres comentaban mis cambios sin pudor: cómo mis caderas se habían ensanchado, cómo mi vientre era suave, cómo mis pechos habían crecido lo suficiente como para alimentar.

No había vergüenza.

Había orgullo.

Yo misma empecé a tocarme sin rechazo. A reconocerme en el reflejo del agua. A aceptar que ese cuerpo no era una prisión… era un hogar nuevo.



​—Estoy embarazada, Cuando quedé embarazada, no sentí miedo primero. Sentí pertenencia.—me dijo, llevando mi mano a su vientre

(Yo)

Eso lo cambió todo.

La interrumpi

—Tu familia te busca —le dije—. Puedo sacarte de aquí.

Ella negó lentamente.

—No puedo dejar esto —respondió—. No puedo dejarlo.

Su mano fue a su vientre.

(Ella)

Si me voy, dejo un cuerpo que ya no existe.

Una vida que ya no es mía.

Aquí… soy alguien.

Allá… sería un error que nadie sabría aceptar.

Te pediré un favor.


Entró a su choza y volvió con una pequeña bolsa.

Documentos viejos.

Una foto.

Un reloj.

—Diles que morí —me dijo—. Para ellos… será más fácil.

Acepté.

Mentí a una familia desesperada.

Cerré un caso con una tumba vacía.

Cobré.

Y me fui.

Pero desde entonces… cada guerra me parece menos peligrosa que ese secreto que cargo.

Porque el hijo que buscaban…

vive.

Solo que ahora…

vive como ella.

Y nadie debe saberlo.


Lo siento, mamá



El teléfono sobre la mesita de noche vibró, rompiendo el silencio sepulcral de mi habitación. Era una videollamada de un número desconocido. Dudé un momento, pasando la mano por la seda de mi camisón, sintiendo el roce suave contra mi piel. Finalmente, apreté el botón verde. La imagen tardó unos segundos en cargar, pixelada, hasta que finalmente se aclaró.

Casi se me cae el dispositivo de las manos. Al otro lado de la pantalla, me miraba mi antiguo cuerpo. Un chico joven, de apenas 20 años, con la piel firme y el cabello corto. Era yo, o quien solía ser yo hace cuatro años.

—Hola —dijo la voz que alguna vez fue mía, pero que ahora pertenecía a mi madre—. Ha pasado un tiempo.

Me costó encontrar mi voz. Mi garganta, ahora más fina y delicada, dejó salir un susurro suave:

—Hola, mamá. Sí... ha pasado mucho tiempo.

Ella,  en mi fisonomía de varón, suspiró con una mezcla de agotamiento y urgencia.

—Mark, ya es suficiente. He vivido lo que tenía que vivir en estos cuatro años. He intentado adaptarme, pero ya no puedo más. Quiero recuperar mi vida. Quiero mi cuerpo de vuelta.

Me quedé en silencio, recorriendo con la mirada las facciones de ese chico en la pantalla. Sentí una punzada de nostalgia, pero era una nostalgia distante, como quien mira una fotografía vieja de alguien a quien apenas recuerda.

—Te entiendo —le dije, pasando una mano por mi cabello castaño, ahora corto y perfumado—. Han cambiado muchas cosas, mamá.


—Lo sé —respondió ella, impaciente—. Fui a nuestra antigua casa, pero ya no hay nada allí. Está vacía. Dime, ¿dónde nos vemos? Necesitamos revertir esto ahora mismo para retomar nuestras vidas.

Me mordí el labio inferior, sintiendo el brillo del labial. Miré alrededor de mi nueva habitación, decorada con un gusto que mi antiguo "yo" jamás habría comprendido.

—No es tan simple, mamá. Han pasado cuatro años... y yo he dejado de ser ese chico.

El peso de la feminidad


Mientras ella hablaba de volver, mi mente viajó a los primeros meses del intercambio. No fue fácil. El peso de este cuerpo de mujer madura era una carga física y emocional. Recuerdo la primera vez que tuve que comprar un sujetador; la humillación de no saber mi talla y luego el alivio casi pecaminoso de sentir cómo el encaje sostenía el peso de mis senos, dándome una silueta que poco a poco empecé a admirar en los escaparates.

Cuando el intercambio ocurrió, al principio fue puro terror. Despertar en el cuerpo de una mujer de 40 años, mi propia madre, fue una pesadilla técnica. Pero el tiempo es un maestro implacable. Me dije a mí mismo que debía sobrevivir, y para hacerlo, tuve que abrazar a Mónica mi madre.


Al principio, el peso extra de mis enormes senos me causaba dolor de espalda. Tuve que aprender la arquitectura de los sostenes: encajes, varillas, tirantes que se clavan en los hombros pero que son absolutamente necesarios para mantener la silueta. Me acostumbré a la extraña vulnerabilidad de hacer pis sentada, a la rutina de depilarme las piernas cada tres días para sentir la suavidad de las sábanas.

Lo más impactante fue el espejo del baño. Cada vez que me duchaba, me veía obligado a mirar esa vagina de mujer madura; la misma que, irónicamente, me había dado la vida años atrás. Con el tiempo, el morbo se convirtió en aceptación, y la aceptación en identidad. Aprendí a caminar sobre tacones, a sentir el movimiento de las faldas contra mis muslos y a dominar el arte del maquillaje para resaltar la madurez de mis rasgos.

Como Mónica tenía un trabajo, responsabilidades, una vida que yo heredé y que saqué adelante. Me convertí en una mujer de 44 años funcional, independiente y, para mi propia sorpresa, plena.


Aprendí a moverme en este cuerpo. Ya no era el paso tosco y rápido de un muchacho de universidad. Ahora mis caderas dictaban el ritmo. Aprendí que el maquillaje no era solo pintura, sino una máscara de guerra para enfrentar el mundo como una mujer de 44 años. Me acostumbré al ritual de la depilación, al dolor del vello arrancado de raíz para mantener esa suavidad que John tanto amaba acariciar.

—¿Dónde nos vemos? —insistió la voz desde el teléfono, sacándome de mis pensamientos—. Mark, contesta. Me dijo

Me levanté de la cama con cierta dificultad. Mi cuerpo ya no era el mismo de hace unos meses.

—No voy a ir, mamá. No puedo volver.

—¿De qué estás hablando? ¡Es mi cuerpo! —gritó ella, y vi mis propios ojos juveniles llenarse de lágrimas de rabia.

—Ya hice una vida en este cuerpo —sentencié. ,

—¿Qué... qué has hecho? —susurró ella, horrorizada.

—Dejé que las cosas fluyeran —comencé a explicar, con una calma que me sorprendió—. ¿Recuerdas a John? Tu jefe, ese hombre que siempre rechazaste con desdén. Al principio, cuando empecé a trabajar en su oficina, también intenté mantener las distancias. Pero John fue persistente. Y yo... yo me sentía cada día más femenina.

Le conté cómo cada cita con él me hacía confirmar que no quería volver atrás. La forma en que me tomaba de la cintura, cómo me abría la puerta, cómo me hacía sentir protegida.


Recordé nuestra primera cena. Yo estaba aterrada, usando uno de tus vestidos negros más ajustados y tacones de diez centímetros que me hacían tambalear. Pero cuando John me miró, no vio al chico que estaba dentro; vio a una mujer hermosa, madura y deseable. Esa noche, cuando me tomó de la mano, sentí una corriente eléctrica que mi cuerpo de hombre jamás experimentó.


 Cuando tuvimos sexo por primera vez, mi perspectiva de la vida cambió por completo. No era solo placer; era la confirmación biológica de que mi lugar estaba aquí, siendo la mujer de alguien. Ser poseída por él, sentir su fuerza y su peso sobre mí, me hizo comprender que mi masculinidad anterior era una cáscara vacía. Me sentí más poderosa como mujer de lo que jamás fui como hombre. Me entregué a él sin reservas. Me convertí en su refugio, en la persona que lo esperaba con la cena lista y una sonrisa, disfrutando de mi nuevo rol de ama de casa dedicada.

—dime que es una broma—dijo ella...


—Me convertí en su mujer, mamá. Nos mudamos juntos hace un año. Me enfoqué en ser la mejor ama de casa, la esposa perfecta. Teníamos sexo todas las noches. Me entregaba por completo, dejando que me reclamara como suya, dejando que su semilla permaneciera dentro de mí, aceptando mi rol hasta las últimas consecuencias.

Acaricié mi vientre con ternura.


Ella no parecie creerme hasta queble mostre

Me levanté del tocador y caminé hacia el espejo grande, dejando que la cámara del teléfono captara mi figura completa.

​—Mira, mamá —dije, mostrando mi silueta.


​Debajo, mi vientre de siete meses de embarazo se alzaba como un monumento a mi nueva vida. Estaba tenso, la piel brillante y estirada, cruzada por la línea alba que marcaba el camino hacia mi feminidad definitiva.

​—No puedo volver porque ya no soy solo yo. Ahora soy un recipiente, una madre. John y yo decidimos que este era el siguiente paso. Cada noche, cuando él llegaba cansado, voy  a sus brasos con una intensidad que me hacía sentir viva. Dejaba que eyaculara dentro de mí, una y otra vez, disfrutando de esa sensación de llenado, de pertenencia. Incluso dormía así, sintiendo cómo su semen se quedaba conmigo, esperando el milagro.

​Mi madre, en la pantalla, se cubrió la boca con mis antiguas manos, horrorizada.

—Al principio nos cuidábamos, pero un día John me miró y me dijo que quería ser padre. Y yo descubrí que, más que nada en el mundo, yo quería ser madre. Dejamos la protección y quedé embarazada de inmediato.

La imagen de mi madre en la pantalla estaba en shock. Podía ver cómo sus manos —mis antiguas manos— temblaban.

—John me pidió matrimonio formalmente despues de embarazarme, Nos casamos por lo legal, pero decidimos esperar a que el bebé nazca para hacer la ceremonia de la boda, para que pueda lucir el vestido de novia que siempre soñé. A John lo ascendieron y nos hemos mudado a otra ciudad para empezar de cero, donde nadie nos conoce, donde yo siempre he sido Mónica y nadie más.

Hice una pausa, sintiendo una patada enérgica desde mi interior.

—Incluso ahora, con el embarazo, mi libido ha aumentado. Pero somos cuidadosos. John ya no me folla por la vagina para no incomodar al bebé; ahora utiliza mi ano, buscándome de formas de placer que disfrutaría tanto. Me hace sentir mujer en cada rincón de mi cuerpo.

—Mark, por favor... —suplicó ella.

—Lo siento, mamá, ahora soy la señora Mónica —dije con firmeza, mientras una lágrima de nostalgia, pero no de arrepentimiento, resbalaba por mi mejilla—. Tú ya viviste tu vida. Yo estoy empezando la mía. Este cuerpo ya no te pertenece; le pertenece a John, a nuestro hijo y a la mujer en la que me he convertido. Adiós.

Corté la llamada. Bloqueé el número y dejé el teléfono sobre la cómoda. Me miré una última vez en el espejo, acomodando mi cabello y sonriendo a la mujer, madre y esposa que ahora veía en el reflejo. Luego, mira la hora John esta por venir del trabajo 

Me arreglé el cabello, me puse un poco más de perfume en el cuello y bajé las escaleras con el paso pausado y elegante de una mujer que sabe exactamente a dónde pertenece. Boy a cocina prendocla estufa...El pasado era solo un sueño lejano; mi realidad era el beso de mi esposo y la vida que crecía en mis entrañas.

martes, 30 de diciembre de 2025


Le robé el cuerpo a mi hermana… y no pienso devolverlo jamás.



No fue un accidente...Fue completamente intencional.


Siempre la envidié.

Mi hermana tenía una vida perfecta: era joven, hermosa, libre, deseada…

Y yo solo era un tipo promedio, encerrado en una rutina aburrida, viendo cómo la vida la trataba a ella como una princesa… mientras a mí apenas me miraban.


Ella no lo sabía, pero la espiaba.

Escuchaba cuando se quejaba de lo difícil que era estudiar, de lo cansada que se sentía después de salir con sus amigas, de los chicos que le escribían sin parar.

Y por dentro solo pensaba:

“Si yo fuera tú, lo disfrutaría todo al máximo. No lo desperdiciaría como tú lo haces.”


Y lo quería.

Conseguí un método, una vieja bruja que noto como la envida me carcomia me quiso ayuda... acambio solo pidio las pocas monedad que traia

Lo que me dio era algo prohibido, oscuro… pero efectivo.

Un intercambio....

Y una noche, mientras ella dormía profundamente en su habitación, lo hice.


Me acosté junto a su cuerpo dormido, pronuncié las palabras…

Y cuando abrí los ojos, estaba viendo el techo desde una nueva perspectiva.

Sentí el peso en mi pecho. El vacío entre mis piernas. El cabello largo cayendo sobre mi cara.


Lo había logrado.

Era ella.

Ahora yo era mi hermana.


Me miré en el espejo y casi me corro de la emoción.


Tenía un cuerpo sensual, suave, perfectamente esculpido.


Piel tersa, senos firmes, cintura delgada, caderas anchas, un trasero perfecto que apenas podía dejar de tocarme.

Era preciosa.

Tenía la cara de una diosa, y un cuerpo de infarto.

Y todo eso ahora era mío.


Me quedé horas tocándome, explorando.

Me puse su ropa interior más atrevida, un conjunto  de encaje.

Me admiré en el espejo: una chica universitaria lista para conquistar el mundo… o al menos para provocar una erección con solo sonreír.

Abrí sus redes sociales y empecé a responder mensajes.

Muchos chicos la deseaban.

Ahora… me deseaban a mí.


No pasó mucho para que aceptara una invitación.


Fui a una fiesta universitaria vestida con un top ajustado que dejaba ver mi escote y una minifalda que apenas cubría mis nalgas.

Caminar con tacones fue un reto… pero me encantó.

Sentirme observada, deseada, juzgada con lascivia… era tan nuevo… y tan adictivo.


Uno de los chicos me invitó a su cuarto.

Y no dije que si.

Estaba lista.

Quería saber cómo se sentía ser usada como una mujer.

Me besó lento. Me acarició la espalda. Me bajó la ropa interior con suavidad…

Y cuando entró en mí…

Oh Dios.


No hay palabras.


Me abrí para él. Lo recibí con todo mi cuerpo. Sentí cada empuje, cada gemido, cada gota caliente llenándome.

Me corrí tres veces.

Y cuando él acabó dentro, jadeando mi nombre…

supe que jamás volvería atrás.


Me volví adicta.


Exploré todo.

Masturbación. Sexo oral. Ser tomada por detrás.

Me encanta cuando me agarran fuerte, cuando me lamen entera, cuando me dejan el maquillaje corrido de tanto gemir.

Me encanta cuando me lo meten hasta el fondo.

Y me fascina tragarlo.

Sentirlo caliente bajando por mi garganta mientras sonrío como la buena zorrita que me he vuelto.


Y lo mejor de todo: nadie sospecha nada.

Para todos, sigo siendo ella.


Voy a clases, tengo amigas, me saco selfies sexys, subo historias mostrando mi escote.

Y cada noche, cuando me quedo sola…

me doy un baño caliente, me pongo su lencería más erótica, me abro de piernas frente al espejo…

y me entrego a la nueva yo.


¿Mi cuerpo original?

Técnicamente sigue por ahí…

dormido, sin alma, sin función.


No pienso volver.

No después de saber lo que es esto.

Ser sexy.

Ser hermosa.

Ser deseada.

Ser usada.


Soy mi hermana ahora.

Y lo haré mejor que ella.



 Desperté con la luz del sol filtrándose por las cortinas. El calor me golpeó la piel y, por un instante, tuve que recordarme a mí misma dónde estaba. Este cuerpo… mi cuerpo ahora, el de mi madre, se sentía extraño y familiar al mismo tiempo. La suavidad de la piel, el peso de mis curvas, la forma en que los músculos respondían a mis movimientos: todo me recordaba que yo no era quien solía ser, y, sin embargo, todo era mío.


Al abrir los ojos, lo vi. Un hombre dormido a mi lado, respirando tranquilo, ajeno a la realidad que yo escondía detrás de mi sonrisa. Antes, yo era Caleb, un chico tímido y aburrido, que vivía encerrado en un barrio que nunca me comprendió. Ahora, una mujer segura, dueña del cuerpo que una vez perteneció a mi madre, podía mirar el mundo desde otra perspectiva: una perspectiva que nadie sospechaba que era mía.


Un año atrás, todo esto parecía imposible. Había estado harto de mi vida, de sentirme invisible, de ser el chico que nadie notaba. Cuando descubrí ese hechizo extraño y peligroso, supe que podía cambiarlo todo. Con él, desaparecí de la faz de la tierra y tomé el cuerpo de mi madre. Ella… nunca volvió. Nadie sabe que ya no está. Y yo, con paciencia y astucia, he construido una vida completamente nueva.


El hombre a mi lado no es importante en el pasado, pero sí en el presente. Es parte de mi nueva rutina. Lo conocí hace meses; lo necesitaba para reforzar la ilusión de que mi vida no había cambiado demasiado, de que la mujer que todos creían ser mi madre seguía siendo la misma. Pero él no sabe que yo soy otra persona completamente. Lo observo mientras duerme, y siento una mezcla de triunfo y excitación: cada respiración tranquila es un recordatorio de que mi plan funcionó.


Me levanté con cuidado, estirando mis brazos y notando la diferencia de fuerza y flexibilidad en este cuerpo. Caminar hacia el baño fue como reencontrarme con un mundo nuevo. Cada paso resonaba distinto en mis caderas, y al mirarme en el espejo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Esta mujer, mi madre, había sido siempre elegante, refinada, meticulosa. Ahora, sin embargo, puedo jugar con su imagen, cambiarla, mejorarla… dominarla.


Me senté en el borde de la cama, recordando cómo era mi vida antes del hechizo. Caleb era invisible, insignificante, atrapado en un mundo que me ignoraba. Tenía sueños, sí, pero siempre me sentí demasiado pequeño para alcanzarlos. Y ahora… ahora estoy viviendo un sueño que jamás habría imaginado. Una vida de poder, libertad y posibilidades ilimitadas. La casa, los muebles, los secretos: todo es mío para moldear.


Preparé el desayuno mientras el hombre todavía dormía. La cocina estaba intacta, como siempre la había dejado mi madre, pero con un año de experiencia a mis espaldas, he añadido mi toque personal: platos nuevos, colores más vivos, aromas que reflejan la vida que quiero vivir. Me gusta ver cómo mi entorno refleja quién soy ahora, no quien fui ni quien era mi madre.


Mientras bebía mi café, pensé en cómo la vida había cambiado en solo doce meses. Antes, mi madre vivía sola, con la soledad como compañera silenciosa, después de su divorcio. Ahora, en su cuerpo, tengo todo lo que ella tuvo y más. La soledad se transformó en libertad, en una sensación de control absoluto. Nadie sospecha nada; todos creen que ella sigue siendo la misma mujer, preocupada por el pasado, por sus recuerdos, por su vida anterior. Nadie sabe que yo soy la que maneja todo ahora.


El plan había sido delicado y malicioso, y la ejecución perfecta. Desaparecí sin dejar rastro, asegurándome de que mi madre no pudiera volver, y ocupé su cuerpo. Cada detalle fue calculado: su trabajo, sus amigos, sus rutinas, incluso sus pensamientos más íntimos. Aprendí a caminar como ella, a hablar como ella, a reír como ella. Ahora puedo sentarme frente a cualquier persona y convencerla de que sigo siendo la mujer que siempre fue… pero con mi toque personal.


Me levanté de la mesa y caminé hacia mi vestidor. La ropa que elegí refleja mi nuevo yo: audaz, sensual, segura. Me probé un vestido que mi madre solía usar en ocasiones especiales, pero lo llevé con mi estilo, con mi actitud. Me miro al espejo y me reconozco: no soy Caleb, no soy mi madre. Soy la combinación perfecta de ambas, con el control total de mi identidad.


El hombre en la habitación se despertó con un bostezo y me miró con ojos somnolientos. Sonreí, y él respondió con un gesto torpe de cariño. A veces es divertido jugar con la ilusión: él cree que soy su amiga, su compañera, su apoyo… sin saber que yo soy quien siempre observó y planeó desde las sombras.


Pasé el día organizando la casa, ajustando detalles que harían que la vida de mi madre pareciera natural. La cocina impecable, los documentos en orden, las facturas pagadas, la correspondencia respondida. Todo debía estar perfecto, porque cualquier descuido podría levantar sospechas. El mundo cree que ella sigue siendo la misma mujer, pero en realidad, soy yo quien decide cada movimiento, cada palabra, cada gesto.


Mientras revisaba la correspondencia, encontré un mensaje que me hizo sonreír de forma malévola. Era de un viejo amigo de mi madre, alguien que nunca había confiado plenamente en ella. El mensaje era cordial, pero vacío; un simple recordatorio de que la vida continúa. Yo podría cambiarlo. Yo podría manipularlo. Todo estaba bajo mi control ahora. Mi madre ya no existe, y no hay vuelta atrás.


Más tarde, me senté frente al espejo para arreglarme el cabello. La textura, el brillo, la forma en que caía sobre mis hombros… todo era un recordatorio de la transformación que había logrado. Pensé en Caleb, en el chico tímido y retraído que alguna vez fui, y sonreí. Él nunca habría imaginado esto, nunca habría tenido la audacia ni la fuerza para hacerlo. Ahora, en cambio, soy dueña de mi destino, dueña de la vida que siempre quise.


El hombre regresó a la habitación y nos sentamos juntos a hablar de cosas triviales. Mientras hablábamos, no pude evitar sentir un placer sutil en cada palabra que decía, en cada gesto que ignoraba la verdad. Él no sabe quién soy, y mientras él cree que su mundo es seguro, yo estoy construyendo algo completamente diferente, una vida que es solo mía.


Por la noche, mientras el hombre dormía nuevamente, me quedé despierta, mirando el techo. Pensé en todo lo que había sacrificado y todo lo que había ganado. Caleb desapareció, mi madre desapareció, y lo único que quedó fue yo. Una versión nueva, audaz y segura de mí misma, viviendo una vida que antes solo podía soñar. Y, aunque había algo de culpa que aparecía a veces, era pequeña y manejable. Porque al final, mi plan funcionó, y ahora, soy la que decide quién vive y quién se queda en el pasado.


Un año después, puedo decirlo con claridad: nunca he estado tan viva. Cada gesto, cada mirada, cada decisión me pertenece. He tomado lo que quería, y lo he hecho mío. El mundo cree que mi madre sigue aquí, pero en realidad, es mi vida la que se despliega frente a mí, brillante y sin restricciones.


Mientras me acurruco en la cama, observando la silueta del hombre dormido a mi lado, sonrío. Esta es mi vida, mi cuerpo, mi mundo. Todo lo que él cree conocer es solo una ilusión, y yo disfruto cada momento de ese poder silencioso. Porque, después de todo, tomé lo que quería y nadie puede arrebatármelo.


Y así,  después del cambio, sigo siendo Caleb… pero transformada, reinventada y dueña de una vida que jamás habría imaginado. La soledad se convirtió en libertad, el miedo en audacia, y el pasado en un recuerdo distante. Todo está bajo mi control, y nadie sospecha que la mujer que todos creen conocer, ya no es la misma. Soy yo ahora, y nunca volveré a ser otra cosa.