Me resigné.
De verdad, me resigné.
Aquí estoy otra vez, de rodillas sobre el sofa deshecha de la habitación principal, con las bragas bajadas hasta los tobillos, el culo en pompa, las piernas ligeramente abiertas. La luz tenue de la lámpara de noche me ilumina las nalgas, las estrías plateadas que cruzan como recuerdos que no son míos, la celulitis que se nota más cuando aprieto los muslos. Esperando.
Esperando a que el señor Antonio mi marido, el vendrá después de lavarse los dientes para venir a follarme como cada maldita noche desde hace meses.
Pero no siempre fue así ...
Hace un año yo tenía dieciocho.
Tenía abdominales marcados, cuerpo atletico. Ahora tengo cuarenta y dos, talla 44 en pantalones, noventa y cinco kilos bien distribuidos (sobre todo en tetas y culo), estrías en los pechos, en la panza baja, en los costados. El pelo ya no es negro azabache, tiene esas canas rebeldes que aparecen en las sienes y que ya ni me molesto en tapar. Y mis tetas… Dios, mis tetas. Pesadas, grandes, con venitas azules marcadas y pezones que ya no se paran tan fácil como antes. Pero a Antonio le encantan. Siempre le han encantado...
Todo empezó con el Gran Cambio.
Dicen que fue un experimento fallido, una especie de arma cuántica que se les fue de las manos a los laboratorios del gobierno. Un día te despertabas y tu conciencia estaba dentro del cuerpo más cercano que cumpliera ciertos parámetros de “compatibilidad vital”. No había reglas claras, solo caos. Familias destrozadas, parejas separadas, viejos en cuerpos de adolescentes y adolescentes atrapados en cuerpos de ancianos como yo.... El gobierno tardó tres semanas en aceptar que no podían revertirlo. Y entonces llegó el decreto:
“Todos los ciudadanos deberán asumir de forma permanente e irrevocable la vida social, legal y conyugal del cuerpo que habitan. Cualquier intento de ruptura del nuevo núcleo familiar será considerado traición al orden público.”
Recuerdo el momento exacto en que la "maldición" o lo que carajos fuera eso me arrancó de mi cuerpo de adolescente flaco, lleno de vida y sueños de volverse alguien. Desperté con un grito ahogado que salió en tono grave, femenino, maduro. Un gemido de mujer de verdad. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron un par de tetas enormes, pesadas, cayendo hacia los lados mientras estaba boca arriba en una cama que no era la mía. Mis manos...manos con uñas largas, pintadas de rojo vino, venas marcadas, dedos regordetes subieron instintivamente a tocarlas. Pesaban. Mucho. Y los pezones, Dios, estaban duros como piedras solo por el roce de la sábana.
Miré hacia abajo. Vientre suave, con estrías plateadas, una ligera capa de grasa que se desbordaba por encima de la cintura de las bragas de algodón blanco que llevaba puestas. Muslos gruesos que se rozaban entre sí. Y entre ellos… nada. Solo un monte de Venus abultado, labios mayores carnosos, y un olor fuerte, adulto, a mujer que ha vivido muchos veranos.
Y así, sin anestesia, me convertí en Marisa.
Marisa kats, 42 años, casada desde hace dieciocho con Antonio Morales, 48 años, fontanero de oficio, buen hombre, callado, pero con una verga gruesa y venosa que ahora conozco mejor que la palma de mi propia mano. O de la mano que tenía antes, mejor dicho.
Al principio fue horror.
Me encerré en el baño tres días seguidos llorando, mirando ese cuerpo que no era mío en el espejo. Me tocaba las tetas como si fueran objetos ajenos, me abría los labios vaginales con dedos temblorosos y me sentía sucia, violada, perdida. Me masturbé una vez esa primera semana, casi por rabia, y me corrí tan fuerte que me dio miedo. El orgasmo de mujer madura no se parece en nada al que yo conocía. Es más lento, más profundo, más aplastante. Me odié por disfrutarlo.
Antonio, al principio, fue respetuoso.
Dormía en el sofá. No me tocaba. Me hablaba con esa voz grave y calmada que ahora me pone la piel de gallina sin quererlo.
—Sé que no eres ella… pero tu tampoco eres el chavo que eras antes. Los dos estamos jodidos. Pero aquí estamos.
Pasaron semanas. Meses.
El cuerpo empezó a ganar. Las hormonas, el ritmo circadiano, los antojos. Empecé a caminar moviendo las caderas sin darme cuenta. Me sorprendía oliendo la ropa de Antonio cuando la dejaba en el cesto. Me excitaba cuando llegaba sudado del trabajo y se quitaba la playera dejando ver ese pecho velludo y fuerte. Y luego vino la noche en que no aguanté más.
Fue después de una cena con cerveza.
Me senté en su regazo, todavía con el delantal de la cocina puesto. Le puse las manos en el cuello y le dije bajito, casi llorando:
—Hazlo.
Hazme tuya como hacías con ella.
Ya no puedo más con esta puta hambre que tengo dentro.
Y me folló.
Me folló como hombre de 48 años que lleva meses aguantándose: lento al principio, profundo, agarrándome las caderas con fuerza, gruñendo contra mi cuello. Me monte sobre el, como este cuerpo se movira por instinto , dentro, me llenó hasta que sentí que me rebosaba. Y yo… yo grite su nombre
Desde entonces no paramos.
Ahora es rutina.
Me despierto con su mano entre mis tetas, lo despierto chupándole la verga mientras él me acaricia el pelo que ya no es mío. Me pongo lencería que antes me parecía de señora y ahora me hace sentir poderosa. Me pongo en cuatro y le digo “más fuerte, papi” porque sé que eso lo vuelve loco. Y él me da nalgadas, me jala el pelo, me dice “qué rico culazo tienes, mi reina” y yo me mojo más solo de escucharlo.
Ya no lucho.
Ya no pienso en el chavo flaco que fui. Ese chico se fue. Se diluyó en estrías, en celulitis, en pezones grandes , en caderas anchas que ahora llenan cualquier pantalón de forma pecaminosa.
A veces, cuando estoy sola en la casa, me paro frente al espejo del baño, me quito la bata y me miro. Me agarro las tetas con las dos manos, las levanto, las dejo caer. Me abro el coño con dos dedos y veo cómo brilla de solo pensarlo. Me doy cuenta de que este cuerpo ya no me da asco. Me da ganas. Me da orgullo.
Y cuando escucho la puerta de entrada, el sonido de sus botas pesadas en el pasillo, el corazón se me acelera. No de miedo. De anticipación.
Porque sé lo que viene.
Sé que en unos minutos voy a estar otra vez de rodillas, culo al aire, esperando a que mi marido —el señor Antonio— venga a recordarme quién soy ahora.
Marisa.
Su Marisa.
Y por primera vez en un año…
no me importa.
Me gusta.
Me gusta esta vida.
Me gusta ser su puta madura, la mujer convertida en esposa, su hembra de tetas grandes y culo suave que se abre para él cada noche.
Me resigné.
Y en la resignación… encontré algo que se parece peligrosamente a la felicidad.



















