El rincon de Rin y dawn Tg y body swap
Un miltiverso tg donde todo es posible: realidades alternas,viajes en el timepo, magia, ciencia etc. 📢 recuerden que Subimos de 3 a 4 caps los fines de semana 📢
🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯
sábado, 14 de marzo de 2026
Hace exactamente un año, todo cambió. Era una mañana cualquiera de clases en el colegio universitario. Yo, Miguel, un chico de dieciocho años algo torpe y callado, me levanté como siempre, pero al abrir los ojos… no era yo. El espejo del baño me devolvió el rostro de Aranza, mi compañera de banco: cabello largo y rubio , ojos grandes color miel, labios carnosos y ese cuerpo curvilíneo que todos los chicos del salón miraban a escondidas. Tenía diecinueve años ahora, un año después del cambio, y seguía viviendo su vida… pero con un pedacito de mí dentro.
Al principio fue pánico puro. Grité con su voz aguda, me toqué el pecho y sentí dos senos firmes y pesados que no eran míos. Bajé las manos temblando hasta entre mis piernas y… nada. Solo un vacío suave, una hendidura cálida y sensible. Donde antes colgaba mi pene, ahora había una vagina. La diferencia era abismal. Antes todo era directo, duro, visible. Ahora todo era interno, húmedo, secreto. Me costó semanas aceptar que ya no era Miguel. Era Aranza. Y fingía ser ella a la perfección, pero con mi forma de pensar: más directa, menos coqueta, más curiosa.
Hoy, un año después, todo parece normal. Me despierto en su habitación rosa y blanca, me estiro y siento cómo mis senos se mueven con el movimiento. Me levanto, voy al espejo y sonrío. Soy ella. Me visto para ir al colegio como cualquier chica : primero las bragas. Me encanta esa parte. Elijo unas de encaje negro que se meten entre mis nalgas como una caricia constante. Al subirlas siento cómo la tela se hunde suavemente entre mis labios vaginales y roza mi clítoris. Un escalofrío me recorre. Antes nunca imaginé que algo tan simple pudiera excitarme tanto. Luego el brasier: uno push-up color nude que levanta mis pechos y los junta, creando un escote que hace que los chicos del salón se distraigan. Me pongo una blusa blanca ajustada, que marca mis curvas, y unos minishorts de mezclilla que apenas cubren la mitad de mis muslos. La tela es tan corta que al caminar siento el aire fresco besando la parte baja de mis glúteos. Me miro de lado en el espejo y giro. Dios, qué sexy se ve. Antes odiaba la ropa femenina; ahora me fascina. Cada prenda es un descubrimiento: la forma en que el brasier me aprieta justo lo suficiente, cómo los minishorts se clavan entre mis nalgas, cómo la blusa roza mis pezones endurecidos. Me siento poderosa. Femenina. Confiada. Una nueva confianza como fémina que nunca tuve como chico.
Llego al colegio caminando con sus tenis bajos. Los chicos me saludan con sonrisas coquetas; las chicas me cuentan chismes. Yo respondo con mi voz suave pero con mis comentarios directos de siempre. Nadie sospecha.
En clase de matemáticas, el profesor morales —treinta y dos años, alto, mandíbula marcada, ojos verdes y esa voz grave que hace que todas suspiren— explica en la pizarra. Yo me muerdo el labio inferior. Desde hace meses tengo fantasías con él. Sueños húmedos donde soy Aranza completa, donde él me toma en su escritorio, me abre las piernas y me penetra profundo. Anoche volví a soñar eso.
Me desperté sudando, con la vagina empapada, los muslos temblando. En el sueño él me susurraba “Aranza, eres mía” mientras entraba y salía, llenándome por completo. Desperté tocándome sin darme cuenta: dos dedos dentro, el pulgar en el clítoris, moviéndome hasta correrme con un gemido ahogado. Mi libido como mujer es otra cosa. Más intensa, más prolongada, más… necesitada. Antes eyaculaba y listo. Ahora un orgasmo puede durar minutos y dejarme temblando.
Pero los momentos más íntimos son cuando estoy sola en casa. Cierro la puerta de mi habitación, me desnudo frente al espejo de cuerpo entero y empiezo a explorar. Primero los senos. Los tomo con ambas manos, los aprieto, siento su peso, su suavidad. Mis pezones se endurecen al instante. Los pellizco suavemente y un rayo de placer baja directo a mi entrepierna. Antes nunca entendí por qué las chicas gemían solo con tocarse los pechos. Ahora lo vivo. Bajo las manos. Recorro mi vientre plano, mis caderas anchas, mis muslos suaves. Luego abro las piernas y miro mi vagina. Rosada, delicada, sin un solo vello porque me depilo siempre. Separo los labios mayores con los dedos y veo cómo brilla de humedad. Introduzco un dedo despacio. La sensación es… indescriptible. Calor, presión, sensibilidad por todos lados. Antes tenía un pene que respondía a lo obvio. Ahora todo mi placer está dentro: cada caricia encuentra un punto nuevo, cada movimiento hace que mis rodillas tiemblan. Meto dos dedos, los curvo buscando ese punto esponjoso que me vuelve loca, y con la otra mano froto mi clítoris hinchado. Me miro en el espejo: Aranza masturbándose, mordiéndose el labio, con los senos rebotando. Me corro fuerte, chorros de líquido caliente mojando mis dedos, gritando su nombre… mi nombre.
A veces me pruebo ropa solo para sentirla. Me pongo minishorts aún más cortos, sin bragas debajo, y camino por la casa. La costura roza mi clítoris con cada paso. Me pongo blusas transparentes sin brasier y veo cómo mis pezones se marcan. Me siento tan femenina, tan deseada, tan viva. La fascinación por la ropa no para: cada mañana elijo bragas que se meten entre mis nalgas porque me encanta esa presión constante, ese recordatorio de que ahora soy chica. Me encanta el brasier que me levanta los senos y me hace sentir sexy incluso debajo de la blusa del uniforme.
Hoy, después de clases, vuelvo a casa pensando en el profesor morales. Sé que mañana tengo tutoría privada con él. Mi corazón late rápido solo de imaginarlo. Quizás algún día reúna el valor. Por ahora, me tumbo en la cama, me quito los minishorts y las bragas empapadas, abro las piernas y vuelvo a tocarme pensando en él. Imagino sus manos fuertes separando mis muslos, su pene duro entrando en mi vagina virgen (porque técnicamente aún lo es, aunque mi mente de chico sepa exactamente cómo se siente). Me penetra lento, luego rápido, sus gemidos mezclados con los míos. Me corro otra vez, gritando su nombre, temblando, feliz.
soy una mezcla perfecta: la dulzura de ella y mi curiosidad traviesa. Vivo su vida, uso su cuerpo, disfruto cada segundo de esta feminidad que descubrí por accidente. Y aunque extraño mi viejo cuerpo a veces, la verdad es que no cambiaría esto por nada. Cada mañana, al despertar en su cuerpo, sonrío y susurro:
—Buenos días, Aranza. Hoy también seremos perfectas.
Un día, mientras rebuscaba en la habitación de mi papá dinero para salir. la típica misión de emergencia cuando no teni nada de dinero, abrí el cajón inferior del buró. Entre calcetines viejos y recibos arrugados encontré un conjunto de lencería femenina: tanguita de encaje negro con transparencias sutiles, brasier a juego con tirantes finos y florecitas bordadas justo en el centro del escote. Lo peor: tenía manchas secas, blanquecinas, pegajosas en la entrepierna y salpicadas en la copa del brasier. El olor era inconfundible, aunque ya estuviera reseco. Semen. Mucho. “Qué asco, carajo”, murmuré y lo tiré de vuelta al cajón como si quemara.
Pensé que papá finalmente había traído a una mujer a casa. No lo había visto con nadie desde que mamá se largó hace cuatro años. Ni citas, ni perfume ajeno en la ropa, nada. Me dio hasta un alivio raro: tal vez estaba saliendo del pozo. Pero algo no cuadraba. Papá no era de esconder rollos así; si tuviera novia, lo habría dicho de forma torpe, tipo “hijo, conocí a una señora muy atenta en el banco”. Y esa lencería parecía usada con violencia, no como algo que alguien se pone para una cita romántica y se lleva puesto al irse.
Pasaron unos días y lo fui dejando pasar. Hasta el lunes por la tarde. Papá llegó del trabajo como siempre: cansado, con la corbata floja, la carpeta negra de siempre bajo el brazo. La dejó en la mesa del comedor mientras se quitaba los zapatos y se fue directo a la cocina a preparar café. Yo estaba en la sala haciendo tarea y, sin querer, me fijé en esa carpeta. Era la de siempre: piel sintética negra, con el logo plateado de la empresa medio desgastado, la que papá llevaba a todos lados como si fuera su vida. Pero esa vez tenía algo diferente: una nota adhesiva amarilla pegada en la tapa que decía “URGENTE – REVISAR HOY SIN FALTA – JEFE”. La letra era del jefe, la reconocí porque una vez vi un memo suyo en el escritorio de papá.
Papá no dijo nada de la carpeta. Ni una palabra. Se tomó el café de pie, miró el reloj y murmuró algo de “tengo que regresar un rato a la oficina más tarde”. Luego se metió a su cuarto a cambiarse. Yo me quedé mirando esa carpeta abandonada en la mesa. “Si es tan urgente y el jefe la quiere revisada hoy… ¿por qué la dejó aquí?”, pensé. Me picó la curiosidad. Imaginé que si papá se la olvidaba, al día siguiente le iba a caer bronca gorda. Decidí hacer algo “útil” por una vez: llevársela yo mismo. Total, la oficina quedaba a veinte minutos en moto, y yo no tenía nada que hacer esa noche.
Agarré la carpeta, me subí a la moto y me fui. Llegué como a las 8:15 pm. El edificio ya estaba casi desierto. Entré al lobby y me acerqué al mostrador de recepción. Ahí estaba Marisol, la recepcionista de turno nocturno, una señora de unos 45 años que siempre me saludaba con sonrisa cuando iba a dejarle lonche a papá. Me vio y levantó una ceja.
—Buenas noches, mijo. ¿Qué se te ofrece tan tarde?
—Buenas noches, doña Marisol. Traje una carpeta que mi papá se olvidó. Es urgente, del jefe. ¿Está él todavía?
Ella dudó un segundo, miró hacia el elevador y luego me sonrió con esa cara de “sé más de lo que digo”.
—Tu papá… sí, está arriba. Pero ahorita está en una reunión privada con el jefe. En la oficina grande, ya sabes cuál. Me dijo que no lo interrumpieran por nada del mundo hasta que terminara. —Bajó la voz un poco, como confidencia—. Lleva como hora y media ahí adentro. Y oí risitas… ya sabes cómo es el jefe cuando “revisa reportes” con alguien especial.
Se rió bajito, como si fuera un chisme viejo que todos saben menos yo. Sentí un nudo en el estómago, pero fingí que no pasaba nada.
—Ah, ok… entonces se la dejo en su escritorio y me voy.
—Claro, mijo. Sube nomás. La llave del piso ya la tienes, ¿verdad?
Subí al tercer piso. El pasillo estaba oscuro, solo luz saliendo de la oficina del jefe al fondo. Entré primero a la oficina de papá, dejé la carpeta en su escritorio y, al darme la vuelta, vi el cajón superior entreabierto. Algo brilló adentro. Lo abrí un poco más.
Ahí estaba: un frasquito rosado pequeño, con etiqueta blanca y letras negras: X-Change Pink – 24 horas. Al lado, una caja vacía de la misma marca y dos blísteres ya usados. Se me heló la sangre. Sabía qué era: las pastillas de transformación temporal que convierten a un hombre en mujer por un día o dos, con todo y cuerpo, voz y sensibilidad. Muy populares entre parejas curiosas… y entre algunos que las usan para “servicios extras”.
En ese momento escuché gemidos ahogados y risas bajas desde la oficina del jefe. La puerta de vidrio esmerilado estaba entreabierta unos centímetros. Me acerqué despacio, con el corazón en la garganta. Miré.
No era Nancy sentada en el escritorio como había imaginado al principio.
Era “ella” —mi papá transformada— de boca abajo sobre el escritorio grande de caoba. El pecho aplastado contra la madera fría, los brazos extendidos hacia adelante agarrando el borde opuesto como si se fuera a caer. El trasero completamente expuesto, elevado justo en el filo del escritorio, las piernas abiertas en ángulo forzado, tacones altos negros todavía puestos, temblando ligeramente con cada respiración agitada.
La falda lápiz negra estaba enrollada y amontonada en la cintura como un cinturón improvisado. No llevaba nada debajo excepto esa tanguita de encaje negro con florecitas bordadas —la misma que encontré en el cajón semanas atrás—. Pero ahora estaba corrida brutalmente a un lado, empapada, colgando de una nalga mientras el jefe tenía la cara hundida entre sus cachetes.
Le comía el culo con hambre. Lengüetazos largos, profundos, ruidosos. La lengua entraba y salía, rodeaba el agujero rosado y dilatado que brillaba con saliva y lo que parecía lubricante. “Ella” gemía bajito, voz aguda y entrecortada, empujando el culo hacia atrás contra la boca del jefe como pidiendo más. El jefe tenía las manos fuertes agarrando las caderas, separando más las nalgas, enterrando la cara hasta que la nariz quedaba aplastada contra la piel suave y depilada.
—Qué rico culo tienes cuando estás así, putita… ya se te abre solito para mí —gruñó él entre lamidas, la voz amortiguada por la carne.
“Ella” solo respondió con un gemido largo, casi un maullido, arqueando la espalda. El jefe se incorporó un segundo, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio una nalgada fuerte que resonó en la oficina vacía. La piel se enrojeció al instante. Luego volvió a hundirse, esta vez metiendo un dedo junto con la lengua, abriendo camino con movimientos circulares lentos.
Mientras tanto, “ella” empezó a desvestirse sola, como si no pudiera esperar más. Con manos temblorosas se desabrochó los botones restantes de la blusa blanca de secretaria, la abrió de golpe y dejó caer los brazos para que la prenda se deslizara por los hombros. El brasier negro a juego (el mismo conjunto del cajón) quedó a la vista: copas transparentes, pezones duros y oscuros marcados contra la tela. Se lo bajó de un tirón, liberando los pechos que se balancearon pesados, piel suave y sensible por la transformación. Se pellizcó un pezón con fuerza, gimiendo más alto, mientras el jefe seguía devorándole el culo sin parar.
Le comí el coño y ella le debolvio el favor
El jefe se enderezó por fin, se bajó el cierre del pantalón y sacó la verga ya dura, gruesa, brillante de precum. La frotó contra el agujero empapado un par de veces, provocándola.
—¿Quieres que te la meta ya, zorrita? Dime cuánto la necesitas…
“Ella” giró la cabeza lo suficiente para mirarlo con ojos vidriosos, maquillaje corrido por las lágrimas de placer, labios hinchados.
—S-sí, jefe… por favor… métamela toda… soy su puta… —susurró con esa voz femenina que no era la de mi papá, pero que salía de su boca.
El jefe sonrió con satisfacción, agarró la tanguita empapada y la usó como rienda improvisada, jalándola hacia un lado mientras empujaba de una sola embestida. “Ella” soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido largo cuando la llenó por completo. El escritorio crujió bajo el peso y el movimiento.
Yo me quedé paralizado en la puerta, viendo cómo mi papá —convertido en esa versión sumisa y cachonda— se dejaba follar como la puta personal del jefe, gimiendo, pidiendo más, con el culo abierto y los pechos rebotando contra la madera.
—Así… tómalo todo, putita… este culo es mío después de las 6 pm —gruñía él, agarrando las caderas con fuerza, dejando marcas de dedos.
—S-sí… me vengo… no pares… —gimió “ella”, las piernas temblando, el cuerpo convulsionando cuando el orgasmo la atravesó. El jefe siguió embistiendo sin parar, hasta que gruñó fuerte y se enterró hasta el fondo, descargando dentro del coño con chorros calientes que hicieron que “ella” gimiera de nuevo, sintiendo cómo la llenaba.
Se quedó ahí unos segundos, jadeando, antes de salir lentamente. El semen empezó a gotear del coño abierto, mezclándose con los jugos y cayendo sobre la madera del escritorio.
Todo encajó como un rompecabezas enfermo: la lencería sucia de semen, los moretones en el cuello que tapaba con camisas de cuello alto, el perfume caro, los labios hinchados, las cremas en las manos, la depilación… Y ahora las palabras de Marisol: “reunión privada… risitas… alguien especial”. No había ninguna mujer en casa. Mi papá **era** la mujer. La puta personal del jefe. La que se tomaba la pastilla para convertirse en “Nancy” por unas horas y se dejaba usar en la oficina después de horas.
Retrocedí sin hacer ruido, con náuseas y el pulso en los oídos. Bajé las escaleras casi corriendo, pasé por recepción sin mirar a Marisol y subí a la moto. Manejé a casa temblando. Cuando llegué, me encerré en mi cuarto. No pude dormir.
Al día siguiente papá llegó como si nada: me preparó huevos, me preguntó por la uni, me dio la mesada. Ni una palabra de la carpeta ni de la “reunión”. Pero cada vez que se arreglaba el cabello, que se ponía crema en las manos o que decía “hoy me quedo hasta tarde en la oficina”, yo solo veía esa imagen: de rodillas, con la misma tanguita negra, tragando con devoción mientras el jefe le decía “putita”. Y ahora también oía la voz de Marisol en mi cabeza, como si ella supiera todo desde hace rato.
No sé si algún día le diré que lo vi. No sé si él sospecha que sé. Solo sé que, desde entonces, cada vez que sale “a trabajar”, una parte enferma de mí se pregunta cuánto más va a aguantar antes de que el jefe se aburra… o antes de que yo me atreva a preguntarle qué se siente ser la zorrita secreta de la empresa.
sábado, 28 de febrero de 2026
Ahí estaba yo, o mejor dicho, "ella", en la sala, con el sol de la tarde dominical filtrándose por las cortinas. Era el cuerpo de mi tía Selena, la hermana de mi mamá, y este intercambio secreto que habíamos hecho al principio del verano ya no se sentía como un algo temporal. Llevaba puestos unos shorts grises ajustados que se ceñían a mis caderas anchas y muslos gruesos, y una blusa de tirantes gris sin sostén debajo –porque, ¿para qué? En casa, sola, sentía cómo mis pechos pesados se movían libremente con cada respiración, una sensación que al principio me avergonzaba, pero ahora... me excitaba. Mis uñas pintadas de rosa rozaban la manija de la puerta, como si estuviera invitando a alguien a entrar en esta nueva vida.
Al principio, pensé que sería solo unas semanas: yo en su cuerpo curvilíneo y sensual, ella en el mío, para "experimentar" y divertirnos en secreto. Pero ahora, después de meses, me encontraba considerando quedarme para siempre. ¿Por qué volver? La forma en que me trataban los hombres era adictiva. Salía a la calle y sus miradas se clavaban en mí como imanes: en mis curvas, en el rebote de mis senos bajo la ropa ligera, en el vaivén de mis caderas al caminar. No era solo lujuria; era poder. Me abrían puertas, me sonreían con esa mezcla de deseo y respeto que nunca había sentido como chico. Un vecino me ayudó con las bolsas del supermercado el otro día, rozando "accidentalmente" mi brazo, y sentí un cosquilleo que me hizo mojarme ahí mismo. ¿Quién querría renunciar a eso?
Al principio, el swap fue solo un experimento. Selena, con su vida de soltera liberada, me propuso el cambio: yo en su cuerpo curvilíneo de 35 años, ella en el mío de 22, para unas primero por unos dias, luego semas hasta que hoy acordamos todo el verano de diversión anónima
Pero ahora, meses después, me encontraba aquí, considerando seriamente quedarme para siempre. ¿Por qué no? Como hombre, nunca había experimentado este torrente de sensaciones que venía con ser mujer. Mi vagina, por ejemplo –Dios, solo decirlo me hace sonrojar y excitar al mismo tiempo–. Es como un universo propio ahí abajo: suave, húmeda, siempre lista para responder al menor estímulo. Recuerdo la primera vez que la exploré, sola en la cama de Selena, esa noche después del cambio. Mis dedos, ahora delicados y con uñas largas, se deslizaron por los labios externos, suaves como pétalos de rosa. Estaba nerviosa, como si estuviera invadiendo territorio ajeno, pero la curiosidad ganó. Toqué el clítoris –un botoncito sensible que me hizo jadear al instante– y sentí cómo se hinchaba bajo mi roce. Introduje un dedo, luego dos, explorando las paredes internas que se contraían alrededor de mí. Era cálido, resbaladizo, y el placer no era esa explosión rápida que conocía como hombre; era un oleaje creciente, que me llevaba a un clímax que duraba minutos, dejando mi cuerpo temblando y mi mente en blanco. Como hombre, el orgasmo era un disparo y fin; aquí, era una sinfonía que reverberaba en todo mi ser. Me corrí tres veces esa noche, empapando las sábanas, y pensé: "Esto es adictivo. ¿Cómo las mujeres no hacen esto todo el día?"
Y luego están mis senos. Oh, mis gloriosos senos. Grandes, firmes, con pezones oscuros y sensibles que se endurecen con el menor roce. Como hombre, nunca entendí el alboroto; ahora, son mi obsesión. Sin sostén, como hoy, siento su peso delicioso tirando de mí, el balanceo al caminar que me hace sentir sexy y poderosa. La primera vez que dejé que alguien los tocara fue con Marco, un viejo amigo de Selena que la cortejaba desde hace meses. Él pensaba que era la verdadera ella, por supuesto. Salimos a un bar en el centro, yo vestida con un top escotado que dejaba poco a la imaginación. Me miró todo el tiempo, sus ojos devorando el escote, y yo sentí un poder que nunca tuve como chico. "Selena, estás irresistible", murmuró, y yo le sonreí, coqueteando con pestañeos. En su auto, después, me besó el cuello, bajando a mis senos. Sacó uno del top y lo chupó con hambre, la lengua girando alrededor del pezón, mordisqueando justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda. El placer era eléctrico, irradiando directo a mi vagina, que se mojó al instante. Gemí como una puta –sí, esa palabra, puta, que ahora me excita en lugar de ofenderme–. Como hombre, nunca habría pensado en ser una puta; era algo distante, juzgado. Pero ahora, en este cuerpo, el pensamiento me invade: ¿por qué no serlo? Ser deseada, follada, usada para placer mutuo. Es liberador. Dejé que me chupara los dos senos, alternando, mientras mis manos bajaban a su pantalón. Esa noche no follamos, pero me masturbé pensando en ello, imaginando ser la zorra que todos quieren....
Ademas de eso ...Pasar tiempo con las amigas de mi tía –ellas creen que soy la verdadera Selena, claro– es como entrar en un club exclusivo. Risas en el café, chismes jugosos sobre hombres, manicuras compartidas. Me siento conectada, viva, deseada de una forma que mi viejo yo nunca imaginó. Ellas me cuentan sus secretos, me abrazan, y yo me derrito en esa sororidad cálida.
Pero lo que realmente me hace dudar es el sexo.
Los hombres me tratan diferente ahora, y eso es parte del encanto. Como chico, era invisible; ahora, soy el centro de atención. Salgo a la calle en shorts cortos como estos, y sus miradas me queman la piel: en mis piernas gruesas, en el culo redondo que se mueve con cada paso, en los senos que rebotan ligeramente. Un tipo en el supermercado me ayudó con las bolsas, rozando "accidentalmente" mi brazo, y sentí esa chispa. Otro en el gimnasio me ofreció entrenar juntas, sus ojos fijos en mi escote mientras sudaba. Es poder puro. Me miran con lujuria, pero también con una especie de reverencia, abriéndome puertas, comprándome bebidas. Como hombre, nunca tuve eso; era competencia o indiferencia. Ahora, me siento deseada, viva. Y el lado psicológico femenino... es un mundo nuevo. La ropa, por Dios: estos shorts que se pegan a mi vagina, recordándome su presencia constante; la blusa que deja mis hombros desnudos, invitando toques. Es sensual, erótico. Pasar tiempo con las amigas de Selena –ellas creen que soy ella, claro– es como entrar en un club secreto. Vamos al spa, charlamos de hombres mientras nos hacen manicuras, compartimos secretos sobre sexo. "Selena, ¿cómo consigues que te follen tan bien?", me preguntó una el otro día, y yo reí, contándoles detalles inventados pero basados en mis nuevas experiencias. Me siento conectada, parte de una hermandad que nutre el alma. Como hombre, las amistades eran superficiales; aquí, son profundas, emocionales.
Pero el sexo... ay, el sexo es lo que me hace querer quedarme para siempre. Anoche fue épico. Invité a Diego, un ligue casual de Selena que encontré en su teléfono. Vino a casa, y yo lo recibí en esta misma ropa cómoda: shorts y blusa, sin nada debajo. Me besó con urgencia, sus manos en mis senos al instante, amasándolos, pellizcando los pezones hasta que gemí. "Eres una puta deliciosa, Selena", dijo, y en lugar de ofenderme, me encendió. Lo llevé al sofá, me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su erección contra mi vagina a través de la tela. Bajé los shorts, exponiendo mi coño depilado –sí, lo depilé yo misma, otra delicia femenina: el roce suave de la piel–. Él se arrodilló y me lamió, la lengua explorando mis labios, chupando el clítoris hasta que me corrí en su boca, gritando. Luego, me penetró: su polla dura entrando en mí, llenándome por completo. Era profundo, rítmico, mis paredes internas apretándolo. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo, mis senos rebotando en su cara mientras él los chupaba. "Córrete dentro", le pedí, algo que como hombre nunca habría imaginado decir. Y lo hizo: caliente, espeso, derramándose en mi vagina, mezclándose con mis jugos. Sentí esa plenitud, esa conexión primal. Después, tumbada ahí, con su semen goteando de mí, pensé en lo puta que me sentía –y lo amaba. Como hombre, el sexo era conquista; ahora, es entrega, placer infinito, multiorgásmico.
¿Volver? No. Este cuerpo es mío ahora: la vagina que palpita de deseo, los senos que me hacen sentir diosa, la libertad de ser una mujer puta y orgullosa.
domingo, 1 de febrero de 2026
Estoy sentado en una de esas sillas de plástico duro típicas de consultorios privados. El aire huele a desinfectante y a perfume caro de doctora. Frente a mí, sobre la camilla con estribos, está ella.
Rubia. Pequeña. Piernas suaves y ligeramente bronceadas que cuelgan con inocencia fingida. Lleva una bata de paciente que apenas le cubre la mitad de los muslos y que se abre cada vez que respira profundo. Sus pezones marcan la tela fina como si tuvieran vida propia. Tiene las manos sobre el regazo, apretando el borde de la bata, pero sus dedos tiemblan de anticipación más que de nervios.
Hace siete meses se llamaba Tomás.
Tomás tenía cuarenta y dos años, manos grandes de herrero, voz grave que tranquilizaba, y una barba de tres días que siempre olía ligeramente a café y hierro. Cuando mi mamá y yo nos mudamos al vecindario yo tenía once años y él fue el primero que llegó con una caja de herramientas y una sonrisa. Arregló la puerta que no cerraba, cambió la llave de paso que goteaba, instaló el ventilador del techo que mi madre no alcanzaba. Nunca pidió nada a cambio. Solo decía “para eso estamos los vecinos, mijo”.
Se convirtió en mi figura paterna sin que nadie lo pidiera. Me enseñó a soldar, a cambiar bujías, a no llorar cuando te caes de la bici aunque te duela horrores. Era paciente. Sabio. Bueno.
En mi cumpleaños 20 me regalo su viejo auto clasico, que ya no usaba...
Y luego llegó el virus.
Primero fue la fiebre que no bajaba. Después el cansancio absurdo. Luego el dolor en los huesos como si alguien los estuviera limando desde adentro. Y de pronto… los cambios.
El vello corporal se le cayó en mechones. La barba desapareció en dos semanas. La voz se le quebró una mañana mientras desayunábamos juntos y nunca volvió a bajar del todo. Sus hombros se estrecharon. La cintura se le marcó. Las caderas se ensancharon lentamente, como si alguien estuviera moldeando arcilla debajo de su piel. Los pechos empezaron a dolerle y luego a crecer. Primero como bultitos sensibles, después como manzanas maduras que rebotaban cuando caminaba.
Yo estuve ahí en cada etapa.
Lo acompañé al baño cuando vomitó la primera vez que le bajó. Le sostuve el pelo —que ya le llegaba a los hombros y olía a vainilla— mientras lloraba porque no entendía qué le estaba pasando. Le compré ropa interior de mujer cuando la suya empezó a quedarle ridícula. Le puse crema en las estrías que le salieron en los costados y en la parte baja de los senos. Lo abracé cuando dijo con voz finita “ya no sé quién soy”.
Y luego… la personalidad cambió.
El hombre serio y contenido se fue desvaneciendo. En su lugar apareció una risa aguda, miradas coquetas, mordidas de labio inferior cuando me veía fijamente. Empezó a caminar contoneándose sin darse cuenta. Se tocaba el pelo constantemente. Se sentaba con las piernas abiertas “porque así se siente más cómodo” y luego se reía tapándose la boca como adolescente.
Una mañana me despertó gateando sobre mi cama. Llevaba solo una camiseta mía que le quedaba como vestido corto. Olía a shampoo de fresa y a excitación pura. Me miró con esos ojos grandes, ahora color miel, y susurró:
“¿Me dejas chupártela? Solo un poquito… por favor…”
Tenía la mano ya dentro de mis bóxers antes de que pudiera procesar la frase. La saqué con suavidad. Ella hizo un puchero, se le llenaron los ojos de lágrimas y murmuró “¿ya no te gusto?” antes de salir corriendo al baño a masturbarse ruidosamente.
Desde ese día su libido no ha parado de subir.
La decidí, llevar al medico...
La doctora entra.
Lee la carpeta un segundo y levanta la vista.
—Otro caso de Gripe de Género con regresión de Edad. ¿son Familiares?
Me pongo de pie por instinto.
—Soy… vecino. Pero él —trago saliva— él era como mi padre. Lo he cuidado desde el todo empeso.
La doctora asiente sin juzgar. Se pone guantes de látex con un chasquido seco.
La doctora le toma la presión, el pulso, escucha el corazón con el estetoscopio. Luego baja.
—Veamos cómo está el desarrollo mamario…
Aprieta suavemente cada seno. Ella suelta un gemidito agudo y arquea la espalda. La doctora sonríe de lado.
—Senos tipo B, bien formados para el tiempo de evolución. Sensibles… muy sensibles. Normal en fase 3.
Acuéstate bien, bonita. Abre las piernas.
Ella —ya no puedo llamarla Tomás ni siquiera en mi cabeza— obedece al instante. Separa los muslos con naturalidad obscena. La bata se abre del todo. Sus pechos pequeños pero perfectamente redondos suben y bajan con la respiración acelerada. Los pezones están duros como piedritas rosadas.
Baja más. Separa los labios mayores con dos dedos enguantados. El interior brilla. Hilo transparente de lubricación natural cuelga entre los pliegues.
—Dios… está empapada. Himen intacto todavía, pero la entrada está hinchada y muy vascularizada. Respuesta de excitación máxima.
Mete el dedo medio despacio. Solo hasta la segunda falange. Ella jadea fuerte, aprieta las sábanas, los dedos de los pies se encogen.
—Paredes vaginales engrosadas, textura aterciopelada… lubricación excesiva. Clítoris hipertrofiado. —La doctora me mira directo a los ojos mientras sigue moviendo el dedo lentamente—. Por lo visto aun no te la has cogido
Me arde la cara.
—No… ella… él… solía ser como un padre para mí. No me atrevería.
La doctora saca el dedo. Un hilillo brillante se estira antes de romperse. Ella gime bajito, frustrada.
—Esta mañana me la quiso chupar —admito en voz baja—. Me la sacó y… pero no la dejé.
La doctora con calma.
—Su líbido está en pico. El virus acelera las hormonas sexuales hasta niveles de adolescente en celo permanente. Si no la follas pronto, ella va a buscar a quien sí lo haga. Ya no es aquel hombre. Ese Tomás se fue. Ahora es esta chica. Y esta chica necesita que la llenen, que la hagan gritar, que la dejen temblando y con el coño goteando semen. Si no eres tú… será el repartidor, el vecino negro del 5B, el muchacho de la tiendita. No tiene filtro. No tiene vergüenza. Solo tiene hambre.... y si tu no selodad
Mira a la chica en la camilla. Ella se está tocando el clítoris con dos dedos en círculos rápidos, mordiéndose el labio inferior, mirándome con ojos suplicantes.
—¿Quieres que te folle? —le pregunto casi sin voz.
Ella asiente frenéticamente.
—S-sí… por favor… duele… lo necesito dentro… por favor…
La doctora se cruza de brazos.
—Tienes dos opciones. La llevas a casa y la cuidas como se debe… o la dejo aquí y llamo a psiquiatría para que la estabilicen químicamente. Pero créeme… la química no va a apagar ese fuego. Solo lo va a retrasar.
Miro sus piernas abiertas. El coño rosado, brillante, palpitante. Los pechitos que suben y bajan. La carita de niña cachonda que ya no recuerda cómo ser hombre.
Me acerco.
Le acaricio la mejilla. Ella frota la cara contra mi mano como gatita.
—Vamos a casa —susurro.
Ella sonríe, enormes, brillante, feliz.
—Gracias… papi…
Y en ese momento algo dentro de mí se rompe para siempre.
Porque ya no es Tomás.
Es ella.
Y yo… voy a tener que aprender a quererla exactamente como es ahora.
Intercambiar cuerpo con mamá: la mejor decisión de mi vida
Todo empezó una noche de viernes, tres meses después del divorcio. Papá se habia divorcido de mamá, ella gano el jucio se quedo con todo, pero lo que mas odio fue se había ido con su secretaria de 19 años y mamá se quedó sola en la casa grande, bebiendo vino tinto en el sillón de la sala mientras yo jugaba videojuegos en mi cuarto. Ella subió las escaleras con la copa en la mano, el vestido negro ajustado que usaba para “sentirse viva otra vez” marcándole cada curva que yo había aprendido a ignorar… o al menos intentarlo.
Se paró en la puerta de mi habitación, descalza, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Cuarenta años y seguía siendo jodidamente impresionante: tetas grandes que desafiaban la gravedad más de lo que deberían, cintura estrecha, caderas anchas que se movían como si tuvieran vida propia, culo redondo y firme que se notaba incluso con ropa. Yo tenía 18 recién cumplidos, cuerpo de gimnasio decente, pero nada comparado con lo que ella desprendía sin siquiera intentarlo.
“¿Podemos hablar, cielo?” dijo con esa voz ronca que ponía cuando el vino ya le había soltado la lengua.
Me quité los audífonos. Ella entró, cerró la puerta y se sentó al borde de mi cama. Olía a perfume caro y a deseo reprimido.
“Estoy harta”, soltó de golpe. “Harta de ser la divorciada triste, harta de que los hombres de mi edad me miren como si fuera un mueble antiguo con buen mantenimiento. Quiero… un verdadero cambio. De verdad. Como cuando tenía tu edad.”
La miré confundido. Ella sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que nunca le había visto dirigida a mí.
“Hay un hechizo. Lo encontré en un foro oscuro. Funciona. Lo probé con una amiga hace dos años… y ella sigue viviendo la vida de su hija de 19. Dice que nunca ha sido tan feliz.”
Pensé que estaba bromeando. Hasta que sacó del bolsillo un colgante pequeño, negro, con una piedra roja que parecía latir.
“Si intercambiamos cuerpos, yo puedo volver a tener 18 años. Salir, follar como hombre, sentirme joven otra vez. Y tú… tú podrías tener esto.” Señaló su propio cuerpo con las manos abiertas, como si me ofreciera un regalo envuelto en carne. “Este cuerpo que tanto miras cuando crees que no me doy cuenta.”
Me quedé helado. Pero mi verga no. Se puso dura casi al instante solo de imaginarlo.
“¿Y qué gano yo?” pregunté, intentando sonar frío.
Ella se acercó más. Sus tetas casi rozaban mi brazo.
“Todo lo que siempre quisiste probar y nunca te atreviste. Este culo que te tiene loco desde los 15. Estas tetas que pesan y rebotan cuando camino. Esta coño que se moja con solo pensarlo… y que ahora sería tuya. Podrías tocarte todo el día. Podrías dejar que cualquiera te toque. Nadie sabría que eres tú. Serías simplemente… una milf buenísima.”
Tragué saliva. La piedra roja brillaba más fuerte.
“Una semana”, dije. “Solo probamos una semana.”
Ella sonrió como si ya hubiera ganado.
“Una semana.”
Hizo el ritual esa misma noche. Sangre de los dos en la piedra, palabras en latín que no entendí, un corriente eléctrica que duró demasiado para ser solo parte del hechizo. Sentí un tirón eléctrico desde la nuca hasta los huesos. Y luego… oscuridad.
Desperté en su cuerpo. El olor de su perfume caro todavía pegado a las sábanas. Pero no era su olor lo que me llamó la atención primero.
Era el peso.
Dos tetas enormes, pesadas, colgando de mi pecho. Las miré hacia abajo y casi me corro ahí mismo. Los pezones grandes, oscuros, ya duros por el roce de la sábana. Bajé la mano temblorosa y las apreté. Suavicidad irreal, carne caliente que se desbordaba entre mis dedos. Gemí sin querer. Mi voz salió aguda, madura, sensual. La voz de mamá.
Me levanté. Las caderas se movían solas, el culo se balanceaba con cada paso. Me puse frente al espejo de cuerpo entero del vestidor.
Joder.
Piel bronceada, estrías finas plateadas en los costados de las tetas y en la parte baja del vientre que solo la hacían más real, más follable. Cintura marcada, ombligo profundo, monte de Venus abultado cubierto por un triángulo de vello negro perfectamente recortado. Abrí las piernas y separé los labios con dos dedos. Rosa brillante, húmedo, hinchado. El clítoris asomaba como pidiendo atención. Metí un dedo y solté un gemido largo. Estaba empapada. Más mojada de lo que nunca había estado mi verga.
Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas en v y empecé a masturbarme como desesperado. Los dedos entraban y salían con facilidad, el sonido húmedo llenaba la habitación. Las tetas rebotaban con cada embestida de mi mano. Pellizqué un pezón con fuerza y grité. El orgasmo llegó en menos de tres minutos, violento, arqueándome entera, chorros calientes salpicando los muslos y las sábanas. Nunca había sentido algo así. Mi antiguo cuerpo eyaculaba y ya. Esto… esto era ola tras ola, contracciones que no paraban, placer que se extendía hasta las puntas de los dedos de los pies.
Desde ese día, la semana se convirtió en un mes. Luego en tres.
Mamá —ahora en mi cuerpo— se fue a vivir la vida universitaria que nunca tuvo. Fiestas, tríos, sexo en baños de discotecas, mañanas de resaca con desconocidos. Me manda fotos y videos. Dice que nunca ha sido tan feliz.
Yo, mientras tanto, vivo su vida… pero mejor.
Por las mañanas me despierto tocándome las tetas, jugando con mis pezones hasta que estoy empapada antes de abrir los ojos. Me ducho despacio, enjabonando cada curva, metiéndome la alcachofa entre las piernas hasta correrme apoyada en los azulejos. Me visto con su ropa interior de encaje, corpiños que apenas contienen estas ubres, tangas que se clavan entre las nalgas. Luego me pongo vestidos ajustados, escotes profundos, faldas cortas que apenas cubren el culo.
Salgo a la calle y siento las miradas. Hombres de 25, de 35, de 50. Todos me quieren follar. Y yo los dejo.
El vecino de al lado, un divorciado de 45, me invitó a “tomar un café” la segunda semana. Terminé de rodillas en su cocina chupándole la verga mientras él me agarraba las tetas por encima del vestido y gemía “joder, qué tetas tan perfectas”.
Me corrí solo con sus dedos en mi concha, sin que me penetrara. Luego me puso en cuatro sobre la mesa del comedor y me la metió hasta el fondo. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome. Me agarró del pelo y me dio tan fuerte que las tetas golpeaban contra la madera. Cuando se corrió dentro, sentí el calor inundándome y volví a tener un orgasmo brutal, gritando su nombre aunque ni siquiera recuerdo cómo se llama.
Los fines de semana salgo de cacería.
Me he follado al entrenador personal del gimnasio en los vestidores, con las pesas de fondo. Me puse en cuclillas y le mamé la verga hasta que me llenó la boca, luego me monté encima y cabalgue hasta que me temblaban las piernas. Me he dejado follar por dos primos en una fiesta de la oficina de mamá —sí, ahora voy a sus eventos de trabajo—, uno en la concha y otro en la boca, mientras me pellizcaban los pezones y me llamaban “puta milf deliciosa”.
Cada vez que me corro, pienso: “Esto es mío ahora. Este cuerpo es mío.”
Anoche volví a casa a las 4 de la mañana, con el coño hinchado y dolorido después de que un chavo de 22 me follara en el coche durante casi dos horas. Me quité el vestido empapado de sudor y semen, me metí en la cama desnuda y empecé a tocarme otra vez. Las tetas pesadas, el culo marcado por cachetadas, los muslos pegajosos. Me corrí tres veces seguidas pensando en lo que mamá me regaló sin saber que nunca se lo devolvería.
Le mandé un mensaje a mama esta mañana:
“La semana se acabó hace meses, mamá. Creo que me quedo con esto. Tú quédate con el mío. Nunca he sido tan feliz.”
Su respuesta llegó un mensaje de ella...
“Trato hecho, cariño. Disfruta esa coño. Yo estoy ocupado.”
Sonreí, me abrí de piernas frente al espejo y empecé a grabarme. Porque este cuerpo de milf sexy de 40 años… ya no es de ella.
Es mío.
Y lo voy a usar hasta que no quede nada por follar.
viernes, 30 de enero de 2026
Hey!
¡Hola, compañeros! 👋
Como ya saben, me encanta compartir historias por aquí, pero siendo totalmente sincera… la universidad anda a mil y me deja con muy poco tiempo libre. 😅📚
No quiero desaparecer ni dejar de publicar, así que prefiero aprovechar al máximo los ratos que tengo entre tareas y enfocarme justo en lo que más les gusta a ustedes. Por eso hoy quiero pedirles ayuda: déjenme sus ideas para el próximo contenido. ✍️✨
Estoy segura de que alguno traerá una propuesta increíble que valga la pena desarrollar. Yo me encargo de pulirla y traerles algo bien trabajado en cuanto tenga un respiro.
¡Los leo en los comentarios! 👇
lunes, 19 de enero de 2026
Me resigné.
De verdad, me resigné.
Aquí estoy otra vez, de rodillas sobre el sofa deshecha de la habitación principal, con las bragas bajadas hasta los tobillos, el culo en pompa, las piernas ligeramente abiertas. La luz tenue de la lámpara de noche me ilumina las nalgas, las estrías plateadas que cruzan como recuerdos que no son míos, la celulitis que se nota más cuando aprieto los muslos. Esperando.
Esperando a que el señor Antonio mi marido, el vendrá después de lavarse los dientes para venir a follarme como cada maldita noche desde hace meses.
Pero no siempre fue así ...
Hace un año yo tenía dieciocho.
Tenía abdominales marcados, cuerpo atletico. Ahora tengo cuarenta y dos, talla 44 en pantalones, noventa y cinco kilos bien distribuidos (sobre todo en tetas y culo), estrías en los pechos, en la panza baja, en los costados. El pelo ya no es negro azabache, tiene esas canas rebeldes que aparecen en las sienes y que ya ni me molesto en tapar. Y mis tetas… Dios, mis tetas. Pesadas, grandes, con venitas azules marcadas y pezones que ya no se paran tan fácil como antes. Pero a Antonio le encantan. Siempre le han encantado...
Todo empezó con el Gran Cambio.
Dicen que fue un experimento fallido, una especie de arma cuántica que se les fue de las manos a los laboratorios del gobierno. Un día te despertabas y tu conciencia estaba dentro del cuerpo más cercano que cumpliera ciertos parámetros de “compatibilidad vital”. No había reglas claras, solo caos. Familias destrozadas, parejas separadas, viejos en cuerpos de adolescentes y adolescentes atrapados en cuerpos de ancianos como yo.... El gobierno tardó tres semanas en aceptar que no podían revertirlo. Y entonces llegó el decreto:
“Todos los ciudadanos deberán asumir de forma permanente e irrevocable la vida social, legal y conyugal del cuerpo que habitan. Cualquier intento de ruptura del nuevo núcleo familiar será considerado traición al orden público.”
Recuerdo el momento exacto en que la "maldición" o lo que carajos fuera eso me arrancó de mi cuerpo de adolescente flaco, lleno de vida y sueños de volverse alguien. Desperté con un grito ahogado que salió en tono grave, femenino, maduro. Un gemido de mujer de verdad. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron un par de tetas enormes, pesadas, cayendo hacia los lados mientras estaba boca arriba en una cama que no era la mía. Mis manos...manos con uñas largas, pintadas de rojo vino, venas marcadas, dedos regordetes subieron instintivamente a tocarlas. Pesaban. Mucho. Y los pezones, Dios, estaban duros como piedras solo por el roce de la sábana.
Miré hacia abajo. Vientre suave, con estrías plateadas, una ligera capa de grasa que se desbordaba por encima de la cintura de las bragas de algodón blanco que llevaba puestas. Muslos gruesos que se rozaban entre sí. Y entre ellos… nada. Solo un monte de Venus abultado, labios mayores carnosos, y un olor fuerte, adulto, a mujer que ha vivido muchos veranos.
Y así, sin anestesia, me convertí en Marisa.
Marisa kats, 42 años, casada desde hace dieciocho con Antonio Morales, 48 años, fontanero de oficio, buen hombre, callado, pero con una verga gruesa y venosa que ahora conozco mejor que la palma de mi propia mano. O de la mano que tenía antes, mejor dicho.
Al principio fue horror.
Me encerré en el baño tres días seguidos llorando, mirando ese cuerpo que no era mío en el espejo. Me tocaba las tetas como si fueran objetos ajenos, me abría los labios vaginales con dedos temblorosos y me sentía sucia, violada, perdida. Me masturbé una vez esa primera semana, casi por rabia, y me corrí tan fuerte que me dio miedo. El orgasmo de mujer madura no se parece en nada al que yo conocía. Es más lento, más profundo, más aplastante. Me odié por disfrutarlo.
Antonio, al principio, fue respetuoso.
Dormía en el sofá. No me tocaba. Me hablaba con esa voz grave y calmada que ahora me pone la piel de gallina sin quererlo.
—Sé que no eres ella… pero tu tampoco eres el chavo que eras antes. Los dos estamos jodidos. Pero aquí estamos.
Pasaron semanas. Meses.
El cuerpo empezó a ganar. Las hormonas, el ritmo circadiano, los antojos. Empecé a caminar moviendo las caderas sin darme cuenta. Me sorprendía oliendo la ropa de Antonio cuando la dejaba en el cesto. Me excitaba cuando llegaba sudado del trabajo y se quitaba la playera dejando ver ese pecho velludo y fuerte. Y luego vino la noche en que no aguanté más.
Fue después de una cena con cerveza.
Me senté en su regazo, todavía con el delantal de la cocina puesto. Le puse las manos en el cuello y le dije bajito, casi llorando:
—Hazlo.
Hazme tuya como hacías con ella.
Ya no puedo más con esta puta hambre que tengo dentro.
Y me folló.
Me folló como hombre de 48 años que lleva meses aguantándose: lento al principio, profundo, agarrándome las caderas con fuerza, gruñendo contra mi cuello. Me monte sobre el, como este cuerpo se movira por instinto , dentro, me llenó hasta que sentí que me rebosaba. Y yo… yo grite su nombre
Desde entonces no paramos.
Ahora es rutina.
Me despierto con su mano entre mis tetas, lo despierto chupándole la verga mientras él me acaricia el pelo que ya no es mío. Me pongo lencería que antes me parecía de señora y ahora me hace sentir poderosa. Me pongo en cuatro y le digo “más fuerte, papi” porque sé que eso lo vuelve loco. Y él me da nalgadas, me jala el pelo, me dice “qué rico culazo tienes, mi reina” y yo me mojo más solo de escucharlo.
Ya no lucho.
Ya no pienso en el chavo flaco que fui. Ese chico se fue. Se diluyó en estrías, en celulitis, en pezones grandes , en caderas anchas que ahora llenan cualquier pantalón de forma pecaminosa.
A veces, cuando estoy sola en la casa, me paro frente al espejo del baño, me quito la bata y me miro. Me agarro las tetas con las dos manos, las levanto, las dejo caer. Me abro el coño con dos dedos y veo cómo brilla de solo pensarlo. Me doy cuenta de que este cuerpo ya no me da asco. Me da ganas. Me da orgullo.
Y cuando escucho la puerta de entrada, el sonido de sus botas pesadas en el pasillo, el corazón se me acelera. No de miedo. De anticipación.
Porque sé lo que viene.
Sé que en unos minutos voy a estar otra vez de rodillas, culo al aire, esperando a que mi marido —el señor Antonio— venga a recordarme quién soy ahora.
Marisa.
Su Marisa.
Y por primera vez en un año…
no me importa.
Me gusta.
Me gusta esta vida.
Me gusta ser su puta madura, la mujer convertida en esposa, su hembra de tetas grandes y culo suave que se abre para él cada noche.
Me resigné.
Y en la resignación… encontré algo que se parece peligrosamente a la felicidad.




































