🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯

martes, 30 de diciembre de 2025


Le robé el cuerpo a mi hermana… y no pienso devolverlo jamás.



No fue un accidente...Fue completamente intencional.


Siempre la envidié.

Mi hermana tenía una vida perfecta: era joven, hermosa, libre, deseada…

Y yo solo era un tipo promedio, encerrado en una rutina aburrida, viendo cómo la vida la trataba a ella como una princesa… mientras a mí apenas me miraban.


Ella no lo sabía, pero la espiaba.

Escuchaba cuando se quejaba de lo difícil que era estudiar, de lo cansada que se sentía después de salir con sus amigas, de los chicos que le escribían sin parar.

Y por dentro solo pensaba:

“Si yo fuera tú, lo disfrutaría todo al máximo. No lo desperdiciaría como tú lo haces.”


Y lo quería.

Conseguí un método, una vieja bruja que noto como la envida me carcomia me quiso ayuda... acambio solo pidio las pocas monedad que traia

Lo que me dio era algo prohibido, oscuro… pero efectivo.

Un intercambio....

Y una noche, mientras ella dormía profundamente en su habitación, lo hice.


Me acosté junto a su cuerpo dormido, pronuncié las palabras…

Y cuando abrí los ojos, estaba viendo el techo desde una nueva perspectiva.

Sentí el peso en mi pecho. El vacío entre mis piernas. El cabello largo cayendo sobre mi cara.


Lo había logrado.

Era ella.

Ahora yo era mi hermana.


Me miré en el espejo y casi me corro de la emoción.


Tenía un cuerpo sensual, suave, perfectamente esculpido.


Piel tersa, senos firmes, cintura delgada, caderas anchas, un trasero perfecto que apenas podía dejar de tocarme.

Era preciosa.

Tenía la cara de una diosa, y un cuerpo de infarto.

Y todo eso ahora era mío.


Me quedé horas tocándome, explorando.

Me puse su ropa interior más atrevida, un conjunto  de encaje.

Me admiré en el espejo: una chica universitaria lista para conquistar el mundo… o al menos para provocar una erección con solo sonreír.

Abrí sus redes sociales y empecé a responder mensajes.

Muchos chicos la deseaban.

Ahora… me deseaban a mí.


No pasó mucho para que aceptara una invitación.


Fui a una fiesta universitaria vestida con un top ajustado que dejaba ver mi escote y una minifalda que apenas cubría mis nalgas.

Caminar con tacones fue un reto… pero me encantó.

Sentirme observada, deseada, juzgada con lascivia… era tan nuevo… y tan adictivo.


Uno de los chicos me invitó a su cuarto.

Y no dije que si.

Estaba lista.

Quería saber cómo se sentía ser usada como una mujer.

Me besó lento. Me acarició la espalda. Me bajó la ropa interior con suavidad…

Y cuando entró en mí…

Oh Dios.


No hay palabras.


Me abrí para él. Lo recibí con todo mi cuerpo. Sentí cada empuje, cada gemido, cada gota caliente llenándome.

Me corrí tres veces.

Y cuando él acabó dentro, jadeando mi nombre…

supe que jamás volvería atrás.


Me volví adicta.


Exploré todo.

Masturbación. Sexo oral. Ser tomada por detrás.

Me encanta cuando me agarran fuerte, cuando me lamen entera, cuando me dejan el maquillaje corrido de tanto gemir.

Me encanta cuando me lo meten hasta el fondo.

Y me fascina tragarlo.

Sentirlo caliente bajando por mi garganta mientras sonrío como la buena zorrita que me he vuelto.


Y lo mejor de todo: nadie sospecha nada.

Para todos, sigo siendo ella.


Voy a clases, tengo amigas, me saco selfies sexys, subo historias mostrando mi escote.

Y cada noche, cuando me quedo sola…

me doy un baño caliente, me pongo su lencería más erótica, me abro de piernas frente al espejo…

y me entrego a la nueva yo.


¿Mi cuerpo original?

Técnicamente sigue por ahí…

dormido, sin alma, sin función.


No pienso volver.

No después de saber lo que es esto.

Ser sexy.

Ser hermosa.

Ser deseada.

Ser usada.


Soy mi hermana ahora.

Y lo haré mejor que ella.



 Desperté con la luz del sol filtrándose por las cortinas. El calor me golpeó la piel y, por un instante, tuve que recordarme a mí misma dónde estaba. Este cuerpo… mi cuerpo ahora, el de mi madre, se sentía extraño y familiar al mismo tiempo. La suavidad de la piel, el peso de mis curvas, la forma en que los músculos respondían a mis movimientos: todo me recordaba que yo no era quien solía ser, y, sin embargo, todo era mío.


Al abrir los ojos, lo vi. Un hombre dormido a mi lado, respirando tranquilo, ajeno a la realidad que yo escondía detrás de mi sonrisa. Antes, yo era Caleb, un chico tímido y aburrido, que vivía encerrado en un barrio que nunca me comprendió. Ahora, una mujer segura, dueña del cuerpo que una vez perteneció a mi madre, podía mirar el mundo desde otra perspectiva: una perspectiva que nadie sospechaba que era mía.


Un año atrás, todo esto parecía imposible. Había estado harto de mi vida, de sentirme invisible, de ser el chico que nadie notaba. Cuando descubrí ese hechizo extraño y peligroso, supe que podía cambiarlo todo. Con él, desaparecí de la faz de la tierra y tomé el cuerpo de mi madre. Ella… nunca volvió. Nadie sabe que ya no está. Y yo, con paciencia y astucia, he construido una vida completamente nueva.


El hombre a mi lado no es importante en el pasado, pero sí en el presente. Es parte de mi nueva rutina. Lo conocí hace meses; lo necesitaba para reforzar la ilusión de que mi vida no había cambiado demasiado, de que la mujer que todos creían ser mi madre seguía siendo la misma. Pero él no sabe que yo soy otra persona completamente. Lo observo mientras duerme, y siento una mezcla de triunfo y excitación: cada respiración tranquila es un recordatorio de que mi plan funcionó.


Me levanté con cuidado, estirando mis brazos y notando la diferencia de fuerza y flexibilidad en este cuerpo. Caminar hacia el baño fue como reencontrarme con un mundo nuevo. Cada paso resonaba distinto en mis caderas, y al mirarme en el espejo, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Esta mujer, mi madre, había sido siempre elegante, refinada, meticulosa. Ahora, sin embargo, puedo jugar con su imagen, cambiarla, mejorarla… dominarla.


Me senté en el borde de la cama, recordando cómo era mi vida antes del hechizo. Caleb era invisible, insignificante, atrapado en un mundo que me ignoraba. Tenía sueños, sí, pero siempre me sentí demasiado pequeño para alcanzarlos. Y ahora… ahora estoy viviendo un sueño que jamás habría imaginado. Una vida de poder, libertad y posibilidades ilimitadas. La casa, los muebles, los secretos: todo es mío para moldear.


Preparé el desayuno mientras el hombre todavía dormía. La cocina estaba intacta, como siempre la había dejado mi madre, pero con un año de experiencia a mis espaldas, he añadido mi toque personal: platos nuevos, colores más vivos, aromas que reflejan la vida que quiero vivir. Me gusta ver cómo mi entorno refleja quién soy ahora, no quien fui ni quien era mi madre.


Mientras bebía mi café, pensé en cómo la vida había cambiado en solo doce meses. Antes, mi madre vivía sola, con la soledad como compañera silenciosa, después de su divorcio. Ahora, en su cuerpo, tengo todo lo que ella tuvo y más. La soledad se transformó en libertad, en una sensación de control absoluto. Nadie sospecha nada; todos creen que ella sigue siendo la misma mujer, preocupada por el pasado, por sus recuerdos, por su vida anterior. Nadie sabe que yo soy la que maneja todo ahora.


El plan había sido delicado y malicioso, y la ejecución perfecta. Desaparecí sin dejar rastro, asegurándome de que mi madre no pudiera volver, y ocupé su cuerpo. Cada detalle fue calculado: su trabajo, sus amigos, sus rutinas, incluso sus pensamientos más íntimos. Aprendí a caminar como ella, a hablar como ella, a reír como ella. Ahora puedo sentarme frente a cualquier persona y convencerla de que sigo siendo la mujer que siempre fue… pero con mi toque personal.


Me levanté de la mesa y caminé hacia mi vestidor. La ropa que elegí refleja mi nuevo yo: audaz, sensual, segura. Me probé un vestido que mi madre solía usar en ocasiones especiales, pero lo llevé con mi estilo, con mi actitud. Me miro al espejo y me reconozco: no soy Caleb, no soy mi madre. Soy la combinación perfecta de ambas, con el control total de mi identidad.


El hombre en la habitación se despertó con un bostezo y me miró con ojos somnolientos. Sonreí, y él respondió con un gesto torpe de cariño. A veces es divertido jugar con la ilusión: él cree que soy su amiga, su compañera, su apoyo… sin saber que yo soy quien siempre observó y planeó desde las sombras.


Pasé el día organizando la casa, ajustando detalles que harían que la vida de mi madre pareciera natural. La cocina impecable, los documentos en orden, las facturas pagadas, la correspondencia respondida. Todo debía estar perfecto, porque cualquier descuido podría levantar sospechas. El mundo cree que ella sigue siendo la misma mujer, pero en realidad, soy yo quien decide cada movimiento, cada palabra, cada gesto.


Mientras revisaba la correspondencia, encontré un mensaje que me hizo sonreír de forma malévola. Era de un viejo amigo de mi madre, alguien que nunca había confiado plenamente en ella. El mensaje era cordial, pero vacío; un simple recordatorio de que la vida continúa. Yo podría cambiarlo. Yo podría manipularlo. Todo estaba bajo mi control ahora. Mi madre ya no existe, y no hay vuelta atrás.


Más tarde, me senté frente al espejo para arreglarme el cabello. La textura, el brillo, la forma en que caía sobre mis hombros… todo era un recordatorio de la transformación que había logrado. Pensé en Caleb, en el chico tímido y retraído que alguna vez fui, y sonreí. Él nunca habría imaginado esto, nunca habría tenido la audacia ni la fuerza para hacerlo. Ahora, en cambio, soy dueña de mi destino, dueña de la vida que siempre quise.


El hombre regresó a la habitación y nos sentamos juntos a hablar de cosas triviales. Mientras hablábamos, no pude evitar sentir un placer sutil en cada palabra que decía, en cada gesto que ignoraba la verdad. Él no sabe quién soy, y mientras él cree que su mundo es seguro, yo estoy construyendo algo completamente diferente, una vida que es solo mía.


Por la noche, mientras el hombre dormía nuevamente, me quedé despierta, mirando el techo. Pensé en todo lo que había sacrificado y todo lo que había ganado. Caleb desapareció, mi madre desapareció, y lo único que quedó fue yo. Una versión nueva, audaz y segura de mí misma, viviendo una vida que antes solo podía soñar. Y, aunque había algo de culpa que aparecía a veces, era pequeña y manejable. Porque al final, mi plan funcionó, y ahora, soy la que decide quién vive y quién se queda en el pasado.


Un año después, puedo decirlo con claridad: nunca he estado tan viva. Cada gesto, cada mirada, cada decisión me pertenece. He tomado lo que quería, y lo he hecho mío. El mundo cree que mi madre sigue aquí, pero en realidad, es mi vida la que se despliega frente a mí, brillante y sin restricciones.


Mientras me acurruco en la cama, observando la silueta del hombre dormido a mi lado, sonrío. Esta es mi vida, mi cuerpo, mi mundo. Todo lo que él cree conocer es solo una ilusión, y yo disfruto cada momento de ese poder silencioso. Porque, después de todo, tomé lo que quería y nadie puede arrebatármelo.


Y así,  después del cambio, sigo siendo Caleb… pero transformada, reinventada y dueña de una vida que jamás habría imaginado. La soledad se convirtió en libertad, el miedo en audacia, y el pasado en un recuerdo distante. Todo está bajo mi control, y nadie sospecha que la mujer que todos creen conocer, ya no es la misma. Soy yo ahora, y nunca volveré a ser otra cosa.


lunes, 29 de diciembre de 2025

 Sin ninguna  preocupación dormia... mi mu do era una neblina de sueño y sábanas calidas hasta que la realidad empezó a pesar. Me encontraba en ese limbo entre dormido y despierto, intentando girarme de lado, pero algo me lo impedía. Sentí una gravedad inusual en mi pecho, un volumen carnoso y pesado que se aplastaba contra mis brazos al menor movimiento. Confundido, bajé la mano y mis dedos se hundieron en una suavidad desconocida: eran senos grandes y firmes, con una sensibilidad eléctrica que me hizo soltar un jadeo involuntario.

Antes de que pudiera procesar el terror de no reconocer mi propio torso, el peso de otro cuerpo se hundió en el colchón frente de mí.

—¿Sigues dormida, mi amor? —susurró una voz grave y masculina cerca de mi oido.

Sentí un escalofrío que recorrer mi espalda, ahora mucho más arqueada y estrecha. Unas manos grandes y posesivas me sujetaron por la cintura y, con una fuerza natural, me obligaron. Intenté protestar, pero mi voz se quedó atrapada cuando mis piernas fueron separadas de par en par. La vulnerabilidad era total.

Entonces, sin previo aviso, él me tomó.


El despertar no fue un proceso lento, fue una colisión. Mis ojos se abrieron de par en par, fijándose en las molduras doradas de un techo que jamás había visto, mientras mi cuerpo se arqueaba violentamente. La sensación de ser llenada era absoluta; una expansión que llegaba hasta el fondo de mi vientre, haciéndome sentir pequeño, contenido y, sobre todo, reclamado.

​—Eso es, amor él cerca de mi oído, su aliento caliente quemándome la piel—. Quédate así, acepta todo lo que tengo para ti.

​Cada embestida del hombre hacía que mis nuevos pechos oscilaran pesadamente, golpeando mi torso con un ritmo que me recordaba, con cada segundo, mi nueva y exuberante anatomía. El calor de su piel contra la mía era como una fragua. Yo, atrapado en esa seda y esas curvas traicioneras, solo podía enterrar las uñas en las sábanas de hilo mientras mi mente colapsaba. No era solo el placer físico, era la autoridad con la que él manejaba mi nuevo cuerpo.

​—Llevamos meses intentándolo, pero hoy... hoy siento que va a funcionar —susurró él, su voz vibrando profundamente contra mi pecho mientras me sujetaba mis piernas con manos de acero—. Te voy a llenar tanto que no habrá duda. Quiero que lleves a mi hijo, quiero verte cambiar mientras creces con mi semilla dentro.

​El final llegó con una urgencia violenta. El hombre soltó un rugido ronco, hundiéndose una última vez con toda su fuerza, anclándome al colchón bajo su peso. Y entonces, sentí la descarga final.


​Fue una oleada de calor líquido, una humedad ardiente que se derramó profundamente en mi interior. Sentí cómo ese flujo inundaba mi centro, marcándome con una sensación de posesión tan física y biológica que me hizo temblar de pies a cabeza.

​—Quédate quieta, no te muevas —ordenó él con voz entrecortada, desplomándose exhausto sobre mí. El peso de su cuerpo aplastó mis senos contra su pecho velludo, atrapándome por completo—. Deja que todo se quede ahí dentro. Este es el mes, amor. Siento que finalmente te he reclamado como mi mujer... vas a ser la madre de mis hijos.

El inconfundible olor del semen,  que brotaba inundaba la habitación ...

​Me quedé mirando al vacío, jadeando, sintiendo el rastro del calor líquido deslizándose lentamente por mis paredes internas. El chico que yo era ayer habría muerto de horror, pero el cuerpo que habitaba ahora, el de esta mujer, parecía pulsar con una extraña y aterradora satisfacción. Ya no era un extraño en un sueño; era un recipiente, una mujer marcada por un hombre que no tenía idea de que acababa de sellar el destino de un intruso.



Mientras estaba allí, comiendo un helado, podía sentir las miradas de mi mejor amigo, Joel, clavadas en mí. No era difícil entender por qué. Llevaba puesta la ropa que su exnovia había dejado olvidada en su casa después de terminar con él. Ajustaba demasiado bien… inquietantemente bien.


El hecho de que ahora era una copia exacta de su ex, se debía al hechizo que Joel había usado conmigo. Todo había comenzado cuando encontró un viejo libro polvoriento en el ático de su abuela. Entre páginas amarillentas y símbolos extraños, descubrió un hechizo de transformación que prometía algo imposible: cambiar el cuerpo de una persona para que coincidiera perfectamente con la ropa que estuviera usando.

Después de perder una apuesta estúpida, acepté ponérmela. Reímos, bromeamos… hasta que Joel pronunció el hechizo.

Entonces todo cambió.

Primero sentí mi piel volverse más suave, casi sensible al aire. Luego una presión extraña en el pecho, seguida de un peso nuevo cuando mis senos comenzaron a formarse, llenando la ropa que llevaba puesta como si siempre hubiera sido mía. Mi cuerpo siguió ajustándose, estrechándose en lugares nuevos, hasta que mi pene desapareció por completo. Al mismo tiempo, mi cabello comenzó a crecer, cayendo en mechones largos sobre mis hombros.

Cuando finalmente me miré al espejo, el aire se me quedó atrapado en la garganta.

El hechizo había funcionado.

Frente a mí no estaba yo… sino una copia exacta de su exnovia. Joel me observó en silencio durante unos segundos, con una mezcla de asombro y algo más difícil de leer en su mirada, antes de sonreír y decir suavemente:

—Ahora… eres Diana.


El siguiente paso de Joel fue sacarme con él.

Dijo que solo quería “recordar viejos tiempos”, revivir lo que hacía con su exnovia… conmigo. Caminamos juntos por la calle como si fuera lo más natural del mundo, y aunque intenté convencerme de que solo era parte del juego, notaba cómo su atención no se apartaba de mí. Sus ojos seguían cada movimiento de mis caderas, cada pequeño gesto que la ropa resaltaba sin que yo lo intentara.

Fue entonces cuando terminamos sentados, comiendo un helado. Justo ahí, como al principio de todo. Yo fingía normalidad, pero podía sentir su mirada constante, evaluándome, comparándome. No era incómodo… era extraño y, para mi sorpresa, no del todo desagradable.

A medida que avanzaba el día, algo dentro de mí comenzó a cambiar. La ropa ya no se sentía ajena. Mis movimientos se volvieron más naturales, más suaves. Dejé de pensar en cómo debía caminar o cómo debía sentarme; simplemente lo hacía. Ser una mujer ya no era solo el efecto de un hechizo… empezaba a sentirse real.

Y mientras Joel sonreía, satisfecho, yo me di cuenta de algo que me estremeció más que cualquier transformación física


La siguiente vez me di un vestido de ella. Me quedaba mejor de lo que esperaba, como si siempre hubiera sido mío. Joel preparó la cena tal como solía hacerlo para ella, con la misma atención y ese cuidado silencioso que ahora iba dirigido a mí. Me senté a la mesa sintiéndome extrañamente en casa, desempeñando un papel que ya no se sentía como una actuación.

Después de cenar, Joel y yo disfrutamos de unas cervezas mientras veíamos una película en el sofá. No hablábamos mucho; no hacía falta. La cercanía, el calor compartido, las miradas que se prolongaban un segundo más de lo normal… todo decía lo que las palabras no podían.

Cuando terminó la película, algo nació en mí. No fue una decisión consciente, fue un impulso profundo. Me acerqué, y nuestros labios se encontraron en un beso lento, cargado de una ternura inesperada. En ese instante entendí que la mujer en mí ya no estaba despertando: se había apoderado de mí por completo.

No sentí miedo. Solo una calma intensa, como si finalmente estuviera donde debía estar.

Sin dejar de besarnos, me arodille con una seguridad que me sorprendió incluso a mí. Joel respondió de inmediato, atrayéndome más cerca, como si también hubiera estado esperando ese momento desde hacía tiempo. le abrí los pantalones. 



Luego comencé a hacerle una mamada   Todo se volvió más lento, más intenso, como si el mundo se hubiera reducido a ese espacio compartido 

Me dejé guiar por lo que sentía, por esa conexión profunda que ya no podía negar.

y me tragué su semen.




 Cuando finalmente lo hice correr, me recoste en el sofa... pense en lo que habia hecho...era irreversible había ocurrido entre nosotros, y yo senti vergüenza me queria tapar la cara con una manta...

De repente 

Sentí sus manos entre mis piernas, un contacto que me hizo contener la respiración. Semti sus dedos en mi vagina...No fue brusco ni apresurado; fue lento, casi reverente, como si Joel aún estuviera comprobando que yo era real, Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y en ese instante comprendí algo que me estremeció: ya no solo me veía como mujer, me sentía mujer.


Me aferré a él, buscando apoyo, buscando seguridad. Joel me susurró mi nombre o el que estaba empezando a aceptar como mío y ese simple gesto terminó de derribar las últimas barreras que quedaban en mí. No había vergüenza, ni duda, solo una entrega silenciosa

En poco tiempo ya estaba montando su polla

Me entregué a él sin pensarlo demasiado, no como alguien que duda, sino como quien elige su lugar. Sobre el, en esa intimidad compartida, entendí que ya no estaba interpretando un papel. Era su mujer, y por primera vez, esa verdad se sentía completa.



domingo, 23 de noviembre de 2025



En su lecho de muerte, él tomó mi mano con esos dedos temblorosos… los mismos dedos que alguna vez me guiaron, me acariciaron y, sin que yo lo supiera, me destruyeron.

El hombre que hoy llamo mi marido.
El hombre con quien viví veinticinco años como su esposa.

 El hombre con el que tenia sexo todas las noches.

El hombre que moldeó cada centímetro de mi cuerpo.

Por fin habló.

Su voz era un hilo de aire, casi un susurro sofocado por el oxígeno, pero cada palabra me atravesó como un cuchillo afilado con paciencia.

Me confesó que todo había sido culpa suya.

Que yo nunca tomé una sola decisión real.

Que él había empezado a envenenarme con hormonas cuando aún era un chico de 20 confundido, vulnerable, buscando afecto. Me veía como alguien “rescatable”. Como un proyecto. Como arcilla fresca.

“Eras perfecto para ser moldeado”, murmuró.

Manipuló mis comidas.
Mis bebidas.
Mis vitaminas.
Incluso mis medicinas cuando estaba enfermo.

Al principio fueron pequeñas dosis: estrógenos mezclados con jugo, antiandrógenos triturados en mis sopas, suplementos “deportivos” que eran en realidad bloqueadores hormonales. Yo no entendía nada. Mi fuerza caía, mis hombros se estrechaban, mi estado emocional se volvía inestable.

Mi cuerpo comenzó a cambiar y mi voz se quebraba sin explicación. Mis padres pensaron que estaba “haciendo algo raro”, que era una vergüenza. Me expulsaron de casa.

Y él… él estaba ahí.
Esperándome.
Sonriendo como un salvador.

Me ofreció techo.
Ropa.
“Comprensión”.

Me convenció de que mis cambios eran naturales. Que yo “siempre había sido así”. Que solo tenía miedo de aceptarlo.

Me empujó, poco a poco, a una vida completamente femenina. Me llevaba a comprar ropa interior “para probar”. Me hacía dormir con brasieres “para la postura”. Me maquillaba “por diversión”.

Luego vinieron los doctores. Sus doctores. Los que nunca me pedían identificación. Los que me hacían firmar papeles cuando yo estaba sedado. Las hormonas en dosis clínicas. Los tratamientos láser. Las inyecciones. Los implantes que despertaron dentro de mí, dolorosos, pesados, inevitablemente femeninos.

Hasta que mi pecho creció.
Hasta que mis caderas se redondearon.
Hasta que mi cintura se afinó.

Hasta que ya no quedaba nadie que pudiera reconocerse en el espejo.

El día de la operación final —esa cirugía que él presentaba como “la última pieza de mi verdadera vida”— yo estaba dopada, llorando, suplicando volver atrás. Él me besó la frente y dijo: “Cuando despiertes, ya no tendrás dudas”.

Desperté siendo otra.
Desperté siendo de él.


Viví con él como su esposa.
Cocinaba, limpiaba, lo acompañaba a eventos, usaba vestidos escotados y ropa ajustada porque “me quedaban bien y resaltaban mi femenidad”.

Mi lugar  estaban en la cosina, me presento asu amigos como la mujer de sus sueños
Acepté ese papel porque ya no había nada más.
Porque no sabía quién había sido antes.


Veinticinco años… construidos sobre una mentira.

Y ahora, cuando ya no tiene fuerzas para respirar, me mira con lágrimas, apretando mi mano con culpa tardía, y me susurra:

“Perdóname… yo te hice así.”

Pero es demasiado tarde.

Demasiado tarde para recuperar mi viejo cuerpo.
Mi viejo nombre.
Mi vieja vida.

Demasiado tarde para volver a ser ese chico.

Solo queda la mujer que él creó…
y que yo, al final, aprendí a aceptar.





Esa noche, sola en la casa que había compartido con él durante décadas, el silencio pesaba más que su confesión. Caminé por las habitaciones tocando los muebles, las fotos, las tazas de café que él siempre dejaba mal acomodadas. Recordé nuestras mañanas: yo sirviéndole el desayuno, él abrazándome por detrás, mordiéndome el cuello mientras se reía de mi bata rosa. Recordé cómo me hacía modelar su ropa interior favorita, cómo me acomodaba los tirantes del brasier, cómo me guiaba en la intimidad con paciencia… y dominio.


Me senté en nuestra cama. Una lágrima me cayó por la mejilla.


Fui feliz.

Aunque fuera una felicidad construida sobre mentiras… lo amé. A mi manera. Con el cuerpo que él creó y con el corazón que, sin querer, también moldeó.


Respiré hondo.


Ya no queda pasado para recuperar.

Solo el presente… y lo único que sé hacer.


Ser esposa.

Ser mujer de alguien.


Y mientras me miro al espejo, acomodando mis curvas, ajustando el escote, pasando el labial que a él le gustaba… sé lo que toca ahora.


Buscar un nuevo marido.

Alguien a quien pertenecer.

Alguien para quien seguir siendo la mujer en la que me convirtieron.


martes, 21 de octubre de 2025

 Todavía no lo asimilo.

Estoy frente a ella… y no puedo dejar de pensar que, hace unos meses, era Arturo, mi mejor amigo de toda la vida.



Todo comenzó hace unos meses. Esa nueva etapa biológica estaba ocurriendo en algunas personas, como una especie de reinicio del cuerpo. Algunos solo cambiaban pequeños rasgos; otros, como Arturo, se transformaban por completo.

Recuerdo el mensaje que me mandó: “Hermano, no te asustes cuando me veas”. Pensé que era una broma.


Pero el día que lo vi… o mejor dicho, la vi… me quedé sin palabras.

Su rostro era suave, delicado. Sus labios parecían recién pintados, aunque no llevaba maquillaje. Su cuerpo… era imposible de describir sin sentir cómo se me aceleraba el corazón.

—¿Qué tal? —me dijo riendo, nerviosa—. Supongo que ya no puedo seguir usando mi viejo nombre.

No supe qué contestar. Solo asentí, mirándola sin poder creerlo.


Al principio intenté tratarla como siempre. Seguíamos hablando, salíamos, veíamos películas. Pero ya no podía ignorar lo evidente. Cada vez que se reía, su voz sonaba diferente; cada vez que me abrazaba, su perfume me dejaba sin aire.

Era mi amiga ahora. Y también, la chica más linda que había conocido.


—No me mires así —me dijo un día, notando cómo la observaba.

—No puedo evitarlo —le respondí—. Es raro.

—¿Raro? —preguntó, acercándose un poco más.

—Sí… tú. Esto. Todo.


Ella bajó la mirada, pero luego sonrió.

—Yo también lo siento raro —susurró—. Pero no feo. Solo… nuevo.



Recuerdo cómo se giró y me miró con una sonrisa tímida. Llevaba un vestido sencillo, su cabello le caía hasta los hombros y sus ojos —los mismos ojos de mi amigo— brillaban con una mezcla de vergüenza y orgullo.

—¿Qué opinas? —me preguntó.

Yo apenas pude hablar. Todo lo que veía era belleza, frescura… y algo que me confundía profundamente.


Pasaron los días y seguimos viéndonos. Intenté tratarla igual, bromear como antes, pero ya nada era igual. Su voz sonaba más suave, su forma de caminar tenía una ligereza nueva, y cuando reía, sentía algo extraño en el pecho. Una mezcla de nervios, sorpresa y deseo.


Ella parecía notarlo. Cada vez se acercaba más, me tocaba el brazo, me miraba con esa sonrisa traviesa que conocía tan bien, pero que ahora se sentía distinta.

—Nunca pensé que me mirarías así —dijo un día, muy cerca de mí.

No supe qué responder.

—No sé qué me pasa —confesé—. Eres tú… pero al mismo tiempo no lo eres.


Nuestra confianza creció poco a poco, como si nos estuviéramos redescubriendo. Ya no éramos solo amigos, pero tampoco sabíamos qué éramos exactamente. A veces hablábamos hasta tarde, y sus mensajes siempre tenían ese toque dulce, como si cada palabra viniera cargada de un nuevo significado.


Una noche, mientras repasaba viejas fotos nuestras, recibí una notificación. Era de ella. Al abrirla, me quedé sin aire: una selfie, tomada frente al espejo, con una sonrisa coqueta únicamente su  pecho cubierto por un delicado sostén.



No era vulgar. Era… hermosa. Pura, y a la vez tan distinta a todo lo que recordaba de Arturo.

Me sonrojé sin poder evitarlo.

En ese instante entendí que ya no había vuelta atrás.

Mi mejor amigo se había ido para siempre.

Y en su lugar, había nacido alguien que no podía dejar de mirar.

Pasaban los días y yo frecuentaba verla, como en los viejos tiempos. Sus padres me conocían desde siempre y sabían que yo era un apoyo para ella. A veces me quedaba a cenar, otras solo la acompañaba a caminar por el vecindario mientras hablábamos de todo y de nada. Era extraño… parecía que el tiempo se había detenido, pero a la vez todo era distinto.


Ella había cambiado, sí, pero su risa seguía siendo la misma. Esa mezcla de dulzura y picardía que siempre me hacía sonreír. Y aunque ya no era mi amigo de antes, cada vez que la miraba, sentía que en el fondo seguíamos siendo los mismos.


Una tarde, al despedirnos, me abrazó y me susurró:

—Gracias por no irte.

No respondí. Solo la abracé más fuerte, sabiendo que, de algún modo, siempre iba a quedarme.

Esa noche me quedé con ella más tiempo.

Sus padres habían salido y la casa estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido lejano de la calle y el suave sonido del ventilador girando. Hablamos durante horas, riendo por cosas viejas, recordando los días en que todavía éramos dos chicos que creían que nada cambiaría. Pero ahora, cada palabra, cada mirada, parecía tener otro peso.


Ella salió de la habitación por un momento y cuando volvió, me quedé sin aire. 



No era solo su apariencia (aunque era imposible no notarla), sino la seguridad con la que se movía. Su cuerpo había cambiado, pero también su forma de mirarme. Traía en la mano un preservativo y sonreía con un dejo de timidez.

—Lo encontré entre las cosas de mamá —dijo riendo bajito—. Supongo que sirve como símbolo de precaución.


No supe qué responder. Era como si el aire se hubiera vuelto más denso, más cálido. Ella se sentó junto a mí, tan cerca que podía sentir el perfume de su piel. No era el aroma de alguien nuevo, sino una mezcla familiar que reconocí al instante. Era ella… pero al mismo tiempo, no.


—¿Estás bien con esto? —preguntó, bajando la mirada.

—No lo sé —admití—. Es raro.

—Lo sé. Para mí también lo es. Pero… no quiero seguir sintiendo que me escondo, quiero intentarlo.


Su sinceridad me desarmó. Vi en sus ojos una mezcla de miedo y esperanza, la misma que alguna vez vi en mi propio reflejo cuando la vida cambió sin avisar. Y entonces entendí: no se trataba de lo que había perdido, sino de lo que había encontrado.


Nos miramos largo rato. En silencio. Hasta que su mano buscó la mía. No hizo falta decir nada. Ese contacto bastó para que todo lo que habíamos sido, y todo lo que éramos ahora, se entrelazara en una sola historia.


Nuestra primera vez, si podía llamarse así, no fue perfecta. Ninguno sabía exactamente qué hacer con tanto nervio, con tanto cambio. Hubo risas, torpeza, inseguridad… y también una ternura que nunca había sentido antes. Fue un desastre hermoso.


Y sin embargo, ella fue maravillosa.

No solo por su cuerpo, o su voz, o la forma en que me miraba, sino porque, por primera vez, la vi completa. Sin máscaras. Sin miedo.



Aquella noche comprendí algo que me acompañaría siempre: Arturo ya no existía, pero lo que sentía por él —por ella— no había desaparecido. Solo había tomado una forma distinta.

Y quizás eso era lo más humano de todo: aceptar que el cariño, el amor y el deseo pueden sobrevivir incluso al cambio más profundo.


Desde entonces, cuando pienso en esa noche, no recuerdo el desconcierto ni la culpa. Solo recuerdo su sonrisa, la misma de siempre, en un rostro nuevo.

Y entiendo que, tal vez, no perdí a mi mejor amigo…

Solo lo reencontré en la piel de la persona que estaba destinada a ser.




cada vez que la veo, me cuesta creerlo.

La linda chica que tengo frente a mí, sonriendo con inocencia, es la misma persona que compartió conmigo risas, secretos y aventuras desde la infancia.

Mi mejor amigo… convertido en la mujer que no puedo dejar de desear.


Epílogo 

Y una  noche nos miramos con complicidad.

Ambos sabíamos lo que queríamos, aunque no era algo que necesitáramos decir en voz alta. Habíamos planeado esto todo este tiempo, lo que la vida y las circunstancias habían hecho más intenso y especial. El simple hecho de mirarnos era suficiente para comprendernos: había una conexión que iba más allá de la amistad, más allá de cualquier cambio físico.


Llegué antes de que sus padres se fueran, y el platique con ellos como de costumbre 


No nos apresuramos , prendimos la consola y no jugamos . Nos tomamos nuestro tiempo. Nos acomodamos en la sala, sentados uno frente al otro, con las manos rozándose apenas de vez en cuando, simplemente disfrutando la cercanía. Podía ver la confianza en sus ojos, las sabamos una broma. O un cometario para disimular  nuetras intenciones. 


Cuando escuchamos que sus padres se aproximaban, nos levantamos con cuidado, pero ninguno de los dos quería romper el momento. Nos dirigimos a la habitación que usualmente compartían sus padres, un lugar donde podíamos estar solos,  El espacio estaba tranquilo, iluminado por la luz cálida de la lámpara de noche, y de repente todo parecía detenerse.


domingo, 12 de octubre de 2025


Cuando encontré el hechizo, supe al instante cómo lo iba a usar. No era un descubrimiento cualquiera; era la llave a un deseo que había llevado escondido toda mi vida, un anhelo que ni siquiera me había permitido admitir. Siempre había amado a mi madre, y no de manera superficial. Me fascinaba todo de ella: cómo se movía, cómo vestía, cómo sonreía, cómo su sola presencia podía llenar una habitación. Cada gesto suyo era perfecto a mis ojos, y siempre había querido ser como ella, vivir la vida que ella vivía, sentir el mundo desde su perspectiva.




Todavía guardo recuerdos vívidos de mi infancia. De cuando me llevaba a nadar y yo, pequeña e inocente, la observaba cambiarse detrás de la toalla. Sentía una mezcla de fascinación y envidia: deseaba tener ese cuerpo algún día, deseaba sentir en mi propia piel la suavidad de sus brazos, el contorno de sus caderas, la firmeza y calidez de sus pechos. Pensaba en lo hermosa que era y en cuánto quería ser como ella cuando creciera. Aquella fascinación se quedó conmigo, creciendo en secreto, alimentando un deseo que parecía imposible de realizar.




Hoy, después de años de fantasías y secretos, ese sueño finalmente se hace realidad. Siento cómo el hechizo ha moldeado mi cuerpo, transformándome completamente en ella. No soy solo parecida: soy ella. Mis manos recorren los mismos pechos que recuerdo de niño, los mismos que amamantaron a mi yo bebé. La piel es suave, cálida, y al tocarlos un estremecimiento recorre todo mi cuerpo. Es extraño, porque son parte de mi pasado y de mi presente al mismo tiempo. Siento una mezcla de asombro, reverencia y deseo al explorar cada curva y cada línea que antes solo podía observar desde lejos.




Debajo de estas prendas, descubro la misma vagina de la que nací, la misma que mi padre follo para darme existencia. Es extraño y fascinante sentir la esencia de mi origen entre mis propias manos; cada contacto me llena de reverencia, asombro y una extraña excitación. Está bien cuidada, con su suavidad natural, y parece virgen; cada detalle me hace comprender la historia y la vida que ha llevado.



Cada movimiento de mis dedos sobre mi piel provoca sensaciones desconocidas, intensas, que nunca había experimentado como niño. Es un descubrimiento constante: este cuerpo es familiar y nuevo a la vez, y cada centímetro me hace comprender la profundidad de mi deseo y la magnitud de esta transformación.


Me detengo frente al espejo y me miro detenidamente. Cada rasgo, cada curva, cada línea, cada detalle está ahora en mí. La mandíbula, los labios, los ojos, los senos, las caderas, todo es perfecto. Es un reflejo de la mujer que siempre he amado, idolatrado y deseado ser, pero ahora es mío para explorar. Mis manos recorren mi rostro, bajan por mis hombros, brazos, torso y finalmente descansan en mis caderas, sintiendo la suavidad de la piel, la firmeza y el peso de mi nuevo trasero. Todo es exactamente como lo recordaba, pero más intenso, más real.



Decido vestirme. Abro el armario y mis ojos se posan sobre un vestido que siempre me había fascinado de niña. Es el que mi madre usó en una reunión familiar importante, uno que abrazaba sus curvas de manera perfecta. Lo sostengo entre mis manos y siento un estremecimiento. Al colocármelo, la tela se ajusta como si hubiera sido hecha para mí, abrazando cada curva, cada línea, resaltando mis pechos y envolviendo mis caderas con una sensualidad natural. Siento cómo el vestido acaricia mi piel, y un placer inesperado me hace cerrar los ojos por un momento. Nunca imaginé que algo tan simple pudiera sentirse tan intenso.


Decido caminar por la casa, explorando mi nuevo cuerpo en movimiento. Cada paso me hace consciente de mis caderas, de la manera en que mis muslos se rozan, del balance de mi trasero. Cada gesto, cada movimiento de mis brazos y hombros, me recuerda que este cuerpo no es solo una fantasía: es real, tangible, y completamente mío. La sensación de control, de poder sobre este cuerpo, es embriagadora. Me siento viva de una manera que nunca experimenté como niño.


Recuerdo mis días de infancia mientras me miro en otros espejos de la casa: las tardes jugando en el jardín, las veces que me llevaba a nadar, las risas compartidas. Todo parece converger en este momento, y la nostalgia se mezcla con la excitación de mi transformación. Paso mis dedos por mi abdomen, mis caderas, mis muslos, deteniéndome en mis partes más íntimas. La sensación de tener en mis manos la esencia de mi origen es casi abrumadora. Es como si el tiempo se hubiera detenido, permitiéndome vivir cada recuerdo y cada deseo de manera plena y simultánea.


Me siento en el borde de la cama, dejando que mis manos exploren mi cuerpo con más detalle. Siento cómo mis pechos se llenan bajo mis dedos, cómo cada movimiento provoca un cosquilleo profundo y eléctrico. Mis muslos tiemblan levemente, y una sensación de calidez se expande desde mi centro hacia todo mi cuerpo. Cada roce es un recordatorio de que finalmente estoy viviendo la experiencia que había soñado toda mi vida: ser mi madre, sentir su cuerpo y, al mismo tiempo, conocer mi propio deseo desde una perspectiva completamente nueva.


Me acuesto sobre la cama, dejando que la luz de la tarde entre por la ventana y acaricie mi piel. Mis dedos siguen explorando, descubriendo cada rincón de mi cuerpo con una mezcla de reverencia y excitación. Cada centímetro es una revelación, una conexión profunda con la mujer que siempre admiré y con la que ahora soy. Mi respiración se acelera, y un calor interno recorre mi abdomen mientras me pierdo en la contemplación de mi reflejo en el espejo frente a mí.



Horas pasan sin que me dé cuenta. Cada instante es un descubrimiento: la suavidad de mis muslos, la forma de mis caderas, la plenitud de mis pechos, la textura de mi vagina que alguna vez me dio la vida. Es un día entero de exploración, de descubrimiento y de placer silencioso. Me siento completa, poderosa, y a la vez frágil en la maravilla de esta transformación. Todo lo que siempre había deseado ser y sentir se concentra en este cuerpo, en este día, en esta experiencia que jamás olvidaré.


Al caer la noche, me acuesto agotada pero satisfecha. El hechizo ha cumplido su propósito, y yo he cumplido el mío: finalmente, soy mi madre y a la vez soy yo misma, viviendo cada deseo que guardé durante toda mi vida. Mientras cierro los ojos, siento una mezcla de gratitud, asombro y plenitud que nunca creí posible. Todo ha sucedido en un solo día, pero cada momento se siente eterno, como si el tiempo hubiera conspirado para darme exactamente lo que siempre quise: ser ella, ser yo, y sentir cada fibra de su cuerpo como nunca antes.


viernes, 19 de septiembre de 2025

Me desperté confundido… esperaba ver mi cuarto de siempre, mis pósters de videojuegos, mis tenis tirados en el suelo. Pero en su lugar, había un tocador con maquillaje, bras colgados en la silla y un espejo enorme frente a mí.


Al incorporarme, un peso extraño me hizo mirar hacia abajo: dos pechos enormes me rozaban los brazos. Casi me caigo al darme cuenta de que llevaba puesto un camisón de encaje rosa.


—Buenos días, cariño —escuché una voz masculina desde la puerta. Era… ¿mi papá? No, no. Me miraba como si siempre hubiera sido su hija.


Me acerqué al espejo y vi el reflejo de una mujer joven, con cabello largo y brillante, labios pintados y un cuerpo lleno de curvas. Toqué mi rostro, mis caderas, mi trasero redondeado… y nada se sentía falso. Todo era real.


Lo peor, o tal vez lo mejor, fue abrir el cajón del tocador. No había rastros de videojuegos ni de mi vida anterior. Solo maquillaje, joyería y fotos de mí misma… en este cuerpo… desde niña.


El mundo ya no recordaba que alguna vez fui hombre. Solo yo lo sabía. Y cada vez que mis nuevas manos recorrían mi piel, me costaba más recordar cómo se sentía ser el chico que solía ser.