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domingo, 1 de febrero de 2026

Intercambiar cuerpo con mamá: la mejor decisión de mi vida


Todo empezó una noche de viernes, tres meses después del divorcio. Papá se habia divorcido de mamá, ella gano el jucio se quedo con todo, pero lo que mas odio fue se había ido con su secretaria de 19 años y mamá se quedó sola en la casa grande, bebiendo vino tinto en el sillón de la sala mientras yo jugaba videojuegos en mi cuarto. Ella subió las escaleras con la copa en la mano, el vestido negro ajustado que usaba para “sentirse viva otra vez” marcándole cada curva que yo había aprendido a ignorar… o al menos intentarlo.


Se paró en la puerta de mi habitación, descalza, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Cuarenta años y seguía siendo jodidamente impresionante: tetas grandes que desafiaban la gravedad más de lo que deberían, cintura estrecha, caderas anchas que se movían como si tuvieran vida propia, culo redondo y firme que se notaba incluso con ropa. Yo tenía 18 recién cumplidos, cuerpo de gimnasio decente, pero nada comparado con lo que ella desprendía sin siquiera intentarlo.


“¿Podemos hablar, cielo?” dijo con esa voz ronca que ponía cuando el vino ya le había soltado la lengua.



Me quité los audífonos. Ella entró, cerró la puerta y se sentó al borde de mi cama. Olía a perfume caro y a deseo reprimido.


“Estoy harta”, soltó de golpe. “Harta de ser la divorciada triste, harta de que los hombres de mi edad me miren como si fuera un mueble antiguo con buen mantenimiento. Quiero… un verdadero cambio. De verdad. Como cuando tenía tu edad.”


La miré confundido. Ella sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que nunca le había visto dirigida a mí.


“Hay un hechizo. Lo encontré en un foro oscuro. Funciona. Lo probé con una amiga hace dos años… y ella sigue viviendo la vida de su hija de 19. Dice que nunca ha sido tan feliz.”


Pensé que estaba bromeando. Hasta que sacó del bolsillo  un colgante pequeño, negro, con una piedra roja que parecía latir.


“Si intercambiamos cuerpos, yo puedo volver a tener 18 años. Salir, follar como hombre, sentirme joven otra vez. Y tú… tú podrías tener esto.” Señaló su propio cuerpo con las manos abiertas, como si me ofreciera un regalo envuelto en carne. “Este cuerpo que tanto miras cuando crees que no me doy cuenta.”


Me quedé helado. Pero mi verga no. Se puso dura casi al instante solo de imaginarlo.


“¿Y qué gano yo?” pregunté, intentando sonar frío.


Ella se acercó más. Sus tetas casi rozaban mi brazo.


“Todo lo que siempre quisiste probar y nunca te atreviste. Este culo que te tiene loco desde los 15. Estas tetas que pesan y rebotan cuando camino. Esta coño que se moja con solo pensarlo… y que ahora sería tuya. Podrías tocarte todo el día. Podrías dejar que cualquiera te toque. Nadie sabría que eres tú. Serías simplemente… una milf buenísima.”


Tragué saliva. La piedra roja brillaba más fuerte.


“Una semana”, dije. “Solo probamos una semana.”


Ella sonrió como si ya hubiera ganado.


“Una semana.”


Hizo el ritual esa misma noche. Sangre de los dos en la piedra, palabras en latín que no entendí, un corriente eléctrica que duró demasiado para ser solo parte del hechizo. Sentí un tirón eléctrico desde la nuca hasta los huesos. Y luego… oscuridad.


Desperté en su cuerpo. El olor de su perfume caro todavía pegado a las sábanas. Pero no era su olor lo que me llamó la atención primero.


Era el peso.


Dos tetas enormes, pesadas, colgando de mi pecho. Las miré hacia abajo y casi me corro ahí mismo. Los pezones grandes, oscuros, ya duros por el roce de la sábana. Bajé la mano temblorosa y las apreté. Suavicidad irreal, carne caliente que se desbordaba entre mis dedos. Gemí sin querer. Mi voz salió aguda, madura, sensual. La voz de mamá.


Me levanté. Las caderas se movían solas, el culo se balanceaba con cada paso. Me puse frente al espejo de cuerpo entero del vestidor.


Joder.


Piel bronceada, estrías finas plateadas en los costados de las tetas y en la parte baja del vientre que solo la hacían más real, más follable. Cintura marcada, ombligo profundo, monte de Venus abultado cubierto por un triángulo de vello negro perfectamente recortado. Abrí las piernas y separé los labios con dos dedos. Rosa brillante, húmedo, hinchado. El clítoris asomaba como pidiendo atención. Metí un dedo y solté un gemido largo. Estaba empapada. Más mojada de lo que nunca había estado mi verga.



Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas en v y empecé a masturbarme como desesperado. Los dedos entraban y salían con facilidad, el sonido húmedo llenaba la habitación. Las tetas rebotaban con cada embestida de mi mano. Pellizqué un pezón con fuerza y grité. El orgasmo llegó en menos de tres minutos, violento, arqueándome entera, chorros calientes salpicando los muslos y las sábanas. Nunca había sentido algo así. Mi antiguo cuerpo eyaculaba y ya. Esto… esto era ola tras ola, contracciones que no paraban, placer que se extendía hasta las puntas de los dedos de los pies.



Desde ese día, la semana se convirtió en un mes. Luego en tres.


Mamá —ahora en mi cuerpo— se fue a vivir la vida universitaria que nunca tuvo. Fiestas, tríos, sexo en baños de discotecas, mañanas de resaca con desconocidos. Me manda fotos y videos. Dice que nunca ha sido tan feliz.



Yo, mientras tanto, vivo su vida… pero mejor.


Por las mañanas me despierto tocándome las tetas, jugando con mis pezones hasta que estoy empapada antes de abrir los ojos. Me ducho despacio, enjabonando cada curva, metiéndome la alcachofa entre las piernas hasta correrme apoyada en los azulejos. Me visto con su ropa interior de encaje, corpiños que apenas contienen estas ubres, tangas que se clavan entre las nalgas. Luego me pongo vestidos ajustados, escotes profundos, faldas cortas que apenas cubren el culo.


Salgo a la calle y siento las miradas. Hombres de 25, de 35, de 50. Todos me quieren follar. Y yo los dejo.


El vecino de al lado, un divorciado de 45, me invitó a “tomar un café” la segunda semana. Terminé de rodillas en su cocina chupándole la verga mientras él me agarraba las tetas por encima del vestido y gemía “joder, qué tetas tan perfectas”. 


Me corrí solo con sus dedos en mi concha, sin que me penetrara. Luego me puso en cuatro sobre la mesa del comedor y me la metió hasta el fondo. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome. Me agarró del pelo y me dio tan fuerte que las tetas golpeaban contra la madera. Cuando se corrió dentro, sentí el calor inundándome y volví a tener un orgasmo brutal, gritando su nombre aunque ni siquiera recuerdo cómo se llama.



Los fines de semana salgo de cacería.


Me he follado al entrenador personal del gimnasio en los vestidores, con las pesas de fondo. Me puse en cuclillas y le mamé la verga hasta que me llenó la boca, luego me monté encima y cabalgue hasta que me temblaban las piernas. Me he dejado follar por dos primos en una fiesta de la oficina de mamá —sí, ahora voy a sus eventos de trabajo—, uno en la concha y otro en la boca, mientras me pellizcaban los pezones y me llamaban “puta milf deliciosa”.



Cada vez que me corro, pienso: “Esto es mío ahora. Este cuerpo es mío.”


Anoche volví a casa a las 4 de la mañana, con el coño hinchado y dolorido después de que un chavo de 22 me follara en el coche durante casi dos horas. Me quité el vestido empapado de sudor y semen, me metí en la cama desnuda y empecé a tocarme otra vez. Las tetas pesadas, el culo marcado por cachetadas, los muslos pegajosos. Me corrí tres veces seguidas pensando en lo que mamá me regaló sin saber que nunca se lo devolvería.



Le mandé un mensaje a mama esta mañana:


“La semana se acabó hace meses, mamá. Creo que me quedo con esto. Tú quédate con el mío. Nunca he sido tan feliz.”


Su respuesta llegó un mensaje de ella...

“Trato hecho, cariño. Disfruta esa coño. Yo estoy ocupado.”


Sonreí, me abrí de piernas frente al espejo y empecé a grabarme. Porque este cuerpo de milf sexy de 40 años… ya no es de ella.


Es mío.


Y lo voy a usar hasta que no quede nada por follar.


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