Ahí estaba yo, o mejor dicho, "ella", en la sala, con el sol de la tarde dominical filtrándose por las cortinas. Era el cuerpo de mi tía Selena, la hermana de mi mamá, y este intercambio secreto que habíamos hecho al principio del verano ya no se sentía como un algo temporal. Llevaba puestos unos shorts grises ajustados que se ceñían a mis caderas anchas y muslos gruesos, y una blusa de tirantes gris sin sostén debajo –porque, ¿para qué? En casa, sola, sentía cómo mis pechos pesados se movían libremente con cada respiración, una sensación que al principio me avergonzaba, pero ahora... me excitaba. Mis uñas pintadas de rosa rozaban la manija de la puerta, como si estuviera invitando a alguien a entrar en esta nueva vida.
Al principio, pensé que sería solo unas semanas: yo en su cuerpo curvilíneo y sensual, ella en el mío, para "experimentar" y divertirnos en secreto. Pero ahora, después de meses, me encontraba considerando quedarme para siempre. ¿Por qué volver? La forma en que me trataban los hombres era adictiva. Salía a la calle y sus miradas se clavaban en mí como imanes: en mis curvas, en el rebote de mis senos bajo la ropa ligera, en el vaivén de mis caderas al caminar. No era solo lujuria; era poder. Me abrían puertas, me sonreían con esa mezcla de deseo y respeto que nunca había sentido como chico. Un vecino me ayudó con las bolsas del supermercado el otro día, rozando "accidentalmente" mi brazo, y sentí un cosquilleo que me hizo mojarme ahí mismo. ¿Quién querría renunciar a eso?
Al principio, el swap fue solo un experimento. Selena, con su vida de soltera liberada, me propuso el cambio: yo en su cuerpo curvilíneo de 35 años, ella en el mío de 22, para unas primero por unos dias, luego semas hasta que hoy acordamos todo el verano de diversión anónima
Pero ahora, meses después, me encontraba aquí, considerando seriamente quedarme para siempre. ¿Por qué no? Como hombre, nunca había experimentado este torrente de sensaciones que venía con ser mujer. Mi vagina, por ejemplo –Dios, solo decirlo me hace sonrojar y excitar al mismo tiempo–. Es como un universo propio ahí abajo: suave, húmeda, siempre lista para responder al menor estímulo. Recuerdo la primera vez que la exploré, sola en la cama de Selena, esa noche después del cambio. Mis dedos, ahora delicados y con uñas largas, se deslizaron por los labios externos, suaves como pétalos de rosa. Estaba nerviosa, como si estuviera invadiendo territorio ajeno, pero la curiosidad ganó. Toqué el clítoris –un botoncito sensible que me hizo jadear al instante– y sentí cómo se hinchaba bajo mi roce. Introduje un dedo, luego dos, explorando las paredes internas que se contraían alrededor de mí. Era cálido, resbaladizo, y el placer no era esa explosión rápida que conocía como hombre; era un oleaje creciente, que me llevaba a un clímax que duraba minutos, dejando mi cuerpo temblando y mi mente en blanco. Como hombre, el orgasmo era un disparo y fin; aquí, era una sinfonía que reverberaba en todo mi ser. Me corrí tres veces esa noche, empapando las sábanas, y pensé: "Esto es adictivo. ¿Cómo las mujeres no hacen esto todo el día?"
Y luego están mis senos. Oh, mis gloriosos senos. Grandes, firmes, con pezones oscuros y sensibles que se endurecen con el menor roce. Como hombre, nunca entendí el alboroto; ahora, son mi obsesión. Sin sostén, como hoy, siento su peso delicioso tirando de mí, el balanceo al caminar que me hace sentir sexy y poderosa. La primera vez que dejé que alguien los tocara fue con Marco, un viejo amigo de Selena que la cortejaba desde hace meses. Él pensaba que era la verdadera ella, por supuesto. Salimos a un bar en el centro, yo vestida con un top escotado que dejaba poco a la imaginación. Me miró todo el tiempo, sus ojos devorando el escote, y yo sentí un poder que nunca tuve como chico. "Selena, estás irresistible", murmuró, y yo le sonreí, coqueteando con pestañeos. En su auto, después, me besó el cuello, bajando a mis senos. Sacó uno del top y lo chupó con hambre, la lengua girando alrededor del pezón, mordisqueando justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda. El placer era eléctrico, irradiando directo a mi vagina, que se mojó al instante. Gemí como una puta –sí, esa palabra, puta, que ahora me excita en lugar de ofenderme–. Como hombre, nunca habría pensado en ser una puta; era algo distante, juzgado. Pero ahora, en este cuerpo, el pensamiento me invade: ¿por qué no serlo? Ser deseada, follada, usada para placer mutuo. Es liberador. Dejé que me chupara los dos senos, alternando, mientras mis manos bajaban a su pantalón. Esa noche no follamos, pero me masturbé pensando en ello, imaginando ser la zorra que todos quieren....
Ademas de eso ...Pasar tiempo con las amigas de mi tía –ellas creen que soy la verdadera Selena, claro– es como entrar en un club exclusivo. Risas en el café, chismes jugosos sobre hombres, manicuras compartidas. Me siento conectada, viva, deseada de una forma que mi viejo yo nunca imaginó. Ellas me cuentan sus secretos, me abrazan, y yo me derrito en esa sororidad cálida.
Pero lo que realmente me hace dudar es el sexo.
Los hombres me tratan diferente ahora, y eso es parte del encanto. Como chico, era invisible; ahora, soy el centro de atención. Salgo a la calle en shorts cortos como estos, y sus miradas me queman la piel: en mis piernas gruesas, en el culo redondo que se mueve con cada paso, en los senos que rebotan ligeramente. Un tipo en el supermercado me ayudó con las bolsas, rozando "accidentalmente" mi brazo, y sentí esa chispa. Otro en el gimnasio me ofreció entrenar juntas, sus ojos fijos en mi escote mientras sudaba. Es poder puro. Me miran con lujuria, pero también con una especie de reverencia, abriéndome puertas, comprándome bebidas. Como hombre, nunca tuve eso; era competencia o indiferencia. Ahora, me siento deseada, viva. Y el lado psicológico femenino... es un mundo nuevo. La ropa, por Dios: estos shorts que se pegan a mi vagina, recordándome su presencia constante; la blusa que deja mis hombros desnudos, invitando toques. Es sensual, erótico. Pasar tiempo con las amigas de Selena –ellas creen que soy ella, claro– es como entrar en un club secreto. Vamos al spa, charlamos de hombres mientras nos hacen manicuras, compartimos secretos sobre sexo. "Selena, ¿cómo consigues que te follen tan bien?", me preguntó una el otro día, y yo reí, contándoles detalles inventados pero basados en mis nuevas experiencias. Me siento conectada, parte de una hermandad que nutre el alma. Como hombre, las amistades eran superficiales; aquí, son profundas, emocionales.
Pero el sexo... ay, el sexo es lo que me hace querer quedarme para siempre. Anoche fue épico. Invité a Diego, un ligue casual de Selena que encontré en su teléfono. Vino a casa, y yo lo recibí en esta misma ropa cómoda: shorts y blusa, sin nada debajo. Me besó con urgencia, sus manos en mis senos al instante, amasándolos, pellizcando los pezones hasta que gemí. "Eres una puta deliciosa, Selena", dijo, y en lugar de ofenderme, me encendió. Lo llevé al sofá, me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su erección contra mi vagina a través de la tela. Bajé los shorts, exponiendo mi coño depilado –sí, lo depilé yo misma, otra delicia femenina: el roce suave de la piel–. Él se arrodilló y me lamió, la lengua explorando mis labios, chupando el clítoris hasta que me corrí en su boca, gritando. Luego, me penetró: su polla dura entrando en mí, llenándome por completo. Era profundo, rítmico, mis paredes internas apretándolo. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo, mis senos rebotando en su cara mientras él los chupaba. "Córrete dentro", le pedí, algo que como hombre nunca habría imaginado decir. Y lo hizo: caliente, espeso, derramándose en mi vagina, mezclándose con mis jugos. Sentí esa plenitud, esa conexión primal. Después, tumbada ahí, con su semen goteando de mí, pensé en lo puta que me sentía –y lo amaba. Como hombre, el sexo era conquista; ahora, es entrega, placer infinito, multiorgásmico.
¿Volver? No. Este cuerpo es mío ahora: la vagina que palpita de deseo, los senos que me hacen sentir diosa, la libertad de ser una mujer puta y orgullosa.




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