🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯

domingo, 1 de febrero de 2026



Estoy sentado en una de esas sillas de plástico duro típicas de consultorios privados. El aire huele a desinfectante y a perfume caro de doctora. Frente a mí, sobre la camilla con estribos, está ella.


Rubia. Pequeña. Piernas suaves y ligeramente bronceadas que cuelgan con inocencia fingida. Lleva una bata de paciente que apenas le cubre la mitad de los muslos y que se abre cada vez que respira profundo. Sus pezones marcan la tela fina como si tuvieran vida propia. Tiene las manos sobre el regazo, apretando el borde de la bata, pero sus dedos tiemblan de anticipación más que de nervios.



Hace siete meses se llamaba Tomás.


Tomás tenía cuarenta y dos años, manos grandes de herrero, voz grave que tranquilizaba, y una barba de tres días que siempre olía ligeramente a café y hierro. Cuando mi mamá y yo nos mudamos al vecindario yo tenía once años y él fue el primero que llegó con una caja de herramientas y una sonrisa. Arregló la puerta que no cerraba, cambió la llave de paso que goteaba, instaló el ventilador del techo que mi madre no alcanzaba. Nunca pidió nada a cambio. Solo decía “para eso estamos los vecinos, mijo”.


Se convirtió en mi figura paterna sin que nadie lo pidiera. Me enseñó a soldar, a cambiar bujías, a no llorar cuando te caes de la bici aunque te duela horrores. Era paciente. Sabio. Bueno.

En mi cumpleaños 20 me regalo su viejo auto clasico, que ya no usaba...


Y luego llegó el virus.


Primero fue la fiebre que no bajaba. Después el cansancio absurdo. Luego el dolor en los huesos como si alguien los estuviera limando desde adentro. Y de pronto… los cambios.


El vello corporal se le cayó en mechones. La barba desapareció en dos semanas. La voz se le quebró una mañana mientras desayunábamos juntos y nunca volvió a bajar del todo. Sus hombros se estrecharon. La cintura se le marcó. Las caderas se ensancharon lentamente, como si alguien estuviera moldeando arcilla debajo de su piel. Los pechos empezaron a dolerle y luego a crecer. Primero como bultitos sensibles, después como manzanas maduras que rebotaban cuando caminaba.


Yo estuve ahí en cada etapa.


Lo acompañé al baño cuando vomitó la primera vez que le bajó. Le sostuve el pelo —que ya le llegaba a los hombros y olía a vainilla— mientras lloraba porque no entendía qué le estaba pasando. Le compré ropa interior de mujer cuando la suya empezó a quedarle ridícula. Le puse crema en las estrías que le salieron en los costados y en la parte baja de los senos. Lo abracé cuando dijo con voz finita “ya no sé quién soy”.


Y luego… la personalidad cambió.


El hombre serio y contenido se fue desvaneciendo. En su lugar apareció una risa aguda, miradas coquetas, mordidas de labio inferior cuando me veía fijamente. Empezó a caminar contoneándose sin darse cuenta. Se tocaba el pelo constantemente. Se sentaba con las piernas abiertas “porque así se siente más cómodo” y luego se reía tapándose la boca como adolescente.


Una mañana me despertó gateando sobre mi cama. Llevaba solo una camiseta mía que le quedaba como vestido corto. Olía a shampoo de fresa y a excitación pura. Me miró con esos ojos grandes, ahora color miel, y susurró:



“¿Me dejas chupártela? Solo un poquito… por favor…”


Tenía la mano ya dentro de mis bóxers antes de que pudiera procesar la frase. La saqué con suavidad. Ella hizo un puchero, se le llenaron los ojos de lágrimas y murmuró “¿ya no te gusto?” antes de salir corriendo al baño a masturbarse ruidosamente.


Desde ese día su libido no ha parado de subir.

La decidí, llevar al medico...


La doctora entra.

Lee la carpeta un segundo y levanta la vista.


—Otro caso de Gripe de Género con regresión de Edad. ¿son Familiares?


Me pongo de pie por instinto.


—Soy… vecino. Pero él —trago saliva— él era como mi padre. Lo he cuidado desde el todo empeso.


La doctora asiente sin juzgar. Se pone guantes de látex con un chasquido seco.



La doctora le toma la presión, el pulso, escucha el corazón con el estetoscopio. Luego baja.



—Veamos cómo está el desarrollo mamario…


Aprieta suavemente cada seno. Ella suelta un gemidito agudo y arquea la espalda. La doctora sonríe de lado.


—Senos tipo B, bien formados para el tiempo de evolución. Sensibles… muy sensibles. Normal en fase 3.


Acuéstate bien, bonita. Abre las piernas.




Ella —ya no puedo llamarla Tomás ni siquiera en mi cabeza— obedece al instante. Separa los muslos con naturalidad obscena. La bata se abre del todo. Sus pechos pequeños pero perfectamente redondos suben y bajan con la respiración acelerada. Los pezones están duros como piedritas rosadas.





Baja más. Separa los labios mayores con dos dedos enguantados. El interior brilla. Hilo transparente de lubricación natural cuelga entre los pliegues.


—Dios… está empapada. Himen intacto todavía, pero la entrada está hinchada y muy vascularizada. Respuesta de excitación máxima.


Mete el dedo medio despacio. Solo hasta la segunda falange. Ella jadea fuerte, aprieta las sábanas, los dedos de los pies se encogen.


—Paredes vaginales engrosadas, textura aterciopelada… lubricación excesiva. Clítoris hipertrofiado. —La doctora me mira directo a los ojos mientras sigue moviendo el dedo lentamente—. Por lo visto aun no te la has cogido




Me arde la cara.


—No… ella… él… solía ser como un padre para mí. No me atrevería.


La doctora saca el dedo. Un hilillo brillante se estira antes de romperse. Ella gime bajito, frustrada.


—Esta mañana me la quiso chupar —admito en voz baja—. Me la sacó y… pero no la dejé.


La doctora  con calma.


—Su líbido está en pico. El virus acelera las hormonas sexuales hasta niveles de adolescente en celo permanente. Si no la follas pronto, ella va a buscar a quien sí lo haga. Ya no es aquel hombre. Ese Tomás se fue. Ahora es esta chica. Y esta chica necesita que la llenen, que la hagan gritar, que la dejen temblando y con el coño goteando semen. Si no eres tú… será el repartidor, el vecino negro del 5B, el muchacho de la tiendita. No tiene filtro. No tiene vergüenza. Solo tiene hambre.... y si tu no selodad


Mira a la chica en la camilla. Ella se está tocando el clítoris con dos dedos en círculos rápidos, mordiéndose el labio inferior, mirándome con ojos suplicantes.


—¿Quieres que te folle? —le pregunto casi sin voz.


Ella asiente frenéticamente.


—S-sí… por favor… duele… lo necesito dentro… por favor…


La doctora se cruza de brazos.


—Tienes dos opciones. La llevas a casa y la cuidas como se debe… o la dejo aquí y llamo a psiquiatría para que la estabilicen químicamente. Pero créeme… la química no va a apagar ese fuego. Solo lo va a retrasar.


Miro sus piernas abiertas. El coño rosado, brillante, palpitante. Los pechitos que suben y bajan. La carita de niña cachonda que ya no recuerda cómo ser hombre.



Me acerco.


Le acaricio la mejilla. Ella frota la cara contra mi mano como gatita.


—Vamos a casa —susurro.


Ella sonríe, enormes, brillante, feliz.


—Gracias… papi…


Y en ese momento algo dentro de mí se rompe para siempre.


Porque ya no es Tomás.


Es ella.


Y yo… voy a tener que aprender a quererla exactamente como es ahora.

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