🗯RECUERDEN QUE SUBIMOS DE 3 A 4 CAP, CADA FIN DE SEMANA 🗯

lunes, 12 de enero de 2026



La habitación de Ian olía a lo de siempre: pizza fría y el ligero zumbido de la consola. Pero la presencia sentada en el puf de al lado era algo totalmente nuevo. Jacob ya no existía; en su lugar estaba Jane, una mujer que parecía haber florecido de golpe en una madurez vibrante. Su piel era tersa, su cabello caía en ondas castañas y su cuerpo proyectaba la seguridad de una mujer de treinta años, a pesar de que sus recuerdos de "mejor amigo" aún estaban frescos.

Jane dejó el control sobre la alfombra y miró de reojo hacia la puerta cerrada. Sabía que el padre de Ian, el señor Miller, estaba en la cocina, solo, como todas las noches desde hacía años.

Jane: Oye, Ian... ¿alguna vez te has puesto a pensar en lo solo que está tu papá?

Ian: (Sin apartar la vista de la pantalla) Mi viejo está bien, Jane. Se acostumbró a la rutina. Además, ahora que trabajas con tu mamá en la florería, deberías traerle algo para que la casa no parezca un búnker.

Jane: No hablo de flores, tonto. Hablo de compañía. De una mujer.

Ian: (Ríe con ironía) ¿Mi papá? Por favor. No ha tenido una cita en una década. Es un caso perdido.

Jane: (Se acomoda el cabello detrás de la oreja, sonriendo de lado) No creo que sea un caso perdido. Solo necesita el estímulo adecuado. De hecho... estaba pensando que ahora que técnicamente soy una "milf", ¿podría salir con tu papá?

Ian soltó el mando. El personaje en la pantalla murió instantáneamente, pero a él no le importó. Giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.

Ian: ¿Qué acabas de decir? Jane, por el amor de Dios, ¡era mi mejor amigo hace seis meses!

Jane: (Con voz suave y melódica) Era, Ian. El pasado es pasado. Mírame. No soy Jacob. Soy Jane. Pasé por una transformación que ni yo misma entiendo del todo, pero mis instintos... mis impulsos femeninos, están gritando.

Ian: Es mi padre, Jane. ¡Es raro! Es más que raro, es una violación a todas las leyes de la amistad.

Jane: (Se levanta y camina con elegancia hacia el espejo de la habitación, acariciando sus propias caderas) ¿Raro? ¿Por qué? Mírame bien, Ian. Tengo treinta años en apariencia. Tengo estas caderas que no mienten, estos senos que llenan cualquier blusa y, aunque te cueste escucharlo... sigo siendo virgen en este cuerpo. ¿Qué hombre en su sano juicio se resistiría a eso?


Ian: ¡Yo no quiero escuchar sobre tu vagina, Jane! ¡Cállate!

Jane: (Se ríe, una risa profunda y femenina) No seas infantil. Estoy siendo honesta contigo porque eres mi mejor amigo. Siento una atracción eléctrica por él. Y no me digas que él no lo nota. Cada vez que llego a visitarte y paso por la sala, siento su mirada.

Ian: Mi papá es un caballero. Él no...

Jane: (Interrumpiéndolo) Tu papá es un hombre. Y cada vez que entro con mis jeans ajustados, sus ojos se clavan en mi trasero. Cuando me inclino para saludarlo, no puede evitar mirar mi busto. Lo he visto tensarse, Ian. He visto cómo se le corta la respiración.

Ian: Estás loca. Estás absolutamente loca por las hormonas.

Jane: No es locura, es deseo. Quiero hacerlo feliz. Sé que podría darle lo que nadie le ha dado en años. Imagínatelo: yo, llegando de la florería, oliendo a jazmines, esperándolo con una cena y... bueno, con todo lo demás. Mis impulsos me piden ser poseída por un hombre de verdad, alguien con experiencia, alguien como él.

Ian: (Se cubre la cara con las manos) Esto es una pesadilla. Si sales con él, ¿qué se supone que serás? ¿Mi madrastra?

Jane: (Caminando hacia él y poniendo una mano en su hombro) Sería la mujer que cuida a tu padre. Y tú seguirías siendo mi mejor amigo. ¿Acaso no quieres que él deje de estar triste? ¿No quieres que deje de suspirar frente a la televisión todas las noches?

Ian: Quiero que sea feliz, pero no a costa de que mi mejor amigo se convierta en la persona que... que hace ruidos en la habitación de al lado.


Jane: ¿Por qué no? Soy una mujer soltera, hermosa y, honestamente, él me encanta. Me gusta cómo se le marcan las canas y esa mirada de hombre serio que pone cuando cree que nadie lo ve. Me pone muy nerviosa... de la buena manera. Me imagino cómo serían sus manos grandes apretando mis senos, o cómo me tomaría de la cintura con fuerza para... ya sabes.



Ian: ¡Jane! ¡Detente! ¡Es demasiada información sobre mi propio padre!

Jane: (Riendo, sentándose de nuevo muy cerca de él, dejando que el roce de su brazo lo ponga nervioso) Oh, vamos. Imagínate la situación. Yo podría ser tu "madrastra". Te dejaría jugar hasta tarde y te daría los mejores consejos. Pero fuera de bromas, Ian... mis impulsos femeninos están fuera de control. Realmente deseo tener sexo con él. Quiero saber qué se siente ser poseída por un hombre de verdad, y tu padre es el candidato perfecto para estrenar este cuerpo.

Ian: Estás loca. Mi papá se moriría de un infarto si se entera de quién eras antes.

Jane: Al contrario. Creo que le encantaría el "giro de la trama". Además, mírame bien. (Ella tomó la mano de Ian y la obligó a sentir la firmeza de su muslo). No queda nada de ese chico. Soy Jane. Y piénsalo, Ian... ¿qué hombre en su sano juicio rechazaría lo que yo ofrezco? Soy una mujer de treinta años en su punto máximo, pero con el tesoro de una virgen.

Ian: (Tragando saliva, desviando la mirada) ¿A qué te refieres con eso?

Jane: (Con voz sugerente) Me refiero a que mi vagina está intacta, Ian. Es estrecha, perfecta, esperando a ser reclamada. Los hombres se vuelven locos por la idea de ser los primeros, y más cuando viene en un paquete como el mío. Es un arma de seducción infalible. Y si por alguna razón extraña su moral fuera más fuerte que su deseo y no lograra conquistarlo con eso... bueno, siempre puedo ser más atrevida. Si mi frente no lo convence, tal vez un poco de juego anal lo haga rendirse por completo. Ningún hombre dice que no a una mujer hermosa que está dispuesta a todo por él.

Ian: (Tapándose los oídos) ¡No puedo creer que estemos hablando de sexo anal y de mi padre en la misma frase! ¡Basta!

Jane: (Guiñando un ojo, divertida) Solo estoy siendo realista. Tengo un arsenal completo para que pierda la cabeza. Esta noche, cuando me vaya, voy a "olvidar" mi bolso en el sofá. Así tendré una excusa perfecta para volver más tarde, cuando tú estés fuera entrenando fútbol... y ver si él tiene el valor de invitarme a pasar a su habitación para mostrarle de qué soy capaz.

Ian: Esto es surrealista. ¿Realmente crees que tienes oportunidad después de que te vio crecer?

Jane: Ian, querido... con estas caderas, este busto y este deseo que tengo acumulado, tu padre no tiene ninguna oportunidad de decirme que no. En cuanto sienta lo estrecha que soy y lo mucho que lo deseo, olvidará cualquier escrúpulo. ¿Apostamos?

Ian: (Suspirando, volviendo a su juego para intentar ignorar el calor en sus mejillas) Solo... solo te pido que no me cuentes los detalles mañana. No quiero saber nada de lo que pase en esa habitación.

Jane: (Levantándose con un contoneo que hacía que su vestido se ciñera a sus curvas) No prometo nada, Ian. Pero no te sorprendas si mañana me encuentras en la cocina preparando el desayuno... usando solo una de sus camisas y con esa sonrisa de mujer bien atendida.



 Nunca creí en las historias de mis tías. Siempre hablaban de mi madre como si hubiera sido dos personas distintas: la chica brillante y callada… y luego, de pronto, alguien impulsiva, provocadora, irreconocible.

Hasta que desperté siendo ella.

Yo: ¿…qué?

La voz que salió de mi boca no era la mía. Era más suave, más joven. El techo tampoco era el de mi cuarto. Las paredes estaban llenas de pósters viejos, ropa tirada sobre una silla, un espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared.

Me levanté de la cama… o al menos lo intenté. El peso de mi cuerpo era distinto me sentia mas legero. Mi centro de gravedad había cambiado. Miré mis manos: dedos más finos, uñas mordidas. Bajé la vista lentamente.

No era posible.

Era su cuerpo.

Yo: No… no, no, no…

Corrí al espejo. El reflejo me devolvió un rostro que conocía de fotos antiguas: mi madre a los 18 años. Joven. Demasiado joven. El cabello largo, los ojos llenos de una seguridad que yo nunca le había visto en el presente.

Yo: Esto es un sueño… ¿verdad?

Me toqué la cara, los brazos, la cintura. Todo reaccionaba. Todo era real.

Entonces lo recordé.

El objeto. El hechizo absurdo que encontré en el desván de la abuela. “Ver el origen es cargar con la causa”. Me había reído. Siempre fui curioso. Siempre pensé que entender el pasado lo explicaba todo.

Ahora estaba atrapado en él.

Me senté en la cama, respirando hondo. Mi mente era la mía, pero mi cuerpo… reaccionaba de otra forma. Cada movimiento se sentía más consciente, más expuesto. Había una sensibilidad constante, como si el mundo estuviera demasiado cerca de la piel.

Yo: Así que… ¿esto sentías tú?

Caminé hasta el baño. Cada paso me recordaba que no estaba hecho para este cuerpo, y aun así… el cuerpo parecía saber exactamente cómo moverse. Frente al espejo, me observé con una mezcla de distancia y fascinación. No era deseo, era extrañeza. Identidad fracturada.

Las historias volvieron a mi cabeza.

“Tu mamá a los 18 era un puta.”

“No paraba quieta.”

“Cambió de golpe.”

Yo: ¿Fuiste tú… o soy yo?

La idea me golpeó con fuerza. ¿Y si ese cambio no fue una decisión suya? ¿Y si siempre fui yo? Un intruso en su pasado, empujando su historia en una dirección que ya conocía.



​La curiosidad, sin embargo, empezó a ganarle al miedo. Como chico de dieciocho años, estar en el cuerpo de una mujer hermosa era una fantasía imposible, pero estar en el cuerpo de mi propia madre era una paradoja perturbadora que, extrañamente, despertaba mis sentidos.

​Me deslicé fuera de la camiseta. Mis ojos recorrieron cada centímetro de este nuevo paisaje de carne. La piel era tan suave que parecía seda. Al pasar mis manos por mis costados, hacia la curva de mis caderas, solté un gemido involuntario.

Yo: (Cerrando los ojos, sintiendo un hormigueo eléctrico) Es... es demasiado sensible. Cada roce se siente como un disparo directo al cerebro.

​Me acosté de nuevo en la cama, explorando las diferencias. La biología femenina era un universo nuevo. Al tocarme, no había la urgencia explosiva y directa que conocía como hombre; era un calor lento, una marea que subía desde mis muslos y se instalaba en mi vientre, pidiendo más.


Yo: (Jadeando) Si tengo que hacer esto por seis años... si tengo que asegurar que yo nazca... tendré que aprender a ser ella mejor que nadie.



El poder que sentía era embriagador. Los hombres me miraban con un hambre que yo mismo había sentido antes, pero estar del otro lado era... adictivo. Un chico se me acercó, un tipo de chaqueta de cuero que probablemente mi madre nunca habría mirado en su estado "normal".

​Chico: Te he estado mirando toda la noche, Elena. Pareces... diferente. Como si supieras un secreto.

​Yo: (Con una voz que no era mía, pero que manejaba con una intuición natural) Tal vez lo sé. ¿Quieres averiguarlo?

​Terminamos en su auto. Fue mi primera vez como mujer, y la experiencia fue un choque tectónico en mi identidad. Sentir la fuerza de un hombre sobre mí, la forma en que mi cuerpo se moldeaba y recibía, fue una revelación. No era solo sexo; era como si cada nervio de este cuerpo femenino estuviera diseñado para absorber y amplificar cada sensación.

​Yo: (Pensando mientras sentía el ritmo del encuentro) Así que esto es lo que sentía ella... No, esto es lo que siento YO. Soy yo el que está grabando estos recuerdos en su carne.

​Relataba internamente la diferencia: el placer no era solo un punto, era una experiencia total, un eco que resonaba en todo mi cuerpo. Me sentía poderosa al ver cómo este hombre perdía el control ante "mí", mientras yo, en mi mente de hijo/viajero, mantenía la fría convicción de que estaba esculpiendo mi propio destino.


Semanas después, frente al espejo del baño, tras otra noche de excesos, me miré fijamente a los ojos. El vapor empañaba el reflejo, pero aun así podía verme con claridad. Ya no buscaba a mi madre en esa imagen. Me buscaba a mí.


—Mis tías tenían razón —murmuré, hablándole al reflejo—. Te volviste una puta, mamá. Pero es porque yo te obligué a serlo.

La verdad cayó con un peso insoportable: mi sacrificio era total. Durante los próximos años tendría que vivir cada aventura, aceptar cada toque y atravesar cada noche de desenfreno para mantener la línea de tiempo intacta.
 Me convertiría en la mujer más deseada y más escandalosa de la ciudad solo para asegurar que, a los veinticuatro años, estuviera en el lugar exacto, con la actitud correcta, para atraer al hombre que sería mi padre.
Yo era el hijo que creó a su madre.
El hombre que aprendió a ser mujer para poder nacer.
Mientras acariciaba este cuerpo —mi prisión y mi templo— sonreí con una certeza amarga: el placer y la condena de mi existencia eran obra mía.
Días después entendí algo peor.
Tenía que conocerlo.

No ahora. No todavía. Pero algún día tendría que mirar a los ojos al hombre que sería mi padre. Y si alteraba demasiado las cosas, si me desviaba del guion… yo mismo podría dejar de existir.
—Tengo que seguir el guion —me repetía—, aunque no lo entienda.
La vida como ella era intensa. Las miradas en la calle, los comentarios velados, la forma en que los demás asumían cosas solo por su cuerpo. 

 
Los años pasaron de forma extraña, como si el tiempo supiera que tenía un destino fijo. Cuidé cada paso, cada relación importante. Dejé que ciertas cosas ocurrieran, incluso cuando sabía cómo terminarían.
Y cuando por fin lo vi —al hombre que reconocí por fotografías antiguas— supe que el círculo estaba a punto de cerrarse.
—Perdóname —susurré— si alguna vez te empujé a ser alguien que no elegiste




No recuerdo con exactitud la última vez que anudé una corbata frente al espejo o sentí el peso rígido de un traje masculino ajustándose a mis hombros. Esos recuerdos existen, sí, pero están desgastados, como fotografías viejas expuestas demasiado tiempo al sol. Sé que me pertenecieron, pero ya no los siento míos. Son fragmentos de una vida anterior, de alguien que una vez creí ser y que hoy apenas reconozco como real.

Todo comenzó en una oficina de cristal, en lo alto de un edificio que reflejaba el cielo como si quisiera confundirse con él. Yo estaba en la cúspide de mi carrera: ambicioso, competitivo, convencido de que el poder era solo cuestión de tiempo y estrategia. Mi jefe lo sabía. Siempre lo supo. Me observaba como se observa una pieza prometedora… o un proyecto.

La propuesta llegó envuelta en palabras elegantes. No era un ascenso convencional, no había un nuevo título ni un despacho más grande. Era algo “personal”, algo que, según él, me colocaría por encima de todos. No quería un vicepresidente más. Quería algo único. Quería moldear a alguien que estuviera completamente a su lado, que lo representara, que lo complementara. Yo escuché, intrigado. Debería haber huido en ese momento, pero la ambición tiene una forma muy sutil de silenciar el instinto.

Acepté.

Al principio lo llamé “proceso”. Sonaba clínico, controlado, casi profesional. Pero pronto entendí que no se trataba solo de cambiar un cuerpo, sino de reescribirlo desde la raíz. Las cirugías fueron muchas, escalonadas, meticulosas. Meses de recuperación, de dolor que se transformaba lentamente en una sensación extraña de plenitud, como si cada intervención me alejase un poco más de lo que había sido… y al mismo tiempo me acercara a algo inevitable.

Él supervisó cada detalle. Cada decisión pasaba por su aprobación. Mi cuerpo dejó de pertenecerme incluso antes de que la transformación fuera visible. Me dotaron de un busto generoso, firme, antinaturalmente perfecto, diseñado para atraer miradas y retenerlas. Sentí cómo mi centro de gravedad cambiaba, cómo mi espalda aprendía a arquearse sola. Mis caderas fueron ensanchadas con una precisión casi artística, obligando a mis piernas a adoptar un ritmo nuevo al caminar, un vaivén constante que nunca pedí, pero que ahora no puedo evitar.

Cuando llegó la cirugía final, ya no quedaba marcha atrás. Él la llamó su obra definitiva. Para mí fue el punto exacto en el que entendí que el hombre que fui no iba a sobrevivir a aquella mesa de operaciones. El espejo, tras la recuperación, no me devolvió ningún rastro reconocible. No había ambigüedad. No había dudas. Solo una mujer diseñada, pulida, fabricada con un objetivo claro.

Mi piel se volvió suave de una forma permanente, casi irreal. Mis facciones se afinaron, mis labios se volvieron más llenos, mi mirada más grande, más dócil. Todo en mí gritaba feminidad artificial, exagerada, impecable. Una belleza que no nació: fue construida.

Pasaron los años. Diez, para ser exactos. Diez años desde que mi nombre masculino fue eliminado de documentos, registros y recuerdos ajenos. Él eligió uno nuevo para mí, suave, elegante, fácil de pronunciar en eventos sociales. Al principio me aferré a mi mente. Pensaba que, si conservaba mis ideas, mis recuerdos, mi intelecto, aún podría decir que seguía siendo yo.



Estaba equivocado.

La transformación física arrastra consigo una carga psicológica que nadie te explica. Cuando el mundo te mira y solo ve un cuerpo, cuando todas las interacciones se filtran a través de tu apariencia, la mente empieza a adaptarse. Mi antigua formación en finanzas, mis opiniones estratégicas, mi voz segura… todo fue perdiendo espacio. Él se aseguró de que así fuera.

Mi “educación” cambió. Dejé de estudiar mercados y empecé a aprender protocolo. Moda. Postura. Cómo sonreír sin parecer arrogante. Cómo guardar silencio en el momento exacto. Cómo caminar a su lado medio paso detrás. Mis días se llenaron de lecciones sobre cómo existir como esposa perfecta, como adorno valioso.

La dependencia fue creciendo despacio, casi con ternura. Él proveía todo. Decidía todo. Mi guardarropa, mis rutinas, mis cuidados médicos. Yo solo debía mantenerme hermosa, obediente, agradecida. Y lo estuve. Lo estoy.

Hoy mi rutina es un ritual constante. Despierto y mi primer pensamiento no es qué quiero hacer, sino cómo me verá. Horas dedicadas al cuidado del cuerpo que él diseñó: cremas, masajes, tratamientos para mantener la piel tersa, las curvas intactas. Elegir la ropa adecuada no es una expresión personal, es una estrategia de exhibición. Cada vestido existe para resaltar lo que él pagó.


En los eventos sociales soy el centro de atención. Las miradas se clavan en mí con una mezcla de deseo y envidia. Él me lleva del brazo con orgullo, consciente de que nadie en esas salas llenas de ejecutivos podría imaginar la verdad. Nadie sospecha que la mujer de sonrisa dulce y presencia impecable fue una vez un rival directo, un hombre que aspiraba al mismo poder que ahora solo observa desde un pedestal.

Mi voz cambió. Es más aguda, más suave. No se alza para debatir, solo para agradecer o pedir permiso. Y lo más inquietante es que no lo siento como una pérdida consciente. Simplemente… ocurrió. Como si mi mente hubiera decidido que resistirse era innecesario.

He perdido la capacidad de desear algo que no sea su aprobación. Y en ese vacío hay una calma extraña. No tengo que decidir. No tengo que competir. No tengo que ser alguien. Soy algo. Algo hermoso. Algo perfecto.

Mi ascenso no fue hacia el poder, sino hacia una jaula de cristal pulida hasta brillar. Un pedestal desde el cual se me exige perfección constante. Sumisión elegante. Silencio impecable. Y he cumplido cada expectativa

Ahora, no queda nada que pueda revertirse. Mi cuerpo es su obra maestra. Mi mente, el último territorio que terminó de conquistar con paciencia y cuidado. El empleado ambicioso murió hace mucho tiempo, enterrado bajo capas de silicona, hormonas y obediencia aprendida.

Ahora solo quedo yo. Su mujer. Su creación. Hueca, hermosa… y, para mi propia sorpresa, en paz.

Nunca me habían contratado por algo tan simple… al menos así lo describieron.

Una familia obscenamente rica. De esas que no preguntan precios, solo resultados.

Buscaban a su hijo perdido.

Habían pasado más de un año sin saber de él. Yo escuché el resumen del caso mientras bebía café, casi aburrido. Afganistán, Guerra del Golfo, Chechenia… desde mis veinte años había estado en zonas donde la muerte era rutina. Y siempre había salido sin un rasguño.

—África será un paseo por el parque para alguien como usted —me dijo el padre.

Acepté.

No por dinero. Mas bien porque estaba aburrido.

La última ubicación donde se reportó al chico estaba vacía.

Ni sangre, Ni lucha,Ni huellas.

Solo polvo viejo y una sensación rara en el pecho.

Pasaron las horas. Luego los dias. Pregunté a locales, crucé pueblos, soborné a los de la milicia, amenacé, mentí. Cada paso me llevaba más lejos de la civilización, hacia zonas que los mapas ya no se molestan en nombrar.

Y fue ahí donde escuché los rumores, unos pastores habalban de....Una tribu aislada Muy cerrada y... Muy antigua.

Y algo que no cuadraba.

—Hay una mujer blanca viviendo con ellos —me dijeron—. No es de aquí.

Eso no encajaba con el chico que yo buscaba. Pero la curiosidad me empujó a seguir.

Cuando llegué al poblado, me apuntaron con lanzas antes de que pudiera decir una palabra.

Hostilidad pura.

Retrocedí lentamente… hasta que la vi.

Piel clara. Cabello distinto al de la tribu, aunque trenzado como el de ellas. Caderas anchas, vientre suave, senos cubiertos apenas por telas tribales. Sus ojos… esos ojos azules no pertenecían a ese lugar.




Ella habló. En la lengua de la tribu...La tensión bajó... pero aun asi me seguian mirando con desconfianza... sobroto un hombre destatacaba entre la multitud pero Me dejaron pasar.

Y fue entonces cuando, al mirarla bien, algo me golpeó como un puñetazo:

su rostro… su expresión…

era inquietantemente parecida a la madre del chico que buscaba.

En un ingles fuido me dijo que la siguera..

Yo fui directo.

—Busco a un joven. Europeo. Desaparecido hace un año.

Ella bajó la mirada.

Respiró hondo.

Y entonces dijo:

—Lo encontraste...Ese joven… fui yo.

El silencio pesó más que cualquier arma que hubiera sostenido en mi vida.



(Ella narra)

Cuando te vi, supe que no podría mentirte.

Había pasado tanto tiempo siendo otra… que casi había olvidado cómo era hablar inglés de neuvo.

Yo era el chico que buscabas, El  perdido.

Me perdí huyendo. De mi familia. De las expectativas. De mí mismo.

En África creí que encontraría libertad. En cambio, encontré enfermedad… y muerte.

La tribu me encontró casi sin vida y casi me dejan morir de nose se por  la bruja… ella decidió salvarme.

Pero aquí los hombres extranjeros son muy mal visto traen desgracia. Las mujeres, no.

Así que la bruja me dio a elegir: morir como hombre… o vivir como mujer.

Acepté sin entender el precio.

(Yo)

Mientras hablaba, no podía dejar de mirarla.

Cada gesto femenino era natural. No actuado.

No había rastro del chico arrogante que me describieron sus padres.

(Ella)

El brebaje quemó por dentro.

Sentí mi cuerpo romperse y rehacerse.

Mi voz cambió primero. Luego mis huesos. Mis caderas se abrieron, mi cintura se suavizó. Donde antes había algo rígido, quedó… nada. Solo una sensación nueva, extraña, íntima.

Me desperté sangrando entre las piernas.

Las mujeres me limpiaron.

Me llamaron hermana.

Lloré durante días.

Luego… aprendí.

A caminar diferente.

A sentarme.

A sentir mi cuerpo de otra forma.

Y un día… dejé de recordar cómo era ser él.

Comese a vivir con la bruja


De ella aprendio todo, la lengua, las costumbres lo que esta aceptado en esta tribu,  ella me protegio durante los primeros dias... mientras me aceptaba como una más.

Después de que la tribu me aceptó como una más, ya no hubo forma de esconderme detrás de lo que fui.

Aquí no existen las medias tintas.

El hijo del jefe me tomó como esposa.

No por vanidad.

No por deseo inmediato.

Por costumbre.

Yo era mujer.

Eso bastaba.


Al principio, mi mente de hombre se rebeló. "No puedo", me decía a mí misma mientras observaba las chozas y el fuego central. Pero aquí, una mujer sola no existe. La estructura de la tribu es un tejido donde cada hilo debe estar sujeto a otro. Intentar sobrevivir por mi cuenta era una sentencia de muerte o de ostracismo. Y yo, atrapada  piel suave y curvas generosas, ya no podía volver atrás. Mi antigua vida era un eco que se perdía en la selva.


Llegó la noche en que la unión debía consumarse. El hijo del jefe entró en la alcoba con la seguridad de quien toma lo que le corresponde por ley natural. Era el momento de usar mi vagina por primera vez; ese templo que antes me causaba pavor ahora esperaba su apertura.


​No puse resistencia física, pero hubo un duelo de voluntades en la penumbra. Quise que sintiera que, aunque mi cuerpo era suyo por costumbre, mi entrega era una decisión mía. Cuando finalmente me abrió y sentí la fuerza de su miembro penetrándome por completo, el dolor inicial fue una punzada breve, rápidamente sofocada por una oleada de sensaciones abrasadoras.

​Sentirlo dentro de mí, ocupando ese espacio que hasta entonces había estado vacío, me obligó a soltar el último rastro de mi pasado. Su peso y su tosquedad chocando contra mi nueva delicadeza confirmaron la realidad de mi transformación. En ese acto, mi perspectiva cambió para siempre: mi cuerpo de mujer reclamó su propósito a través de su carne.


​Con el paso de las lunas, algo dentro de mí se quebró... o quizás, se moldeó. Mi cuerpo, traicionando mis recuerdos masculinos, comenzó a responder al entorno. Aprendí a desear desde otro lugar, un lugar profundo y visceral que no conocía. Aprendí a bajar la mirada, a entender el lenguaje de los gestos y, sobre todo, a ser mirada no como un igual, sino como una posesión valiosa, como el centro de un hogar.



descubri profundidades de placer que como hombre jamás habría imaginado; mi cuerpo aprendió a arquearse, a recibirlo como una culminación. La fricción del pecho rudo contra sus pezones sensibles le recordaba en cada encuentro que su antigua vida era solo un sueño pálido. Se convirtió en la vasija de su linaje, disfrutando de una feminidad salvaje que su cuerpo reclamaba con urgencia.


Me convertí en esposa cuando dejé de pensar en ello.

Cuando empecé a esperar su regreso.

Cuando mi cuerpo se acomodó al suyo al dormir.

Cuando entendí que ser tocada no me borraba… me afirmaba.

Luego vino algo aún más profundo.


Ser parte de la tribu no era solo compartir un lecho, sino compartir el cuerpo con la comunidad. Las mujeres comentaban mis cambios sin pudor: cómo mis caderas se habían ensanchado, cómo mi vientre era suave, cómo mis pechos habían crecido lo suficiente como para alimentar.

No había vergüenza.

Había orgullo.

Yo misma empecé a tocarme sin rechazo. A reconocerme en el reflejo del agua. A aceptar que ese cuerpo no era una prisión… era un hogar nuevo.



​—Estoy embarazada, Cuando quedé embarazada, no sentí miedo primero. Sentí pertenencia.—me dijo, llevando mi mano a su vientre

(Yo)

Eso lo cambió todo.

La interrumpi

—Tu familia te busca —le dije—. Puedo sacarte de aquí.

Ella negó lentamente.

—No puedo dejar esto —respondió—. No puedo dejarlo.

Su mano fue a su vientre.

(Ella)

Si me voy, dejo un cuerpo que ya no existe.

Una vida que ya no es mía.

Aquí… soy alguien.

Allá… sería un error que nadie sabría aceptar.

Te pediré un favor.


Entró a su choza y volvió con una pequeña bolsa.

Documentos viejos.

Una foto.

Un reloj.

—Diles que morí —me dijo—. Para ellos… será más fácil.

Acepté.

Mentí a una familia desesperada.

Cerré un caso con una tumba vacía.

Cobré.

Y me fui.

Pero desde entonces… cada guerra me parece menos peligrosa que ese secreto que cargo.

Porque el hijo que buscaban…

vive.

Solo que ahora…

vive como ella.

Y nadie debe saberlo.


Lo siento, mamá



El teléfono sobre la mesita de noche vibró, rompiendo el silencio sepulcral de mi habitación. Era una videollamada de un número desconocido. Dudé un momento, pasando la mano por la seda de mi camisón, sintiendo el roce suave contra mi piel. Finalmente, apreté el botón verde. La imagen tardó unos segundos en cargar, pixelada, hasta que finalmente se aclaró.

Casi se me cae el dispositivo de las manos. Al otro lado de la pantalla, me miraba mi antiguo cuerpo. Un chico joven, de apenas 20 años, con la piel firme y el cabello corto. Era yo, o quien solía ser yo hace cuatro años.

—Hola —dijo la voz que alguna vez fue mía, pero que ahora pertenecía a mi madre—. Ha pasado un tiempo.

Me costó encontrar mi voz. Mi garganta, ahora más fina y delicada, dejó salir un susurro suave:

—Hola, mamá. Sí... ha pasado mucho tiempo.

Ella,  en mi fisonomía de varón, suspiró con una mezcla de agotamiento y urgencia.

—Mark, ya es suficiente. He vivido lo que tenía que vivir en estos cuatro años. He intentado adaptarme, pero ya no puedo más. Quiero recuperar mi vida. Quiero mi cuerpo de vuelta.

Me quedé en silencio, recorriendo con la mirada las facciones de ese chico en la pantalla. Sentí una punzada de nostalgia, pero era una nostalgia distante, como quien mira una fotografía vieja de alguien a quien apenas recuerda.

—Te entiendo —le dije, pasando una mano por mi cabello castaño, ahora corto y perfumado—. Han cambiado muchas cosas, mamá.


—Lo sé —respondió ella, impaciente—. Fui a nuestra antigua casa, pero ya no hay nada allí. Está vacía. Dime, ¿dónde nos vemos? Necesitamos revertir esto ahora mismo para retomar nuestras vidas.

Me mordí el labio inferior, sintiendo el brillo del labial. Miré alrededor de mi nueva habitación, decorada con un gusto que mi antiguo "yo" jamás habría comprendido.

—No es tan simple, mamá. Han pasado cuatro años... y yo he dejado de ser ese chico.

El peso de la feminidad


Mientras ella hablaba de volver, mi mente viajó a los primeros meses del intercambio. No fue fácil. El peso de este cuerpo de mujer madura era una carga física y emocional. Recuerdo la primera vez que tuve que comprar un sujetador; la humillación de no saber mi talla y luego el alivio casi pecaminoso de sentir cómo el encaje sostenía el peso de mis senos, dándome una silueta que poco a poco empecé a admirar en los escaparates.

Cuando el intercambio ocurrió, al principio fue puro terror. Despertar en el cuerpo de una mujer de 40 años, mi propia madre, fue una pesadilla técnica. Pero el tiempo es un maestro implacable. Me dije a mí mismo que debía sobrevivir, y para hacerlo, tuve que abrazar a Mónica mi madre.


Al principio, el peso extra de mis enormes senos me causaba dolor de espalda. Tuve que aprender la arquitectura de los sostenes: encajes, varillas, tirantes que se clavan en los hombros pero que son absolutamente necesarios para mantener la silueta. Me acostumbré a la extraña vulnerabilidad de hacer pis sentada, a la rutina de depilarme las piernas cada tres días para sentir la suavidad de las sábanas.

Lo más impactante fue el espejo del baño. Cada vez que me duchaba, me veía obligado a mirar esa vagina de mujer madura; la misma que, irónicamente, me había dado la vida años atrás. Con el tiempo, el morbo se convirtió en aceptación, y la aceptación en identidad. Aprendí a caminar sobre tacones, a sentir el movimiento de las faldas contra mis muslos y a dominar el arte del maquillaje para resaltar la madurez de mis rasgos.

Como Mónica tenía un trabajo, responsabilidades, una vida que yo heredé y que saqué adelante. Me convertí en una mujer de 44 años funcional, independiente y, para mi propia sorpresa, plena.


Aprendí a moverme en este cuerpo. Ya no era el paso tosco y rápido de un muchacho de universidad. Ahora mis caderas dictaban el ritmo. Aprendí que el maquillaje no era solo pintura, sino una máscara de guerra para enfrentar el mundo como una mujer de 44 años. Me acostumbré al ritual de la depilación, al dolor del vello arrancado de raíz para mantener esa suavidad que John tanto amaba acariciar.

—¿Dónde nos vemos? —insistió la voz desde el teléfono, sacándome de mis pensamientos—. Mark, contesta. Me dijo

Me levanté de la cama con cierta dificultad. Mi cuerpo ya no era el mismo de hace unos meses.

—No voy a ir, mamá. No puedo volver.

—¿De qué estás hablando? ¡Es mi cuerpo! —gritó ella, y vi mis propios ojos juveniles llenarse de lágrimas de rabia.

—Ya hice una vida en este cuerpo —sentencié. ,

—¿Qué... qué has hecho? —susurró ella, horrorizada.

—Dejé que las cosas fluyeran —comencé a explicar, con una calma que me sorprendió—. ¿Recuerdas a John? Tu jefe, ese hombre que siempre rechazaste con desdén. Al principio, cuando empecé a trabajar en su oficina, también intenté mantener las distancias. Pero John fue persistente. Y yo... yo me sentía cada día más femenina.

Le conté cómo cada cita con él me hacía confirmar que no quería volver atrás. La forma en que me tomaba de la cintura, cómo me abría la puerta, cómo me hacía sentir protegida.


Recordé nuestra primera cena. Yo estaba aterrada, usando uno de tus vestidos negros más ajustados y tacones de diez centímetros que me hacían tambalear. Pero cuando John me miró, no vio al chico que estaba dentro; vio a una mujer hermosa, madura y deseable. Esa noche, cuando me tomó de la mano, sentí una corriente eléctrica que mi cuerpo de hombre jamás experimentó.


 Cuando tuvimos sexo por primera vez, mi perspectiva de la vida cambió por completo. No era solo placer; era la confirmación biológica de que mi lugar estaba aquí, siendo la mujer de alguien. Ser poseída por él, sentir su fuerza y su peso sobre mí, me hizo comprender que mi masculinidad anterior era una cáscara vacía. Me sentí más poderosa como mujer de lo que jamás fui como hombre. Me entregué a él sin reservas. Me convertí en su refugio, en la persona que lo esperaba con la cena lista y una sonrisa, disfrutando de mi nuevo rol de ama de casa dedicada.

—dime que es una broma—dijo ella...


—Me convertí en su mujer, mamá. Nos mudamos juntos hace un año. Me enfoqué en ser la mejor ama de casa, la esposa perfecta. Teníamos sexo todas las noches. Me entregaba por completo, dejando que me reclamara como suya, dejando que su semilla permaneciera dentro de mí, aceptando mi rol hasta las últimas consecuencias.

Acaricié mi vientre con ternura.


Ella no parecie creerme hasta queble mostre

Me levanté del tocador y caminé hacia el espejo grande, dejando que la cámara del teléfono captara mi figura completa.

​—Mira, mamá —dije, mostrando mi silueta.


​Debajo, mi vientre de siete meses de embarazo se alzaba como un monumento a mi nueva vida. Estaba tenso, la piel brillante y estirada, cruzada por la línea alba que marcaba el camino hacia mi feminidad definitiva.

​—No puedo volver porque ya no soy solo yo. Ahora soy un recipiente, una madre. John y yo decidimos que este era el siguiente paso. Cada noche, cuando él llegaba cansado, voy  a sus brasos con una intensidad que me hacía sentir viva. Dejaba que eyaculara dentro de mí, una y otra vez, disfrutando de esa sensación de llenado, de pertenencia. Incluso dormía así, sintiendo cómo su semen se quedaba conmigo, esperando el milagro.

​Mi madre, en la pantalla, se cubrió la boca con mis antiguas manos, horrorizada.

—Al principio nos cuidábamos, pero un día John me miró y me dijo que quería ser padre. Y yo descubrí que, más que nada en el mundo, yo quería ser madre. Dejamos la protección y quedé embarazada de inmediato.

La imagen de mi madre en la pantalla estaba en shock. Podía ver cómo sus manos —mis antiguas manos— temblaban.

—John me pidió matrimonio formalmente despues de embarazarme, Nos casamos por lo legal, pero decidimos esperar a que el bebé nazca para hacer la ceremonia de la boda, para que pueda lucir el vestido de novia que siempre soñé. A John lo ascendieron y nos hemos mudado a otra ciudad para empezar de cero, donde nadie nos conoce, donde yo siempre he sido Mónica y nadie más.

Hice una pausa, sintiendo una patada enérgica desde mi interior.

—Incluso ahora, con el embarazo, mi libido ha aumentado. Pero somos cuidadosos. John ya no me folla por la vagina para no incomodar al bebé; ahora utiliza mi ano, buscándome de formas de placer que disfrutaría tanto. Me hace sentir mujer en cada rincón de mi cuerpo.

—Mark, por favor... —suplicó ella.

—Lo siento, mamá, ahora soy la señora Mónica —dije con firmeza, mientras una lágrima de nostalgia, pero no de arrepentimiento, resbalaba por mi mejilla—. Tú ya viviste tu vida. Yo estoy empezando la mía. Este cuerpo ya no te pertenece; le pertenece a John, a nuestro hijo y a la mujer en la que me he convertido. Adiós.

Corté la llamada. Bloqueé el número y dejé el teléfono sobre la cómoda. Me miré una última vez en el espejo, acomodando mi cabello y sonriendo a la mujer, madre y esposa que ahora veía en el reflejo. Luego, mira la hora John esta por venir del trabajo 

Me arreglé el cabello, me puse un poco más de perfume en el cuello y bajé las escaleras con el paso pausado y elegante de una mujer que sabe exactamente a dónde pertenece. Boy a cocina prendocla estufa...El pasado era solo un sueño lejano; mi realidad era el beso de mi esposo y la vida que crecía en mis entrañas.