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lunes, 12 de enero de 2026

Lo siento, mamá



El teléfono sobre la mesita de noche vibró, rompiendo el silencio sepulcral de mi habitación. Era una videollamada de un número desconocido. Dudé un momento, pasando la mano por la seda de mi camisón, sintiendo el roce suave contra mi piel. Finalmente, apreté el botón verde. La imagen tardó unos segundos en cargar, pixelada, hasta que finalmente se aclaró.

Casi se me cae el dispositivo de las manos. Al otro lado de la pantalla, me miraba mi antiguo cuerpo. Un chico joven, de apenas 20 años, con la piel firme y el cabello corto. Era yo, o quien solía ser yo hace cuatro años.

—Hola —dijo la voz que alguna vez fue mía, pero que ahora pertenecía a mi madre—. Ha pasado un tiempo.

Me costó encontrar mi voz. Mi garganta, ahora más fina y delicada, dejó salir un susurro suave:

—Hola, mamá. Sí... ha pasado mucho tiempo.

Ella,  en mi fisonomía de varón, suspiró con una mezcla de agotamiento y urgencia.

—Mark, ya es suficiente. He vivido lo que tenía que vivir en estos cuatro años. He intentado adaptarme, pero ya no puedo más. Quiero recuperar mi vida. Quiero mi cuerpo de vuelta.

Me quedé en silencio, recorriendo con la mirada las facciones de ese chico en la pantalla. Sentí una punzada de nostalgia, pero era una nostalgia distante, como quien mira una fotografía vieja de alguien a quien apenas recuerda.

—Te entiendo —le dije, pasando una mano por mi cabello castaño, ahora corto y perfumado—. Han cambiado muchas cosas, mamá.


—Lo sé —respondió ella, impaciente—. Fui a nuestra antigua casa, pero ya no hay nada allí. Está vacía. Dime, ¿dónde nos vemos? Necesitamos revertir esto ahora mismo para retomar nuestras vidas.

Me mordí el labio inferior, sintiendo el brillo del labial. Miré alrededor de mi nueva habitación, decorada con un gusto que mi antiguo "yo" jamás habría comprendido.

—No es tan simple, mamá. Han pasado cuatro años... y yo he dejado de ser ese chico.

El peso de la feminidad


Mientras ella hablaba de volver, mi mente viajó a los primeros meses del intercambio. No fue fácil. El peso de este cuerpo de mujer madura era una carga física y emocional. Recuerdo la primera vez que tuve que comprar un sujetador; la humillación de no saber mi talla y luego el alivio casi pecaminoso de sentir cómo el encaje sostenía el peso de mis senos, dándome una silueta que poco a poco empecé a admirar en los escaparates.

Cuando el intercambio ocurrió, al principio fue puro terror. Despertar en el cuerpo de una mujer de 40 años, mi propia madre, fue una pesadilla técnica. Pero el tiempo es un maestro implacable. Me dije a mí mismo que debía sobrevivir, y para hacerlo, tuve que abrazar a Mónica mi madre.


Al principio, el peso extra de mis enormes senos me causaba dolor de espalda. Tuve que aprender la arquitectura de los sostenes: encajes, varillas, tirantes que se clavan en los hombros pero que son absolutamente necesarios para mantener la silueta. Me acostumbré a la extraña vulnerabilidad de hacer pis sentada, a la rutina de depilarme las piernas cada tres días para sentir la suavidad de las sábanas.

Lo más impactante fue el espejo del baño. Cada vez que me duchaba, me veía obligado a mirar esa vagina de mujer madura; la misma que, irónicamente, me había dado la vida años atrás. Con el tiempo, el morbo se convirtió en aceptación, y la aceptación en identidad. Aprendí a caminar sobre tacones, a sentir el movimiento de las faldas contra mis muslos y a dominar el arte del maquillaje para resaltar la madurez de mis rasgos.

Como Mónica tenía un trabajo, responsabilidades, una vida que yo heredé y que saqué adelante. Me convertí en una mujer de 44 años funcional, independiente y, para mi propia sorpresa, plena.


Aprendí a moverme en este cuerpo. Ya no era el paso tosco y rápido de un muchacho de universidad. Ahora mis caderas dictaban el ritmo. Aprendí que el maquillaje no era solo pintura, sino una máscara de guerra para enfrentar el mundo como una mujer de 44 años. Me acostumbré al ritual de la depilación, al dolor del vello arrancado de raíz para mantener esa suavidad que John tanto amaba acariciar.

—¿Dónde nos vemos? —insistió la voz desde el teléfono, sacándome de mis pensamientos—. Mark, contesta. Me dijo

Me levanté de la cama con cierta dificultad. Mi cuerpo ya no era el mismo de hace unos meses.

—No voy a ir, mamá. No puedo volver.

—¿De qué estás hablando? ¡Es mi cuerpo! —gritó ella, y vi mis propios ojos juveniles llenarse de lágrimas de rabia.

—Ya hice una vida en este cuerpo —sentencié. ,

—¿Qué... qué has hecho? —susurró ella, horrorizada.

—Dejé que las cosas fluyeran —comencé a explicar, con una calma que me sorprendió—. ¿Recuerdas a John? Tu jefe, ese hombre que siempre rechazaste con desdén. Al principio, cuando empecé a trabajar en su oficina, también intenté mantener las distancias. Pero John fue persistente. Y yo... yo me sentía cada día más femenina.

Le conté cómo cada cita con él me hacía confirmar que no quería volver atrás. La forma en que me tomaba de la cintura, cómo me abría la puerta, cómo me hacía sentir protegida.


Recordé nuestra primera cena. Yo estaba aterrada, usando uno de tus vestidos negros más ajustados y tacones de diez centímetros que me hacían tambalear. Pero cuando John me miró, no vio al chico que estaba dentro; vio a una mujer hermosa, madura y deseable. Esa noche, cuando me tomó de la mano, sentí una corriente eléctrica que mi cuerpo de hombre jamás experimentó.


 Cuando tuvimos sexo por primera vez, mi perspectiva de la vida cambió por completo. No era solo placer; era la confirmación biológica de que mi lugar estaba aquí, siendo la mujer de alguien. Ser poseída por él, sentir su fuerza y su peso sobre mí, me hizo comprender que mi masculinidad anterior era una cáscara vacía. Me sentí más poderosa como mujer de lo que jamás fui como hombre. Me entregué a él sin reservas. Me convertí en su refugio, en la persona que lo esperaba con la cena lista y una sonrisa, disfrutando de mi nuevo rol de ama de casa dedicada.

—dime que es una broma—dijo ella...


—Me convertí en su mujer, mamá. Nos mudamos juntos hace un año. Me enfoqué en ser la mejor ama de casa, la esposa perfecta. Teníamos sexo todas las noches. Me entregaba por completo, dejando que me reclamara como suya, dejando que su semilla permaneciera dentro de mí, aceptando mi rol hasta las últimas consecuencias.

Acaricié mi vientre con ternura.


Ella no parecie creerme hasta queble mostre

Me levanté del tocador y caminé hacia el espejo grande, dejando que la cámara del teléfono captara mi figura completa.

​—Mira, mamá —dije, mostrando mi silueta.


​Debajo, mi vientre de siete meses de embarazo se alzaba como un monumento a mi nueva vida. Estaba tenso, la piel brillante y estirada, cruzada por la línea alba que marcaba el camino hacia mi feminidad definitiva.

​—No puedo volver porque ya no soy solo yo. Ahora soy un recipiente, una madre. John y yo decidimos que este era el siguiente paso. Cada noche, cuando él llegaba cansado, voy  a sus brasos con una intensidad que me hacía sentir viva. Dejaba que eyaculara dentro de mí, una y otra vez, disfrutando de esa sensación de llenado, de pertenencia. Incluso dormía así, sintiendo cómo su semen se quedaba conmigo, esperando el milagro.

​Mi madre, en la pantalla, se cubrió la boca con mis antiguas manos, horrorizada.

—Al principio nos cuidábamos, pero un día John me miró y me dijo que quería ser padre. Y yo descubrí que, más que nada en el mundo, yo quería ser madre. Dejamos la protección y quedé embarazada de inmediato.

La imagen de mi madre en la pantalla estaba en shock. Podía ver cómo sus manos —mis antiguas manos— temblaban.

—John me pidió matrimonio formalmente despues de embarazarme, Nos casamos por lo legal, pero decidimos esperar a que el bebé nazca para hacer la ceremonia de la boda, para que pueda lucir el vestido de novia que siempre soñé. A John lo ascendieron y nos hemos mudado a otra ciudad para empezar de cero, donde nadie nos conoce, donde yo siempre he sido Mónica y nadie más.

Hice una pausa, sintiendo una patada enérgica desde mi interior.

—Incluso ahora, con el embarazo, mi libido ha aumentado. Pero somos cuidadosos. John ya no me folla por la vagina para no incomodar al bebé; ahora utiliza mi ano, buscándome de formas de placer que disfrutaría tanto. Me hace sentir mujer en cada rincón de mi cuerpo.

—Mark, por favor... —suplicó ella.

—Lo siento, mamá, ahora soy la señora Mónica —dije con firmeza, mientras una lágrima de nostalgia, pero no de arrepentimiento, resbalaba por mi mejilla—. Tú ya viviste tu vida. Yo estoy empezando la mía. Este cuerpo ya no te pertenece; le pertenece a John, a nuestro hijo y a la mujer en la que me he convertido. Adiós.

Corté la llamada. Bloqueé el número y dejé el teléfono sobre la cómoda. Me miré una última vez en el espejo, acomodando mi cabello y sonriendo a la mujer, madre y esposa que ahora veía en el reflejo. Luego, mira la hora John esta por venir del trabajo 

Me arreglé el cabello, me puse un poco más de perfume en el cuello y bajé las escaleras con el paso pausado y elegante de una mujer que sabe exactamente a dónde pertenece. Boy a cocina prendocla estufa...El pasado era solo un sueño lejano; mi realidad era el beso de mi esposo y la vida que crecía en mis entrañas.

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