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lunes, 12 de enero de 2026

Nunca me habían contratado por algo tan simple… al menos así lo describieron.

Una familia obscenamente rica. De esas que no preguntan precios, solo resultados.

Buscaban a su hijo perdido.

Habían pasado más de un año sin saber de él. Yo escuché el resumen del caso mientras bebía café, casi aburrido. Afganistán, Guerra del Golfo, Chechenia… desde mis veinte años había estado en zonas donde la muerte era rutina. Y siempre había salido sin un rasguño.

—África será un paseo por el parque para alguien como usted —me dijo el padre.

Acepté.

No por dinero. Mas bien porque estaba aburrido.

La última ubicación donde se reportó al chico estaba vacía.

Ni sangre, Ni lucha,Ni huellas.

Solo polvo viejo y una sensación rara en el pecho.

Pasaron las horas. Luego los dias. Pregunté a locales, crucé pueblos, soborné a los de la milicia, amenacé, mentí. Cada paso me llevaba más lejos de la civilización, hacia zonas que los mapas ya no se molestan en nombrar.

Y fue ahí donde escuché los rumores, unos pastores habalban de....Una tribu aislada Muy cerrada y... Muy antigua.

Y algo que no cuadraba.

—Hay una mujer blanca viviendo con ellos —me dijeron—. No es de aquí.

Eso no encajaba con el chico que yo buscaba. Pero la curiosidad me empujó a seguir.

Cuando llegué al poblado, me apuntaron con lanzas antes de que pudiera decir una palabra.

Hostilidad pura.

Retrocedí lentamente… hasta que la vi.

Piel clara. Cabello distinto al de la tribu, aunque trenzado como el de ellas. Caderas anchas, vientre suave, senos cubiertos apenas por telas tribales. Sus ojos… esos ojos azules no pertenecían a ese lugar.




Ella habló. En la lengua de la tribu...La tensión bajó... pero aun asi me seguian mirando con desconfianza... sobroto un hombre destatacaba entre la multitud pero Me dejaron pasar.

Y fue entonces cuando, al mirarla bien, algo me golpeó como un puñetazo:

su rostro… su expresión…

era inquietantemente parecida a la madre del chico que buscaba.

En un ingles fuido me dijo que la siguera..

Yo fui directo.

—Busco a un joven. Europeo. Desaparecido hace un año.

Ella bajó la mirada.

Respiró hondo.

Y entonces dijo:

—Lo encontraste...Ese joven… fui yo.

El silencio pesó más que cualquier arma que hubiera sostenido en mi vida.



(Ella narra)

Cuando te vi, supe que no podría mentirte.

Había pasado tanto tiempo siendo otra… que casi había olvidado cómo era hablar inglés de neuvo.

Yo era el chico que buscabas, El  perdido.

Me perdí huyendo. De mi familia. De las expectativas. De mí mismo.

En África creí que encontraría libertad. En cambio, encontré enfermedad… y muerte.

La tribu me encontró casi sin vida y casi me dejan morir de nose se por  la bruja… ella decidió salvarme.

Pero aquí los hombres extranjeros son muy mal visto traen desgracia. Las mujeres, no.

Así que la bruja me dio a elegir: morir como hombre… o vivir como mujer.

Acepté sin entender el precio.

(Yo)

Mientras hablaba, no podía dejar de mirarla.

Cada gesto femenino era natural. No actuado.

No había rastro del chico arrogante que me describieron sus padres.

(Ella)

El brebaje quemó por dentro.

Sentí mi cuerpo romperse y rehacerse.

Mi voz cambió primero. Luego mis huesos. Mis caderas se abrieron, mi cintura se suavizó. Donde antes había algo rígido, quedó… nada. Solo una sensación nueva, extraña, íntima.

Me desperté sangrando entre las piernas.

Las mujeres me limpiaron.

Me llamaron hermana.

Lloré durante días.

Luego… aprendí.

A caminar diferente.

A sentarme.

A sentir mi cuerpo de otra forma.

Y un día… dejé de recordar cómo era ser él.

Comese a vivir con la bruja


De ella aprendio todo, la lengua, las costumbres lo que esta aceptado en esta tribu,  ella me protegio durante los primeros dias... mientras me aceptaba como una más.

Después de que la tribu me aceptó como una más, ya no hubo forma de esconderme detrás de lo que fui.

Aquí no existen las medias tintas.

El hijo del jefe me tomó como esposa.

No por vanidad.

No por deseo inmediato.

Por costumbre.

Yo era mujer.

Eso bastaba.


Al principio, mi mente de hombre se rebeló. "No puedo", me decía a mí misma mientras observaba las chozas y el fuego central. Pero aquí, una mujer sola no existe. La estructura de la tribu es un tejido donde cada hilo debe estar sujeto a otro. Intentar sobrevivir por mi cuenta era una sentencia de muerte o de ostracismo. Y yo, atrapada  piel suave y curvas generosas, ya no podía volver atrás. Mi antigua vida era un eco que se perdía en la selva.


Llegó la noche en que la unión debía consumarse. El hijo del jefe entró en la alcoba con la seguridad de quien toma lo que le corresponde por ley natural. Era el momento de usar mi vagina por primera vez; ese templo que antes me causaba pavor ahora esperaba su apertura.


​No puse resistencia física, pero hubo un duelo de voluntades en la penumbra. Quise que sintiera que, aunque mi cuerpo era suyo por costumbre, mi entrega era una decisión mía. Cuando finalmente me abrió y sentí la fuerza de su miembro penetrándome por completo, el dolor inicial fue una punzada breve, rápidamente sofocada por una oleada de sensaciones abrasadoras.

​Sentirlo dentro de mí, ocupando ese espacio que hasta entonces había estado vacío, me obligó a soltar el último rastro de mi pasado. Su peso y su tosquedad chocando contra mi nueva delicadeza confirmaron la realidad de mi transformación. En ese acto, mi perspectiva cambió para siempre: mi cuerpo de mujer reclamó su propósito a través de su carne.


​Con el paso de las lunas, algo dentro de mí se quebró... o quizás, se moldeó. Mi cuerpo, traicionando mis recuerdos masculinos, comenzó a responder al entorno. Aprendí a desear desde otro lugar, un lugar profundo y visceral que no conocía. Aprendí a bajar la mirada, a entender el lenguaje de los gestos y, sobre todo, a ser mirada no como un igual, sino como una posesión valiosa, como el centro de un hogar.



descubri profundidades de placer que como hombre jamás habría imaginado; mi cuerpo aprendió a arquearse, a recibirlo como una culminación. La fricción del pecho rudo contra sus pezones sensibles le recordaba en cada encuentro que su antigua vida era solo un sueño pálido. Se convirtió en la vasija de su linaje, disfrutando de una feminidad salvaje que su cuerpo reclamaba con urgencia.


Me convertí en esposa cuando dejé de pensar en ello.

Cuando empecé a esperar su regreso.

Cuando mi cuerpo se acomodó al suyo al dormir.

Cuando entendí que ser tocada no me borraba… me afirmaba.

Luego vino algo aún más profundo.


Ser parte de la tribu no era solo compartir un lecho, sino compartir el cuerpo con la comunidad. Las mujeres comentaban mis cambios sin pudor: cómo mis caderas se habían ensanchado, cómo mi vientre era suave, cómo mis pechos habían crecido lo suficiente como para alimentar.

No había vergüenza.

Había orgullo.

Yo misma empecé a tocarme sin rechazo. A reconocerme en el reflejo del agua. A aceptar que ese cuerpo no era una prisión… era un hogar nuevo.



​—Estoy embarazada, Cuando quedé embarazada, no sentí miedo primero. Sentí pertenencia.—me dijo, llevando mi mano a su vientre

(Yo)

Eso lo cambió todo.

La interrumpi

—Tu familia te busca —le dije—. Puedo sacarte de aquí.

Ella negó lentamente.

—No puedo dejar esto —respondió—. No puedo dejarlo.

Su mano fue a su vientre.

(Ella)

Si me voy, dejo un cuerpo que ya no existe.

Una vida que ya no es mía.

Aquí… soy alguien.

Allá… sería un error que nadie sabría aceptar.

Te pediré un favor.


Entró a su choza y volvió con una pequeña bolsa.

Documentos viejos.

Una foto.

Un reloj.

—Diles que morí —me dijo—. Para ellos… será más fácil.

Acepté.

Mentí a una familia desesperada.

Cerré un caso con una tumba vacía.

Cobré.

Y me fui.

Pero desde entonces… cada guerra me parece menos peligrosa que ese secreto que cargo.

Porque el hijo que buscaban…

vive.

Solo que ahora…

vive como ella.

Y nadie debe saberlo.


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