No recuerdo con exactitud la última vez que anudé una corbata frente al espejo o sentí el peso rígido de un traje masculino ajustándose a mis hombros. Esos recuerdos existen, sí, pero están desgastados, como fotografías viejas expuestas demasiado tiempo al sol. Sé que me pertenecieron, pero ya no los siento míos. Son fragmentos de una vida anterior, de alguien que una vez creí ser y que hoy apenas reconozco como real.
Todo comenzó en una oficina de cristal, en lo alto de un edificio que reflejaba el cielo como si quisiera confundirse con él. Yo estaba en la cúspide de mi carrera: ambicioso, competitivo, convencido de que el poder era solo cuestión de tiempo y estrategia. Mi jefe lo sabía. Siempre lo supo. Me observaba como se observa una pieza prometedora… o un proyecto.
La propuesta llegó envuelta en palabras elegantes. No era un ascenso convencional, no había un nuevo título ni un despacho más grande. Era algo “personal”, algo que, según él, me colocaría por encima de todos. No quería un vicepresidente más. Quería algo único. Quería moldear a alguien que estuviera completamente a su lado, que lo representara, que lo complementara. Yo escuché, intrigado. Debería haber huido en ese momento, pero la ambición tiene una forma muy sutil de silenciar el instinto.
Acepté.
Al principio lo llamé “proceso”. Sonaba clínico, controlado, casi profesional. Pero pronto entendí que no se trataba solo de cambiar un cuerpo, sino de reescribirlo desde la raíz. Las cirugías fueron muchas, escalonadas, meticulosas. Meses de recuperación, de dolor que se transformaba lentamente en una sensación extraña de plenitud, como si cada intervención me alejase un poco más de lo que había sido… y al mismo tiempo me acercara a algo inevitable.
Él supervisó cada detalle. Cada decisión pasaba por su aprobación. Mi cuerpo dejó de pertenecerme incluso antes de que la transformación fuera visible. Me dotaron de un busto generoso, firme, antinaturalmente perfecto, diseñado para atraer miradas y retenerlas. Sentí cómo mi centro de gravedad cambiaba, cómo mi espalda aprendía a arquearse sola. Mis caderas fueron ensanchadas con una precisión casi artística, obligando a mis piernas a adoptar un ritmo nuevo al caminar, un vaivén constante que nunca pedí, pero que ahora no puedo evitar.
Cuando llegó la cirugía final, ya no quedaba marcha atrás. Él la llamó su obra definitiva. Para mí fue el punto exacto en el que entendí que el hombre que fui no iba a sobrevivir a aquella mesa de operaciones. El espejo, tras la recuperación, no me devolvió ningún rastro reconocible. No había ambigüedad. No había dudas. Solo una mujer diseñada, pulida, fabricada con un objetivo claro.
Mi piel se volvió suave de una forma permanente, casi irreal. Mis facciones se afinaron, mis labios se volvieron más llenos, mi mirada más grande, más dócil. Todo en mí gritaba feminidad artificial, exagerada, impecable. Una belleza que no nació: fue construida.
Pasaron los años. Diez, para ser exactos. Diez años desde que mi nombre masculino fue eliminado de documentos, registros y recuerdos ajenos. Él eligió uno nuevo para mí, suave, elegante, fácil de pronunciar en eventos sociales. Al principio me aferré a mi mente. Pensaba que, si conservaba mis ideas, mis recuerdos, mi intelecto, aún podría decir que seguía siendo yo.
Estaba equivocado.
La transformación física arrastra consigo una carga psicológica que nadie te explica. Cuando el mundo te mira y solo ve un cuerpo, cuando todas las interacciones se filtran a través de tu apariencia, la mente empieza a adaptarse. Mi antigua formación en finanzas, mis opiniones estratégicas, mi voz segura… todo fue perdiendo espacio. Él se aseguró de que así fuera.
Mi “educación” cambió. Dejé de estudiar mercados y empecé a aprender protocolo. Moda. Postura. Cómo sonreír sin parecer arrogante. Cómo guardar silencio en el momento exacto. Cómo caminar a su lado medio paso detrás. Mis días se llenaron de lecciones sobre cómo existir como esposa perfecta, como adorno valioso.
La dependencia fue creciendo despacio, casi con ternura. Él proveía todo. Decidía todo. Mi guardarropa, mis rutinas, mis cuidados médicos. Yo solo debía mantenerme hermosa, obediente, agradecida. Y lo estuve. Lo estoy.
Hoy mi rutina es un ritual constante. Despierto y mi primer pensamiento no es qué quiero hacer, sino cómo me verá. Horas dedicadas al cuidado del cuerpo que él diseñó: cremas, masajes, tratamientos para mantener la piel tersa, las curvas intactas. Elegir la ropa adecuada no es una expresión personal, es una estrategia de exhibición. Cada vestido existe para resaltar lo que él pagó.
En los eventos sociales soy el centro de atención. Las miradas se clavan en mí con una mezcla de deseo y envidia. Él me lleva del brazo con orgullo, consciente de que nadie en esas salas llenas de ejecutivos podría imaginar la verdad. Nadie sospecha que la mujer de sonrisa dulce y presencia impecable fue una vez un rival directo, un hombre que aspiraba al mismo poder que ahora solo observa desde un pedestal.
Mi voz cambió. Es más aguda, más suave. No se alza para debatir, solo para agradecer o pedir permiso. Y lo más inquietante es que no lo siento como una pérdida consciente. Simplemente… ocurrió. Como si mi mente hubiera decidido que resistirse era innecesario.
He perdido la capacidad de desear algo que no sea su aprobación. Y en ese vacío hay una calma extraña. No tengo que decidir. No tengo que competir. No tengo que ser alguien. Soy algo. Algo hermoso. Algo perfecto.
Mi ascenso no fue hacia el poder, sino hacia una jaula de cristal pulida hasta brillar. Un pedestal desde el cual se me exige perfección constante. Sumisión elegante. Silencio impecable. Y he cumplido cada expectativa
Ahora, no queda nada que pueda revertirse. Mi cuerpo es su obra maestra. Mi mente, el último territorio que terminó de conquistar con paciencia y cuidado. El empleado ambicioso murió hace mucho tiempo, enterrado bajo capas de silicona, hormonas y obediencia aprendida.
Ahora solo quedo yo. Su mujer. Su creación. Hueca, hermosa… y, para mi propia sorpresa, en paz.


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