—Wow, señora Jones… Su cuerpo es espectacular para sus 45 años. Piel suave, curvas en el lugar perfecto… y ese anillo de bodas… lo dice todo. Su esposo debe sentirse afortunado de tenerla… qué lástima.
Ayer, en el bar del hotel, vi a un grupo de mujeres. No era difícil adivinar lo que eran: esposas aburridas, escapando por unos días de la rutina con una "escapada de chicas". Entre todas, ella me atrapó. Su postura elegante, su vestido ajustado pero recatado, esa mirada de quien aún recuerda lo que es ser deseada… La oportunidad era perfecta.
No dudé. El hechizo de intercambio de cuerpos es sutil, indetectable. Un simple roce, una copa compartida… y en un instante, su conciencia quedó atrapada en mi viejo cuerpo, mientras yo despertaba dentro del suyo.
Amanda Jones.
Su teléfono me dio más pistas: mensajes llenos de amor de su esposo, fotos familiares con sus dos hijos, recordatorios de reuniones escolares, cenas programadas con otras parejas de su vecindario. Una esposa fiel, una madre responsable, una mujer con una vida perfecta… hasta hoy.
Ahora su cuerpo era mío.
Me incorporé lentamente en su lujosa habitación de hotel, sintiendo el peso de sus pechos al moverse, la suavidad de su piel, la manera en que su larga melena rubia caía sobre mis hombros. Me acerqué al espejo, fascinada por mi reflejo. A pesar de su edad, Amanda se mantenía en una forma envidiable. Sus caderas eran generosas, su cintura aún marcada, y sus labios carnosos parecían hechos para ser besados.
Pero su ropa… demasiado elegante, demasiado reservada. Eso cambiaría.
Abrí su maleta y revisé su ropa. Blusas de seda, pantalones de vestir, vestidos discretos. Nada adecuado para lo que tenía en mente.
Llamé al servicio de habitaciones y pedí champán mientras revisaba sus redes sociales. Fotos con su esposo, viajes familiares, aniversarios celebrados con amor. Todo eso se desmoronaría esta noche.
Salí a las tiendas del hotel y compré lo necesario: un vestido rojo ajustado, tan corto que apenas cubría su trasero, con un escote que realzaba sus pechos. Ropa interior nueva: un diminuto hilo dental de encaje negro y un sujetador que los levantaba con descaro.
De regreso en la habitación, me vestí lentamente, disfrutando la sensación del satén sobre su piel. Me maquillé como nunca antes lo había hecho: labios rojos, pestañas largas, un rubor sutil en mis mejillas. Me calcé unos tacones altos y practiqué un par de pasos, acostumbrándome a la sensación.
Una esposa fiel se había convertido en una zorra.
El club nocturno estaba lleno de hombres hambrientos. Caminé entre ellos, sintiendo las miradas clavadas en mí, el deseo reflejado en sus ojos. En la barra, un hombre alto y musculoso me sonrió.
—¿Sola esta noche? —preguntó, acercándose lo suficiente para que pudiera oler su loción.
Sonreí, jugueteando con el anillo de bodas en mi dedo.
—Digamos que… estoy tomando un descanso de mi vida.
Él deslizó su mano por mi espalda, descendiendo lentamente hasta mi trasero.
—¿Y qué tal si te ayudo a olvidarla por completo?
Reí suavemente. "Olvidar" no era la palabra correcta. Esta noche, la esposa de alguien estaría con un extraño, sometida a deseos que su esposo jamás imaginaría.
Esto todabia comienza, Total aun me quedan almenos 4 dias mas en éste cuerpo
Si fuera más cruel, tomaría fotos y se las enviaría a su marido. Pero… lo que pasa en Miami, se queda en Miami.
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